Editorial: la subida del butano golpea a las aldeas — la fractura energética del rural gallego
La bombona de butano ha superado los 18 euros por primera vez en la historia. La noticia, que en la ciudad puede pasar desapercibida, es un drama silencioso en las aldeas de Ourense, Lugo y Pontevedra, donde el acceso al gas natural y a la electricidad es limitado o directamente inexistente. Miles de hogares gallegos dependen del butano para cocinar, para calentarse, para tener agua caliente. Cuando el precio de la bombona sube, no sube un capricho: sube la factura de la necesidad más básica. Y en el rural, esa subida no tiene alternativa.
Galicia vive una fractura energética que la transición ecológica no está haciendo más que agravar. Mientras las ciudades disfrutan de gas natural canalizado, de redes eléctricas modernas y de ayudas para la rehabilitación energética de viviendas, las aldeas siguen dependiendo de la bombona, de la leña y de estufas eléctricas que disparan el recibo de la luz. La paradoja es cruel: Galicia produce más energía de la que consume —gracias a los embalses hidroeléctricos y a los parques eólicos—, pero esa energía no llega a las casas de las personas que más la necesitan. La energía que generan los embalses de Ourense y Lugo se vende a la red nacional, mientras los vecinos de las mismas comarcas donde se produce calientan sus casas con bombonas que cada mes cuestan más.
La subida del butano no es un fenómeno aislado ni coyuntural. Obedece a la evolución del mercado internacional del petróleo, a la subida de los costes de transporte y a la estructura oligopolística del sector en España. Pero también obedece a una decisión política: la de no garantizar que todos los gallegos, vivan donde vivan, tengan acceso a una fuente de energía asequible. Mientras no se extienda la red de gas natural o no se desplieguen alternativas como las comunidades energéticas locales, el butano seguirá siendo la única opción para miles de familias. Y cada subida de precio es un empujón más hacia la exclusión energética.
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Conoce más →La fractura energética es, en realidad, el síntoma de una fractura más profunda: la desertización de los servicios básicos en el rural. En las mismas aldeas donde la bombona de butano cuesta 18 euros, no hay panadería, no hay farmacia, no hay banco, no hay autobús. Cada servicio que desaparece hace la vida un poco más difícil y empuja un poco más a la gente a irse. La energía es solo una pieza más de un puzzle que dibuja un mapa de Galicia con dos velocidades: la de las ciudades, que avanzan hacia la transición ecológica con ayudas y subvenciones, y la del rural, que se queda atrás atado a tecnologías del siglo pasado.
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Hosting WordPress →La Xunta puede hacer algo al respecto. Puede impulsar un bono social específico para el butano que alivie la factura de las familias vulnerables, como reclaman las asociaciones de vecinos. Puede acelerar la extensión de la red de gas natural a las cabeceras de comarca y apostar por las comunidades energéticas locales. Pero lo que no puede hacer es seguir ignorando que la transición energética, si no es justa, no es transición. Es simplemente otra forma de dejar a la Galicia rural atrás.
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