Ourense y el resto de Galicia vuelven a aparecer en los mapas de siniestralidad que señalan tramos y puntos kilométricos con mayor probabilidad de accidentes. Un buscador actualizado por organizaciones de automovilistas detecta tanto tramos de autopista con alta siniestralidad —entre ellos el conocido nudo de Puxeiros— como tramos de carreteras convencionales donde la combinación de trazado, tráfico y mantenimiento eleva el riesgo.
Los tramos más críticos y las cifras que no conviene ignorar
En el mapa que manejan los expertos, los datos hablan claro: entre 2020 y 2024 los tramos gallegos registraron 216 accidentes con víctimas en autopistas y 65 en carreteras convencionales, con un balance total de 82 personas heridas o fallecidas en esos puntos identificados como de mayor riesgo. No se trata solo de números fríos; detrás de cada cifra hay cruces, rotondas mal resueltas y, a menudo, tramos que concentran tráfico pesado junto a desplazamientos locales.
El eje principal de Galicia acumula la mayoría de los tramos críticos, especialmente en las provincias de Pontevedra y A Coruña. El kilómetro 159, en el nudo de Puxeiros, figura entre los más peligrosos de España: allí se han contabilizado 15 accidentes que dejaron 31 víctimas en el periodo analizado. Otros tramos que aparecen repetidamente son los kilómetros 152, 177, 161 y el segmento entre los kilómetros 126-129. En todos ellos hay un patrón: intersecciones complejas, volúmenes variables de vehículos y presencia constante de camiones.
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Conoce más →La explicación técnica es conocida por los servicios de emergencia y por los conductores habituales: en los nudos y salidas con poca capacidad de desaceleración se concentran las colisiones, mientras que la noche, la lluvia y la niebla —frecuentes en la cornisa atlántica— multiplican la probabilidad de que una maniobra termine en accidente. A esto se suma la presión del transporte de mercancías, cuyo peso en la red gallega es mayor que en muchas otras comunidades.
Ourense: carreteras secundarias que reclaman soluciones
Fuera de las autopistas, las carreteras convencionales siguen siendo un talón de Aquiles. Los datos sitúan a tramos ourensanos entre los más problemáticos por la combinación de trazado sinuoso, calzadas estrechas y arcenes insuficientes. En zonas como la montaña y las entradas a núcleos rurales, la siniestralidad se ve agravada por las largas distancias entre servicios y la mayor presencia de conductores mayores, un factor demográfico que influye en la seguridad vial.
Esta misma semana la provincia vivió episodios que recuerdan la urgencia del problema: un camión empotrado en Larouco y una colisión múltiple con heridos en la ciudad de Ourense han vuelto a encender las alarmas sobre la necesidad de medidas concretas. No es la primera vez que se produce tal concatenación de incidentes, y las voces locales —alcaldes, sindicatos de transportistas y asociaciones vecinales— llevan años reclamando actuaciones que van desde el refuerzo del mantenimiento hasta una mejor señalización y presencia policial.
En perspectiva histórica, Galicia nació con una red viaria pensada para un tejido productivo y demográfico distinto al actual. El éxodo rural, el envejecimiento y la concentración económica en determinadas áreas han transformado los flujos de tráfico. Cabe recordar que la mayor parte de desplazamientos en Ourense incluyen tramos de carretera convencional y autovía, donde la mezcla de velocidades es fuente habitual de riesgo.
Repercusiones y próximos pasos: entre infraestructuras, control y educación
Ante estos mapas de riesgo, las propuestas se repiten: ingeniería vial orientada a puntos críticos, mejora del mantenimiento, y medidas de control como reductores de velocidad y radares en los tramos con mayor historial de accidentes. Automovilistas Europeos Asociados (AEA) y otros colectivos han habilitado herramientas para que cualquier conductor consulte los puntos negros, pero la reacción institucional ha de traducirse en actuaciones sobre el terreno.
La administración autonómica y las diputaciones provinciales tendrán que priorizar. En Ourense, es probable que la demanda de desdoblamientos puntuales y la reordenación de nudos carreteros suba en la agenda política, aunque las restricciones presupuestarias y la complejidad de algunas actuaciones exigen pactos entre partidos y agentes locales. A falta de confirmación oficial sobre planes concretos, lo que resulta evidente es la necesidad de intervenir antes de que los tramos sigan acumulando víctimas.
No todo pasa por grandes obras. A corto plazo, una combinación de más patrullas en horarios de mayor riesgo, campañas de concienciación dirigidas a conductores profesionales y locales, y una revisión de la señalización puede reducir la siniestralidad. Los alcaldes de municipios rurales piden asimismo una red de coordinación de incidencias que acorte los tiempos de asistencia sanitaria: en zonas de montaña, la diferencia entre minutos puede ser determinante para la gravedad de las consecuencias.
En última instancia, el mapa de puntos negros no es un veredicto inmutable sino una guía para la prevención. Si bien algunos tramos acumulan más accidentes por su intensidad de tráfico, otros son sensibles a intervenciones relativamente baratas y efectivas. Los recursos públicos son limitados, y por eso la priorización debe basarse no solo en el número de accidentes, sino en la tasa de riesgo por vehículo y en el impacto social en comunidades pequeñas.
Mirando hacia adelante, la clave estará en combinar datos —como los que ahora afloran en los buscadores de puntos peligrosos— con propuestas locales y técnicas que entiendan las peculiaridades de Galicia y Ourense. La seguridad vial no es solo una cuestión de infraestructuras: es también de cultura ciudadana, de políticas coordinadas y de voluntad política para enfrentarse a los tramos que, año tras año, siguen dejando más víctimas de las debidas.
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