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Huella del fuego y memoria bélica en la mina de Valborraz, en una de las cumbres de Galicia

Una campaña voluntaria de limpieza ha sacado esta semana a decenas de personas hasta las alturas de Casaio, en el municipio de Carballeda de Valdeorras, para comenzar a salvar de la ruina los restos de la histórica mina de Valborraz. El yacimiento, explotado por la Alemania nazi entre 1938 y 1945 por su volframio estratégico, llegó al verano de 2025 con buena parte de sus construcciones dañadas tras los incendios que arrasaron la comarca; ahora una veintena de voluntarios intenta frenar la degradación y reclamar la implicación de las administraciones.

Los restos de una industria estratégica

La mina de Valborraz ocupa un lugar poco habitual para la historia bélica: a más de 1.200 metros sobre el nivel del mar, en la alta montaña de la sierra de Trevinca, sus galerías y edificios diseminados fueron codiciados por potencias y también escenario de episodios oscuros del siglo XX. Su gestión, en los inicios del siglo XX, pasó por manos belgas; más tarde, con la guerra europea, el metal —el wolframio o volframio— se convirtió en un recurso vital para la industria armamentística alemana. Los nazis explotaron el yacimiento entre 1938 y 1945, y esos años dejaron estructuras y trazas que todavía hoy remiten a aquella ocupación.

La mina no es solo un vestigio de la Segunda Guerra Mundial. En las décadas siguientes sirvió como destacamento penal: cientos de combatientes republicanos, presos tras la Guerra Civil, fueron enviados a condiciones duras en instalaciones anexas. La malla de caminos, hornos, talleres y viviendas testimonia una economía que se reinventó con el estraperlo de la posguerra y con la explotación de pizarras y bosques en las faldas de Trevinca. El paso del tiempo, sin embargo, y el abandono sistemático han dejado muchos techos rotos y muros sin apuntalar.

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El fuego de 2025 agravó esa herida. Fotografías aéreas muestran una panorámica en la que el negro domina el paisaje donde antes crecían matorrales y bojedales. Muchos de los tejados que aún resistían fueron destruidos, y el riesgo de pérdida irreversible de archivos, maquinaria y documentos vinculados a la memoria del lugar aumentó. “Las administraciones deben implicarse”, señalan los organizadores de la campaña, que piden no dejar el relato histórico en manos únicamente del voluntariado.

“Las administraciones deben implicarse”

Un patrimonio en manos de voluntarios

La limpieza de este fin de semana, impulsada por la asociación científica Sputnik Labrego, el albergue Eco dos Teixos y las comunidades de montes de Casaio y Lardeira, reunió a una veintena de personas procedentes de distintos rincones de Galicia y también de León. Con cuerdas, palas y fardos de paja —técnicas de mulching que ya se emplearon en labores previas para frenar la erosión— retiraron escombros, apuntalaron muros y liberaron accesos a antiguos talleres. El trabajo, en plena montaña, fue lento y costoso: la logística obliga a portar material por senderos difíciles y a lidiar con un clima que puede virar de la lluvia a la nieve en cuestión de horas.

Los voluntarios insisten en que la actuación es solo el primer escalón. Reclaman una intervención técnica que permita conservar lo que quede de paredes y cubiertas, así como una catalogación arqueológica y documental que haga posible la investigación histórica. A falta de una protección patrimonial específica —y mientras se exploran vías administrativas—, la alternativa inmediata es la conservación preventiva y un plan de uso sostenible que combine memoria, investigación y turismo cultural de bajas emisiones.

En lo inmediato, la recuperación enfrenta problemas tangibles: la erosión por escorrentía tras el fuego, el riesgo de colapso de algnos edificios y la fragilidad de los restos orgánicos, como carpinterías y archivos, expuestos ahora a la humedad tras las intensas lluvias y nevadas de los meses de enero y febrero. Las labores de mulching han logrado brotes verdes en varios puntos, pero el paisaje sigue marcado por la ceniza y la estela del fuego.

Lecciones del fuego y próximos pasos

Valborraz es también una lección sobre cómo el territorio responde a la confluencia de olvido humano y clima extremo. En otoño de 2025 Galicia vivió su incendio forestal de mayor extensión conocido, con casi 32.000 hectáreas calcinadas, y un frente posterior procedente de Zamora quemó más de 5.000 hectáreas entre Carballeda y A Veiga. Los parajes dañados tienen un valor ambiental alto: la Pena Trevinca, el entorno del Teixadal de Casaio y el antiguo glaciar de la Lagoa da Serpe forman un conjunto de interés botánico y geomorfológico que trasciende el interés meramente local.

Los impulsores del rescate de la mina apuntan a varias líneas de trabajo: estabilización de estructuras, inventariado del patrimonio industrial, difusión y puesta en valor con rutas interpretativas y, sobre todo, una alianza entre entidades locales, la Diputación, la Xunta y organismos de patrimonio. La vía europea de fondos para proyectos de conservación y recuperación de espacios rurales y culturales aparece como una posibilidad plausible, aunque su tramitación exige proyectos técnicos serios y calendarios ajustados.

Más allá de las inversiones, lo que subyace es una cuestión de memoria. El yacimiento de Valborraz condensa varias capas de la historia contemporánea: la explotación de recursos naturales por potencias extranjeras, la represión franquista, la supervivencia económica en el rural gallego y, ahora, la vulnerabilidad frente a incendios de gran escala. Recuperar sus edificios no es solo salvar tejas y muros; es evitar que los relatos de quienes pasaron por allí se borren sin traslado al archivo o al relato público.

Si los trabajos de este fin de semana han tenido una virtud evidente, es la de devolver a la montaña su función como lugar de memoria y trabajo colectivo. Queda por delante mucho más: salvaguardar lo que quede, abrir procesos de investigación histórica y, sobre todo, asegurar que la historia de Valborraz no sea otra víctima más de la indiferencia. En las cotas altas de Galicia, a veces, la historia se conserva entre piedras; otras veces, se pierde en el humo. El futuro de esta mina dirá qué predominio gana.

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Sofía Martínez

Periodista gallega especializada en información local y política. Licenciada en Periodismo por la USC. Redactora jefe de Galicia Universal.

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