Carlos Saura vuelve a situarse en el centro del debate cinematográfico gracias al documental que presentó su hija en el Festival de Málaga. Anna Saura llevó a la pantalla, durante la muestra malagueña del 10 de marzo de 2026, un acercamiento íntimo a la vida y la obra del director, con el objetivo de mostrar por qué siguió activo hasta el final. El filme, titulado ‘Ese niño de la fotografía’, reúne material personal inédito para trazar el día a día creativo y las obsesiones de un autor que no dejó de trabajar ni aún en la ancianidad. La propuesta pretende explicar cómo la curiosidad y la disciplina sostuvieron una carrera larga y polifacética.
La directora del documental grabó a Saura en los últimos tres años de su vida, en su despacho de Collado Villalba y en los viajes que compartieron, y ha seleccionado archivos familiares, fotografías, dibujos y grabaciones que arrojan luz sobre su proceso. El resultado es un retrato que abandona la distancia institucional para revelar hábitos, obsesiones y rutinas creativas que rara vez habían emergido en entrevistas públicas. La película combina el material doméstico con fragmentos de archivo televisivo y escenas de sus rodajes para ofrecer una visión completa de su producción artística.
Lejos de ceñirse al anecdotario, el documental busca contextualizar la trayectoria de Saura desde su infancia en Huesca hasta su formación en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas de Madrid. Se subraya también su relación profesional con productores como Elías Querejeta, con quien trabajó en títulos emblemáticos que van desde ‘Elisa, vida mía’ hasta ‘Mamá cumple 100 años’. Esa colaboración, junto a los reconocimientos internacionales en festivales como Cannes y Berlín, fue decisiva para que Saura mantuviera su actividad creativa durante las décadas del franquismo y la transición.
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Conoce más →Anna Saura, que empezó a colaborar con su padre con apenas 15 años y que hoy figura como productora ejecutiva en proyectos como ‘Día de caza’, explica que su motivación fue mostrar a un hombre que nunca se resignó a la pasividad. Según la hija, Saura mantuvo hasta los últimos momentos una rutina de trabajo que incluía la pintura y la fotografía, actividades que practicaba incluso cuando su salud ya era frágil. Ese impulso por crear y por documentar quedó reflejado en los abundantes materiales que el cineasta acumuló y que ahora sirven para construir la narración del filme.
El documental también indaga en la dimensión plástica del autor, que no solo firmó películas sino que encontró en la fotografía y la pintura otras vías de expresión. La relación con su familia artística, entre la que se incluye la colaboración con su hermano, el pintor Antonio Saura, aparece como un elemento más para entender su mirada. La película pretende así ofrecer claves para revisar su filmografía bajo la luz de una práctica creativa poliédrica, que no se limitó al set de rodaje.
Más allá del archivo y las anécdotas, la pieza pone en valor la figura de un creador que trabajó con una mezcla de método y apetito por la experimentación, una combinación que según su hija le permitió mantenerse en activo hasta edades avanzadas. La selección de materiales y el testimonio directo de quienes le acompañaron buscan transmitir esa energía y provocar en el público el deseo de revisitar títulos como ‘Deprisa, deprisa’ o ‘Cría cuervos’.
Anna Saura destaca además el esfuerzo de ordenar y preservar la documentación del cineasta, un legado que ahora sale a la luz para completar el perfil público de una de las figuras más relevantes del cine español del último medio siglo. El documental, que combina memoria familiar y análisis artístico, aspira a ser una pieza de referencia para estudiosos y aficionados por igual. La voluntad declarada de la productora es que el espectador comprenda no solo la obra sino el pulso vital que la sostenía.
Con esta aproximación, el filme se presenta como una invitación a redescubrir la obra de Saura desde la cercanía: sin mitificarlo, pero tampoco reduciendo su figura a los éxitos de taquilla o a la crónica festivalera. Al final, la cinta opera como testimonio de una forma de entender la creación como hábito diario y como empeño constante, y sitúa esa conducta en el corazón de una filmografía que sigue despertando interés y debate.
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