Friol, uno de los municipios más veteranos en mantener vivas las ferias gastronómicas de la provincia de Lugo, volvió a inundar sus calles de colores, aromas y clientela este domingo. La trigésima segunda edición de la Festa do Queixo e Pan de Ousá congregó a cerca de medio centenar de queixeiras y a 5 panaderías artesanas en una jornada que, animada por el buen tiempo, la música y los talleres, atrajo a miles de visitantes.
Una tradición que se abre a la modernidad
La plaza mayor y las calles adyacentes de Friol se transformaron otra vez en un mercado donde el queso —de vaca, de mezcla, curados y frescos— ocupó el papel protagonista. Los puestos, perfectamente alineados, ofrecían a los visitantes una muestra del trabajo de décadas: quesos con corteza natural, piezas con mohos nobles y formatos pequeños pensados para degustar al momento. A su lado, las panaderías locales desplegaron hogazas y panes de brea, entre los que destacó el notorio pan de Ousá, una especialidad que conserva técnicas y aromas tradicionales.
La presencia de música popular, talleres de elaboración de queso y demostraciones de amasado atrajeron a familias enteras. Los niños participaron en actividades adaptadas; los mayores, en catas comentadas que, sin tecnicismos, explicaban cómo reconocer una buena pasta, un punto de curación óptimo o un pan con fermentación lenta. Según fuentes municipales, la organización priorizó este año las actividades participativas para acercar a las nuevas generaciones la cadena completa de producción.
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Conoce más →Las fotografías tomadas durante la jornada, entre ellas las del reportero gráfico Xesús Ponte, evidenciaron la afluencia y la variedad: colas en los puestos más demandados, mesas compartidas donde se probaban raciones y niños con las manos manchadas de harina. No es solo una feria para comprar; es una experiencia que mezcla lo gastronómico con lo social.
De dónde viene la feira y por qué importa
La Feira do Queixo e Pan de Ousá celebra un vínculo antiguo entre la tierra y el pan de cada día. En Galicia, y en buena parte de la comarca lucense, el queso y el pan fueron productos básicos de subsistencia que, con el tiempo, adquirieron identidad propia. Friol ha sabido conservar esa memoria. Desde hace más de tres décadas la cita sirve para poner en valor no solo el producto final, sino todo el proceso: la leche recogida en cubas, el cuajado manual, la fermentación controlada, el amasado y la cocción en hornos de leña.
En un entorno marcado por la despoblación y el envejecimiento rural, eventos como este tienen una doble función: económica y simbólica. Venden piezas de queso y pan, sí, pero también venden la idea de un territorio vivo. Productores que hubieran tirado la toalla hace años encuentran en la feria un escaparate natural; incluso algunos proyectos de jóvenes emprendedores aprovechan la convocatoria para testar productos y recoger opiniones directas del consumidor.
No obstante, la tradición convive con retos evidentes. La competencia con grandes industrias y la presión por mantener estándares sanitarios y comerciales obligan a las pequeñas queserías y panaderías a invertir en equipamiento y en formación. A la vez, la clientela exige trazabilidad y certificaciones, algo que no siempre es sencillo para un productor que trabaja en un obrador familiar. Varias voces consultadas en la feria insistieron en la necesidad de apoyos institucionales más ágiles y de programas de promoción que conecten estas producciones con el turismo gastronómico de la provincia.
Impacto local y calendario de futuro
En términos económicos, una jornada como la de este domingo deja réditos inmediatos: ventas directas, reservas en restaurantes y una mayor ocupación en alojamientos de la zona. Pero la repercusión va más allá del día de la feira. Los estantes de tiendas delicatessen en Santiago o Lugo pueden recibir al día siguiente alguna de las piezas vendidas en Friol; los consumidores que descubren un queso durante la feria suelen buscarlo después en mercados provinciales o en la red. Por eso la continuidad y la mejora en la organización son claves.
El Ayuntamiento contempla ya nuevas líneas de trabajo. Entre las propuestas sobre la mesa figura impulsar rutas gastronómicas que integren a Friol con otras ferias de la provincia, crear un sello local para el pan de Ousá que garantice su origen y forma de elaboración y organizar sesiones formativas sobre comercialización digital para los pequeños productores. Algunos hosteleros de la comarca han sugerido igualmente que se incluya la feria en circuitos de fin de semana que atraigan visitantes desde la costa y desde la capital provincial.
Es cierto que la feria también actúa como termómetro social. La alta participación voluntaria, las colas en los puestos más emblemáticos y la interacción entre generaciones muestran que, pese a las dificultades, el interés por los productos artesanos no decae. Si la agricultura y la ganadería han perdido peso en la economía local, la gastronomía tradicional ha emergido con fuerza como herramienta de resistencia y de promoción territorial.
Mirando hacia adelante, la pregunta es cómo transformar ese impulso en desarrollo estable. Más formación, mayor visibilidad en redes y ferias nacionales, y una colaboración más estrecha entre administración y productores aparecen como ingredientes necesarios. Friol cuenta con activos: tradición, productores comprometidos y una feria que ya es un referente en Lugo. Mantener el rumbo exigirá, además, adaptarse a nuevas demandas sin perder la esencia que hace único al pan de Ousá y a sus quesos.
La jornada terminó con el crepúsculo, las calles recogidas y los productores contando, entre risas y cuentas, lo vendido. Queda la sensación de que la feria no es solo un escaparate, sino una lata de recuerdos que, año tras año, conserva aromas de leña y quesos que hablan de tierra firme. Si se consigue que esos olores lleguen más lejos, la próxima edición podría ser, otra vez, una oportunidad para que la Galicia rural muestre lo suyo sin complejos.
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