Un equipo de investigadores de la Universidad de California en San Diego publica en marzo de 2026 un estudio en la revista Cell que concluye que muchos virus con capacidad de causar pandemias ya son capaces de infectar a humanos en sus reservorios animales sin requerir mutaciones adaptativas previas. El trabajo, que analiza genomas virales históricos y recientes, sitúa el principal riesgo en el contacto entre personas y animales y en la ausencia de vigilancia sostenida, factores que facilitan la aparición de transmisiones humanas sostenidas. La investigación aporta además herramientas para distinguir firmas evolutivas propias de la manipulación en laboratorio, un dato relevante en el debate sobre el origen del SARS-CoV-2.
Los autores compararon cambios en la intensidad de la selección natural antes y después del salto zoonótico en casos bien documentados, como la influenza A, el ébola y el virus que provoca el COVID-19. El patrón observado es claro: en la mayoría de los episodios no hay rastro de una adaptación previa en los genomas virales que preceden al antepasado común de las variantes humanas. Solo cuando la transmisión entre personas se vuelve sostenida aparecen con frecuencia señales de selección que modifican el panorama genético del patógeno.
Según el estudio, la diferencia entre un virus que permanece en animales y otro que desencadena una epidemia humana tiene más que ver con la exposición de la población a ese reservorio y con la detección temprana que con la necesidad de que el agente sufra cambios complejos antes de cruzar la barrera entre especies. En ese sentido, el trabajo sitúa la prevención en medidas que reduzcan el contacto y en sistemas de vigilancia que identifiquen rápidamente nuevos brotes.
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Conoce más →En la nota de prensa del equipo, Joel Wertheim, uno de los coautores, resume la idea central: muchos patógenos parecen contar ya con la capacidad básica para infectar y propagarse en humanos mientras aún circulan en animales, y lo determinante para que se conviertan en pandemia es la oportunidad de transmisión. Los científicos subrayan que esto no implica que todo virus animal vaya a saltar a la población humana, pero sí que la probabilidad aumenta con mayores oportunidades de contacto y con poca detección precoz.
La metodología empleada combina análisis filogenéticos y medidas de selección en regiones clave del genoma viral, comparando el comportamiento de distintas familias de virus antes y después de los saltos zoonóticos. Esta aproximación permite, según los autores, identificar firmas evolutivas coherentes con la selección natural durante la transmisión humana sostenida, y diferenciarlas de los patrones que dejaría una propagación en cultivos o una selección artificial en laboratorio.
Ese último punto se ha convertido en un aspecto sensible en la discusión pública sobre el origen del COVID-19. Los investigadores indican que los virus sometidos a manipulación intensiva o a propagación controlada en laboratorio tienden a mostrar cambios genéticos distinguibles de los encontrados en episodios naturales de zoonosis y posterior adaptación humana. No obstante, los autores advierten que la ausencia de una firma clara no supone por sí sola una respuesta concluyente sobre el origen de un brote concreto.
Las conclusiones tienen implicaciones prácticas: subrayan la necesidad de reforzar la vigilancia en reservorios animales, mejorar la trazabilidad de casos tempranos y controlar situaciones de riesgo como mercados y cría intensiva que aumentan la interfaz entre especies. Los expertos llaman además a consolidar enfoques integrados de salud pública, agricultura y conservación —la llamada estrategia One Health— para reducir las oportunidades de salto y detectar con rapidez cualquier expansión incipiente.
Entre las limitaciones que señalan los autores figura la dependencia de la calidad y la disponibilidad de secuencias genómicas históricas, que puede sesgar la capacidad para detectar señales evolucionarias previas al salto. Por ello, reclaman ampliar las bases de datos y mejorar la vigilancia genómica tanto en animales silvestres como en poblaciones humanas en riesgo, a fin de anticipar y contener brotes antes de que alcancen transmisión sostenida.
En suma, el estudio ofrece una explicación que desplaza el foco desde la búsqueda exclusiva de mutaciones raras hacia la gestión del contacto humano-animal y el fortalecimiento de sistemas de detección temprana. Para las autoridades sanitarias y los equipos de salud pública la lección es clara: disminuir la exposición y aumentar la vigilancia pueden ser las medidas más efectivas para evitar que un virus con potencial pandémico haga el salto y se instale entre las personas.
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