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Los cien años desde la localización oficial de Santa Eulalia de Bóveda no han aclarado su enigma

Los cien años desde la localización oficial de Santa Eulalia de Bóveda no han aclarado su enigma

La construcción romana de Santa Santa Eulalia de Bóveda y un enigma que persiste">eulalia de Bóveda, situada bajo la actual iglesia parroquial en el municipio de Bóveda (Lugo), cumple cien años desde su catalogación oficial en 1926 y continúa generando preguntas sobre su función y datación. El yacimiento, descubierto en trabajos practicados a principios del siglo XX y visitado por técnicos provinciales en junio de 1926, reúne elementos arquitectónicos singulares —columnas, pinturas murales y una alberca central— que no han permitido una interpretación unánime. A pesar de su declaración como monumento nacional en 1931 y su calificación como bien de interés cultural en 1996, la comunidad científica mantiene debates abiertos sobre su uso original y su cronología.

El hallazgo no fue instantáneo: ya en 1909 el cura del lugar advirtió de la existencia de restos bajo el atrio, y en 1914 se confirmaron estructuras subterráneas al retirar losas del recinto. Fue el arqueólogo y los responsables del museo provincial quienes, doce años después, formalizaron la visita que fijó la fecha del descubrimiento oficial. Desde entonces, distintas campañas, intervenciones y estudios han tratado de encajar el edificio en el mapa de la romanidad galaica.

La planta inferior —la llamada bóveda— sorprende por su composición: un espacio abovedado con columnas que sostenían pinturas en las paredes y una piscina central. Los especialistas subrayan la reutilización de materiales en fases posteriores y la superposición de construcciones, lo que complica tanto la lectura estratigráfica como la atribución cronológica precisa.

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Hallazgo y primeras investigaciones

El primer nombre vinculado al descubrimiento fue el de José María Penado, quien notó anomalías en el pavimento del atrio. La visita determinante de 1926 la realizaron el director del Museo Provincial, Luis López Martí, y el arquitecto municipal, Ricardo García Puig, quienes trasladaron al ámbito científico la existencia de un edificio romano sorprendente por su estado de conservación parcial.

Con el paso de las décadas, arqueólogos como Manuel Gómez Moreno se ocuparon del monumento. En la inmediata posguerra la prioridad fue proteger las pinturas y la estructura, por lo que se optó por cubrir zonas para preservarlas, una decisión tomada en un contexto de penurias que condicionó las posibilidades de excavación y estudio.

Función y cronología en discusión

La interpretación del edificio como ninfeo —un templo dedicado a ninfas con una piscina central— fue defendida por el historiador Manuel Chamoso Lamas, quien situó la obra en torno al siglo III para justificar esa función. Sin embargo, esa atribución no ha cerrado el debate; otros investigadores proponen fechas alternativas y subrayan que las pinturas podrían corresponder a fases posteriores del conjunto.

El historiador Enrique Montenegro, autor de la única tesis doctoral dedicada al monumento, ha insistido en la dificultad de precisar su origen y relación con la iglesia superior. Montenegro recuerda además la existencia de referencias documentales antiguas, como el testamento del obispo Odoario, que menciona la coexistencia de «un santoral de abajo y otro de arriba», lo que sugiere la superposición o convivencia de dos espacios litúrgicos.

«Podría ser del siglo VIII o IX, no hay certeza; solamente que fue hecha entre el romano y el románico. Lo poco que se sabe es que aprovecharon el templo de abajo para hacer el de arriba»

La cita pone de manifiesto la cautela necesaria: la reutilización de ladrillos con entalle triangular y otros elementos constructivos sirven de indicio, pero no aportan una respuesta definitiva. En algunos momentos se ha apuntado a cronologías que abarcan desde el periodo romano pleno hasta fases altomedievales, según las interpretaciones de cada investigador.

Además de las incógnitas sobre su función —ninfeo, santuario público o recinto privado con culto asociado—, la conservación ha marcado su estudio. El hecho de que partes del edificio quedaran cubiertas y protegidas tras la Guerra Civil dificultó campañas de excavación más ambiciosas, y solo en períodos recientes se han planteado nuevas intervenciones con técnicas modernas.

Hoy, un siglo después de la catalogación formal, Santa Eulalia de Bóveda sigue siendo un lugar clave para entender la romanización del noroeste peninsular y la articulación entre arquitecturas tardorromanas y estructuras medievales. Su valor patrimonial es indiscutible, pero la falta de consenso sobre su uso primigenio y su cronología convierte al monumento en uno de los enigmas más persistentes del paisaje arqueológico lucense.

Investigadores y autoridades patrimoniales coinciden en la necesidad de aplicar métodos de datación actuales y de emprender labores de conservación que permitan ampliar el conocimiento sin poner en riesgo los restos. La conmemoración del centenario es, para especialistas y público, una oportunidad para reactivar el interés científico y social en un edificio que, pese al reconocimiento oficial, aún guarda muchas preguntas bajo su bóveda.

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Sofía Martínez

Periodista gallega especializada en información local y política. Licenciada en Periodismo por la USC. Redactora jefe de Galicia Universal.

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