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El “superpoder” silencioso del cerebro para saber con quién te estás jugando los cuartos

El “superpoder” silencioso del cerebro para saber con quién te estás jugando los cuartos

Un equipo de la Universidad de Zúrich ha identificado una señal cerebral que refleja, en tiempo real, cuánto varía nuestra opinión sobre otra persona mientras interactuamos con ella, según un estudio publicado el 11 de marzo de 2026. Los investigadores combinaron resonancia magnética con un experimento repetido de piedra‑papel‑tijera contra rivales humanos y contra adversarios artificiales para capturar cómo el cerebro actualiza sus creencias sobre la intención y la sofisticación del otro. El objetivo era entender por qué en apenas unos minutos podemos intuir si alguien es de fiar o si intenta adelantarse a nuestros movimientos. El hallazgo aporta luz sobre el mecanismo neural que sustenta esa lectura rápida del otro, lo que los autores consideran una forma de «mentalización adaptativa».

En el laboratorio, los participantes jugaron numerosas rondas sin saber si frente a ellos había una persona real o un programa informático diseñado para imitar diferentes estilos de juego. Los «bots» operaban siguiendo un modelo matemático denominado CHASE, capaz de reproducir desde estrategias muy elementales hasta modos de pensar recursivos —el clásico razonamiento de «yo creo que tú crees que yo haré esto»—. Gracias a ese diseño, los investigadores pudieron controlar el grado de sofisticación del rival y medir, jugada a jugada, cuánto cambiaba la creencia del sujeto sobre la mente con la que se enfrentaba.

El modelo CHASE calculaba en cada movimiento la magnitud del ajuste mental: si el jugador seguía considerando al adversario como alguien predecible o si empezaba a atribuirle razonamientos más complejos. Esa cuantificación permitió comparar la conducta real de los participantes con la trayectoria esperada por el modelo y poner en relación ambos con la actividad cerebral registrada por resonancia magnética. Los resultados revelaron que la mayoría de las personas adapta su estrategia al comportamiento del oponente, aunque esa adaptación muestra ritmos y grados de precisión individuales.

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Durante las sesiones de imagen, los autores hallaron una señal neural consistente con el tamaño de esos cambios de creencia: cada vez que un participante revisaba su juicio sobre el otro, esa actualización se reflejaba en una huella neuronal detectable por fMRI. Esa firma no era simplemente la respuesta a un error de predicción del juego, sino que parecía estar ligada específicamente al proceso social de ajustar lo que pensamos que pasa por la cabeza de otra persona. En otras palabras, el cerebro registra de forma silenciosa y continua cuánto modificamos nuestra lectura del adversario.

Los investigadores subrayan que ese mecanismo explica por qué podemos formarnos una impresión fiable sobre la honestidad, la agresividad o la previsibilidad de alguien en muy poco tiempo. Ese proceso no es estático: cambia en función de lo que el otro hace y de cuánta complejidad estratégica muestra. En contextos cotidianos —una negociación, una conversación tensa o una partida— esa actualización rapidísima de creencias facilita saber si merece la pena confiar, desconfiar o cambiar de táctica.

El experimento también evidenció marcadas diferencias entre individuos. Algunos participantes ajustaban sus expectativas con rapidez y fineza, detectando pequeños índices de sofisticación en el rival; otros tardaban más o respondían con estrategias erráticas. Estas variaciones abren la puerta a estudiar por qué ciertas personas son mejores para evaluar intenciones ajenas y cómo ese talento influye en decisiones sociales y económicas.

Más allá del laboratorio, los autores plantean aplicaciones potenciales: entender esta «huella» podría ayudar a mejorar modelos económicos de confianza y a diseñar inteligencias artificiales que interpreten mejor el comportamiento humano en tiempo real. También, según los investigadores, podría aportar perspectivas clínicas para trastornos en los que la lectura social está alterada, como algunos rasgos del espectro autista o ciertos problemas de personalidad, aunque advierten que la traslación terapéutica exige más estudios y muestras más amplias.

En conclusión, el trabajo de la Universidad de Zúrich ofrece una explicación neural de cómo evaluamos rápidamente con quién nos jugamos los cuartos: un proceso de ajuste continuo y medible que opera de forma silenciosa en el cerebro. Los autores llaman a replicar y ampliar estos hallazgos en escenarios más naturales y con poblaciones diversas, pero sostienen que la capacidad de actualizar creencias sobre los demás es un componente esencial de la vida social humana y ahora por primera vez puede rastrearse con precisión en el cerebro.

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Redacción

Periodista de Galicia Universal.