Pocas formaciones políticas han pasado en tan poco tiempo de romper el bipolarismo español a negociar su propia supervivencia. Ahora bien, la anunciada reconciliación de Podemos con el resto de la izquierda estatal, tras años de rifirrafes con Sumar y de tensión interna con Irene Montero e Ione Belarra al frente, tiene una lectura muy particular cuando se mira desde Galicia. Y es que aquí la morriña política de la convergence purpúrea ya se vivió hace años, con nombre propio: En Marea.
De la ilusión de En Marea al actual mapa fragmentado
Cabe recordar que Galicia fue uno de los territorios donde Podemos logró sus mejores resultados. En 2015 y 2016, la confluencia con Anova, Esquerda Unida y las mareas locales convirtió a En Marea en primera fuerza en tres de las cuatro provincias en las elecciones generales de 2016, con más de 408.000 votos. Aquello parecía el futuro. De hecho, durante unos meses, el espacio de la «nova política» llegó a disputarle afrontas el liderazgo de la izquierda al PSOE en la comunidad.
Lo que vino después es historia conocida. Las disputas internas, la salida de En Marea como proyecto común y la dispersión del espacio —Podemos, Esquerda Unida, Anova, Más País— provocaron un desplome electoral que aún no se ha recuperado. En las últimas generales, la suma de las fuerzas a la izquierda del PSOE en Galicia quedó muy lejos de aquellas cifras, con resultados testimoniales en varias circunscripciones. La retranca gallega, ese escepticismo ante las promesas grandilocuentes, hizo el resto.
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Conoce más →«La experiencia gallega demuestra que la confluencia funciona cuando hay generosidad y se rompe cuando hay egos. Si Podemos y Sumar vuelven a entenderse a nivel estatal, aquí la izquierda alternativa tendrá que decidir si aprende la lección o repite el error», señala una militante histórica del espacio confluyente compostelano.
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Qué implicaciones tiene para Galicia
Lo cierto es que la crisis interna de Podemos —con la marcha de dirigentes históricos, el debate sobre el modelo de partido y la competencia directa con Sumar por el espacio progresista— repercute de forma directa en la política gallega por varias vías. La primera es la electoral: sin una marca fuerte, los votos de la izquierda alternativa en Galicia tienden a dispersarse o, directamente, a quedarse en casa, como mostró la caída de participación en determinados sectores urbanos y del rural.
La segunda vía es institucional. Podemos mantiene representación en ayuntamientos gallegos, sobre todo en las grandes ciudades, donde sus concejales han sido clave en gobiernos de coalición o en pactos puntuales con el BNG y el PSOE. Una reconciliación con Sumar podría facilitar candidaturas más amplias de cara a los próximos comicios municipales y autonómicos, algo que en Galicia todavía resulta agridulce tras el fiasco de las coaliciones anteriores. Ahora bien, también podría reabrir heridas mal cerradas con Esquerda Unida y Anova, que guardan memoria larga de aquella ruptura.
El tercer factor es el diálogo con el nacionalismo gallego. El BNG, hoy primera fuerza de la oposición en el Parlamento gallego, ha crecido precisamente en el terreno que un día ocupó En Marea. Un Podemos fortalecido y reconciliado con la izquierda estatal podría recuperar parte de ese electorado joven y urbano que en los últimos años migró hacia la formación nacionalista, alterando el equilibrio interno de la oposición gallega al PP de Feijóo —o, en su caso, de Alfonso Rueda.
Una oportunidad con cicatrices
Para el votante progresista gallego, la pregunta es sencilla de formular y difícil de responder: ¿volverá a existir un espacio común a la izquierda del PSOE capaz de sumar en toda la terra, de Vigo a Ferrol y de Ourense a Lugo? Los precedentes invitan a la prudencia. La reconciliación estatal entre Podemos y Sumar, si llega a consolidarse, abriría una ventana de oportunidad, pero en Galicia la cicatriz de En Marea sigue ahí.
Los próximos meses serán decisivos. Los movimientos de las direcciones estatales, las negociaciones para configurar listas y la respuesta de las bases militantes determinarán si la izquierda gallega alternativa vuelve a ser un actor relevante o continúa su lenta travesía del desierto. Lo que está claro es que, una vez más, lo que se decida en Madrid tendrá consecuencias directas en la política gallega. Como mínimo, para bien o para mal.
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