Una tradición que arde con fuerza en Galicia
Las hogueras de San Juan son mucho más que una noche de fuego y sardinas en Galicia. Son un ritual que conecta a la terra con el solsticio de verano, un momento de catarsis colectiva que cada año reúne a cientos de miles de personas en playas, plazas y aldeas. Mientras en Valladolid la polémica por la poda de moreras durante las fiestas ha generado un intenso debate sobre la gestión urbanística y la seguridad, en las Rías Baixas y las ciudades gallegas el despliegue policial y de emergencias se ha convertido en un modelo de organización que apenas deja espacio para la controversia. Lo cierto es que la diferencia de enfoque entre ambas comunidades revela mucho sobre cómo se entiende la fiesta popular en cada sitio.
Este año, el dispositivo de seguridad en Galicia ha movilizado a más de 3.000 efectivos entre Policía Local, Nacional, Protección Civil y voluntarios, una cifra que triplica la media de hace una década. Las playas de A Coruña, Vigo y O Grove, donde las hogueras alcanzan alturas de hasta cinco metros, cuentan con vigilancia específica desde el mediodía del 23 de junio hasta la madrugada del 24. Se han habilitado zonas de acampada controlada y puntos de atención sanitaria móvil, con especial atención a las intoxicaciones por alcohol y quemaduras leves. Cabe recordar que el año pasado, en la playa de Samil, se atendieron más de 200 incidencias en una sola noche, un número que las autoridades consideran «asumible» dentro de una celebración de masas.
«Aquí no hay moreras que talar, pero sí una tradición que exige coordinación. La noche de San Juan es una ola de gente que hay que saber canalizar», señala un portavoz de la Policía Local de Vigo.
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Seguridad frente a polémica: dos modelos opuestos
Mientras en Valladolid el foco mediático se ha centrado en la tala de más de un centenar de moreras para evitar riesgos durante las verbenas, en Galicia el debate público ha girado en torno a la limpieza de las playas tras la quema y la convivencia entre bañistas nocturnos y pirotecnia. La diferencia es sustancial: aquí la noche de San Juan es un evento autorregulado por la comunidad, con comisiones de fiestas que gestionan las hogueras desde semanas antes, mientras que en otras regiones la improvisación municipal genera roces. La retranca gallega, eso sí, no falta. En las redes sociales cunden los memes comparando el despliegue de medios en las Rías Baixas con la «operación especial» montada en Valladolid para vigilar los árboles.
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Ver planes de email →Los datos avalan el modelo gallego: según la Dirección Xeral de Emerxencias, la noche del 23 al 24 de junio registró un 14% menos de incidentes graves que la media estatal en celebraciones similares. Se quemaron más de 2.000 hogueras censadas, pero solo hubo un incendio forestal de consideración en Ourense, controlado en media hora. La clave, explican los expertos, está en la implicación vecinal. En localidades como Corme o Cambre, los propios vecinos marcan los límites de seguridad con cintas reflectantes y turnos de guardia. Algo que choca con la imagen de Valladolid, donde la alcaldía ordenó la tala preventiva sin consenso y acabó enfrentándose a los ecologistas.
La retranca gallega ante el debate nacional
La polémica vallisoletana ha servido, de rebote, para poner en valor el enfoque gallego. En los foros de debate, no faltan quienes recuerdan con morriña las hogueras de su infancia en la Costa da Morte, donde el riesgo se asumía como parte del ritual. «Nunca vimos un árbol podado por precaución, pero sí muchas sillas viejas ardiendo», bromea un usuario en redes. Sin embargo, el éxito gallego no es fruto de la improvisación. La Xunta lleva años impulsando un protocolo de coordinación entre concellos que incluye formación para los voluntarios de Protección Civil y la instalación de puntos de hidratación y megafonía en las playas más concurridas.
Lo cierto es que la noche de San Juan en Galicia es un ejemplo de cómo la tradición y la seguridad pueden coexistir sin necesidad de talar árboles ni montar operativos policiales desproporcionados. Mientras en Valladolid el ruido político ensombrece la fiesta, aquí los vecinos se preparan para saltar las hogueras, mojarse los pies en la orilla y compartir la sardina asada, con la tranquilidad de que, pase lo que pase, habrá un chaleco reflectante cerca. La terra sabe cómo cuidar lo suyo.
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