Un equipo de investigadores de la Universidad de California en San Diego ha concluido en un trabajo publicado en la revista Cell el 10 de marzo de 2026 que muchos virus capaces de provocar epidemias o pandemias ya poseen, en sus reservorios animales, la capacidad de infectar y transmitirse entre personas sin necesitar mutaciones adaptativas previas. El hallazgo, que analiza la intensidad de la selección natural antes y después de los saltos zoonóticos, sitúa la exposición humano-animal y la detección temprana como factores decisivos para el origen de brotes como el del COVID-19. La investigación sugiere que la aparición de cambios genéticos asociados a la adaptación se observa sobre todo una vez que la transmisión entre humanos se hace sostenida. Esa conclusión condiciona la prevención y plantea nuevas prioridades para la vigilancia sanitaria global.
Los autores compararon genomas y patrones evolutivos de episodios históricos de salto entre especies, incluyendo virus como la influenza A, el ébola y el SARS-CoV-2. El análisis buscó señales de selección natural que precedieran al primer ancestro común de las cepas humanas y, en la mayoría de los casos, no encontró evidencia clara de una fase prolongada de adaptación en animales que precediera al brote humano. En lugar de mutaciones especiales que prepararan al virus para infectar a las personas, la firma genética de adaptación aparece con más fuerza después de que la transmisión humana se vuelve estable y extensa.
Según Joel Wertheim, uno de los coautores, el resultado pone el foco en el contacto entre personas y reservorios animales como desencadenante principal de pandemias, más que en la necesidad de mutaciones raras y complejas. En una nota de prensa el investigador subraya que, desde una perspectiva evolutiva, lo hallado es consistente con un origen zoonótico natural y con la expectativa de ausencia de señales de selección en secuencias anteriores al salto. La comunicación añade que la metodología también puede detectar firmas propias de virus que han sido manipulados o propagados en laboratorio, lo que otorga mayor fiabilidad a la aproximación para distinguir procesos naturales de manipulaciones artificiales.
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Conoce más →El estudio, firmado por Jennifer L. Havens y colaboradores, trata de aportar claridad a debates abiertos sobre los orígenes del SARS-CoV-2 y otros patógenos emergentes. Los autores afirman que no han hallado indicios de que la causa del COVID-19 esté moldeada por una selección sostenida en cultivo o por una evolución prolongada en un huésped intermedio antes de su aparición en humanos. No obstante, subrayan que la ausencia de evidencia no equivale a una prueba definitiva y que la reconstrucción completa de los eventos previos depende de la disponibilidad y calidad de las muestras genómicas.
Entre las implicaciones prácticas del trabajo figura la necesidad de reforzar la vigilancia en los reservorios animales y los puntos de contacto con las personas, como mercados de fauna, granjas intensivas y actividades de manejo de fauna silvestre. Los investigadores defienden sistemas de monitorización continuada que combinen muestreo genómico, epidemiología y enfoques de «One Health» para detectar cambios en virus animales antes de que se establezcan en poblaciones humanas. Esta vigilancia, sostienen, puede ser más eficaz para prevenir pandemias que centrarse exclusivamente en la búsqueda de mutaciones con potencial peligroso.
Los autores también señalan que su método puede contribuir a identificar firmas evolutivas de virus que han pasado por procesos de cultivo o selección artificial en laboratorio, una herramienta que ayuda a desentrañar controversias sobre posible intervención humana en el desarrollo de patógenos. Esa capacidad de discriminación, matizan, no sustituye a investigaciones epidemiológicas e históricas completas, pero añade una dimensión genética importante al escrutinio científico.
Los expertos que comentan el artículo destacan, además, que lagunas en la vigilancia y la muestreo rutinario de fauna silvestre limitan la precisión de estas reconstrucciones evolutivas. La resolución temporal y geográfica de las colecciones de secuencias condiciona cuándo y cómo aparecen las señales de selección, de modo que una mejora sustancial en la cobertura de secuenciación sería necesaria para afinar las conclusiones. Aún así, opinan que la evidencia acumulada refuerza la idea de que la interfaz entre humanos y animales es el punto crítico a controlar.
Para una comunidad como la gallega, donde la relación entre territorio, ganadería y monte es intensa, el trabajo aporta una lección clara: reducir el riesgo de nuevas zoonosis pasa por supervisar mejor las prácticas agrarias, las rutas comerciales de animales y las interacciones con la fauna silvestre, además de fortalecer los mecanismos de detección precoz y coordinación entre sanidad animal y humana. El estudio, accesible en Cell y citado con DOI https://doi.org/10.1016/j.cell.2026.02.006, plantea así un cambio de prioridades en la prevención de pandemias que tiene consecuencias directas para las políticas sanitarias y ambientales.
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