En las últimas semanas, una sucesión de asesinatos selectivos, culminada con la muerte del que hasta hace poco era líder del Consejo de Seguridad Nacional iraní, ha devuelto al primer plano la pregunta que Occidente se hace desde hace años: ¿pueden los golpes a la cúpula desarticular la República Islámica? La respuesta, a juzgar por la estructura política y militar que ha demostrado sobrevivir a pérdidas aún más traumáticas, no es sencilla. Lo ocurrido —y la propia reacción de Teherán— señala más hacia la resiliencia institucional que hacia un vacío de poder inmediato.
Descabezamientos: una lista que representa una estrategia
La lista de figuras eliminadas en los últimos años incluye nombres que, hasta hace poco, parecían elementos esenciales del aparato iraní. Entre ellos están Alí Larijaní, cuyo asesinato provocó conmoción por su papel reciente en el Consejo de Seguridad Nacional; asesores próximos al antiguo líder supremo como Alí Shamjaní; responsables militares de alto rango como Mohammad Pakpour, que reemplazó a Hosein Salamí tras su muerte en 2025; o el jefe del Estado Mayor, Mohammad Bagherí. No faltan, además, científicos vinculados al programa nuclear —Fereydoon Abbasi y Mohammad Mehdi Tehranchi— y figuras icónicas del pasado, como Qasem Soleimaní o Mohsen Fajrizadeh.
Estas muertes no son solo el resultado de operaciones encubiertas de décadas; desde el verano pasado Israel ha aplicado una modalidad distinta: el uso de bombardeos con efectos masivos que, en la denominada guerra de 12 días en junio, arrasaron buena parte de la plana mayor militar. Hasta ahora, la táctica había respetado —de forma implícita o por prudencia estratégica— al estamento político. La novedad es que Tel Aviv, según fuentes de inteligencia y declaraciones públicas, ha decidido ampliar su objetivo: atacar también centros de control interno y responsables políticos, convirtiendo la campaña en algo más que una neutralización de capacidades militares.
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Conoce más →Estructura y supervivencia: por qué el régimen no es solo personas
Una lectura superficial podría llevar a creer que, sin rostros concretos, el sistema se desmorona. Sin embargo, la propia élite iraní lleva años diseñando mecanismos de continuidad. Como señaló el ministro de Exteriores, Abbás Aragchi, en una entrevista reciente, la República Islámica dispone de una arquitectura política lo bastante enraizada como para reemplazar a individuos clave con rapidez. Esa afirmación no es mera retórica: los sucesos de 2026 han mostrado cómo el órgano clerical y los cuerpos de seguridad activan protocolos de sucesión y reconfiguración en cuestión de días.
El papel de la jerarquía clerical, la red de lealtades locales y regionales, la omnipresente Guardia Revolucionaria y el entramado de organismos paralelos —servicios de inteligencia, la fuerza paramilitar Basij, y unidades de seguridad interna— crean un andamiaje que dificulta una sustitución completa por la fuerza externa. Expertos en Teherán y analistas de la diáspora insisten en que el asesinato de un dirigente como Larijaní puede inducir caos operativo y desconfianza interna, pero no equivale a una implosión automática. Como explicaba el periodista Maziar Baharí, citado en medios internacionales, quienes ocupen las vacantes probablemente tendrán menos experiencia y menor peso clerical, lo que complica la cohesión pero no la anula.
«La República Islámica tiene una estructura política establecida. La presencia o ausencia de un individuo no afecta a esta estructura», dijo el ministro de Exteriores iraní.
En la práctica, eso significa que puede haber más improvisación, decisiones menos consensuadas y, por tanto, mayor propensión a errores. También abre la puerta a luchas internas entre facciones militares y clericales por consolidar el liderazgo. Pero lucha interna no es sinónimo de desaparición del Estado, como bien recuerdan los episodios de los últimos años en los que el aparato se recompuso tras pérdidas sensibles.
Repercusiones en la calle, la región y más allá
En el terreno doméstico, la estrategia israelí combina la eliminación de cuadros con el objetivo explícito de estimular protestas y deserciones dentro de las fuerzas de seguridad. Bombardeos dirigidos a estaciones de policía y centros del Basij buscan erosionar la capacidad de represión y motivar que la población aproveche cualquier vacío. No obstante, la respuesta oficial ha sido doble: endurecimiento represivo en las calles y gestos de continuidad institucional para impedir fracturas visibles.
La proyección regional es igualmente preocupante. Un Irán más fragmentado, con una Guardia Revolucionaria más cerrada sobre sí misma y líderes civiles debilitados, puede tender a externalizar conflictos a través de proxies en Líbano, Siria o Yemen para cohesionar la narrativa nacional y desviar la atención. Además, cualquier escalada en el Estrecho de Ormuz afecta de inmediato a los mercados energéticos: puertos gallegos como el de Vigo y la industria pesquera consultan con nerviosismo el impacto potencial en el comercio marítimo y los fletes, y no faltan en Vigo debates en torno a la seguridad marítima que recuerdan cómo la geografía global toca lo local.
Estados Unidos y otras potencias occidentales también tendrán que calibrar su implicación. Hasta la fecha, Washington no parece dispuesto a ordenar asesinatos selectivos en Irán, pero el apoyo logístico y la cobertura diplomática a Israel complican cualquier salida negociada. A falta de un actor externo dispuesto a mediar con poder de sanción y oferta de seguridad, la dinámica puede convertirse en un ciclo de acción y reacción con consecuencias imprevisibles para la estabilidad regional.
Desde la rúa do Franco hasta las tertulias en Santiago, el debate sobre si la «despoblación» de la élite iraní conduce al derrumbe o a una recomposición es recurrente. La experiencia reciente sugiere que, aunque la estrategia israelí ha logrado herir profundamente a la estructura militar y política de Irán, no existe una fórmula simple para derrocar un régimen cuya supervivencia se basa tanto en instituciones formales como en redes informales de poder. El futuro inmediato apunta a mayor opacidad, a un régimen que puede mostrarse más contundente en la represión interna y más imprevisible en su política exterior, y a un tablero internacional donde incluso acciones pensadas para desarticular un poder pueden terminar reforzándolo en su faceta más cerrada y resistente.
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