En A Estrada, a comienzos de marzo de 2026, los talleres de costura en la mercería Punto Doble se han convertido en un punto de encuentro intergeneracional donde vecinos de distintas edades aprenden a manejar la máquina de coser y a elaborar sus propias prendas. La actividad, que reúne a jóvenes, adultos y mayores, ha crecido por la búsqueda de desconexión frente a las pantallas y por un renovado interés por lo hecho a mano. Organizadores y asistentes coinciden en que detrás de la moda hay una mezcla de nostalgia, sostenibilidad y deseo de recuperar saberes prácticos.
El espacio, regentado desde hace años por la tienda local, aparece estos días lleno de mesas con máquinas antiguas y eléctricas, hilos de colores y patrones caseros. Al frente de las clases está Gaiteiro, que explica técnicas básicas de costura y enseña desde la sustitución de una cremallera hasta la confección de una bolsa. Los cursos, impartidos en sesiones vespertinas, han atraído tanto a quienes nunca cosieron como a quienes retoman una afición heredada de familiares. La atmósfera es de trabajo pausado: entre el zumbido de las máquinas y las conversaciones nace un espacio de sociabilidad práctica.
Este resurgimiento de la máquina de coser forma parte de una tendencia más amplia hacia lo artesanal que ya dejó su huella en la fotografía analógica y en los vinilos, y ahora se traslada al textil. En Punto Doble explican que muchos alumnos comenzaron a interesarse por reparar prendas o a confeccionar piezas únicas frente a la oferta masiva de la moda rápida. La costura se ve así como una respuesta a la precariedad del consumo inmediato: permite alargar la vida de la ropa y dar valor a objetos con historia.
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Conoce más →Para Gaiteiro, enseñar a coser va más allá de transmitir una habilidad técnica: «No es solo coser un dobladillo, es aprender a mirar la ropa con otros ojos y a recuperar una paciencia que hoy escasea», dice durante una de las sesiones. Añade que el taller también actúa como terapia colectiva: los asistentes comentan su día, intercambian trucos y encuentran en el proceso una forma de ralentizar el ritmo. Su método combina ejercicios prácticos con pequeñas piezas que se llevan a casa, lo que refuerza la sensación de logro.
Entre las personas que se han apuntado hay estudiantes de instituto, profesionales que buscan desconectar del trabajo y jubiladas que recuperan técnicas de antaño. Una de las asistentes, María Vázquez, cuenta que se apuntó al taller para dejar el móvil a un lado y «volver a hacer algo con las manos»: «Me satisfizo poder coser una camisa y descubrir que podía repararla yo misma; además, aquí aprendemos unas de otras», relata. Las nuevas relaciones que nacen en el taller subrayan el carácter comunitario de la iniciativa, con intercambios de patrones, telas y experiencias.
La demanda ha obligado a ampliar las plazas y a organizar más turnos, según los responsables de la mercería, que han observado también un aumento en la venta de hilos, alfileres y máquinas, tanto nuevas como de segunda mano restauradas. Algunos comercios de la zona contabilizan listas de espera y encargos de arreglos más frecuentes que hace un par de años. Esa actividad económica modesta contribuye a reactivar un mercado local ligado a la reparación y la personalización, frente a la uniformidad de las cadenas comerciales.
Además del aspecto práctico y económico, expertos consultados por este periódico señalan la dimensión cultural del fenómeno: recuperar la costura implica recuperar narrativas familiares y formas de transmisión intergeneracional del conocimiento. Asociaciones culturales y centros cívicos de Galicia observan cómo estos talleres fomentan una ética del cuidado —del entorno, de la ropa y de las relaciones— que conecta con movimientos por una moda más responsable. La tendencia, por tanto, no se limita a la estética; tiene implicaciones sociales y medioambientales.
En A Estrada, los impulsores de los cursos esperan que la afición perdure y que la costura deje de ser vista como un recurso exclusivamente doméstico para convertirse en una práctica creativa y comunitaria. Mientras tanto, la mercería Punto Doble continúa llenando plazas y recibiendo peticiones de grupos que buscan talleres temáticos, desde reparación de vaqueros hasta confección de ropa infantil. Para muchos de los que pasan por allí, la máquina de coser ya no es un objeto del pasado, sino una herramienta para mirar al futuro con otro ritmo.
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