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¿Por qué cuesta tanto ‘desengancharse’ de las redes sociales?

¿Por qué cuesta tanto ‘desengancharse’ de las redes sociales?

Un 30% de los jóvenes se plantea dejar las redes sociales, pero, según un estudio reciente, la mayoría solo lo consigue de forma temporal en 2026, sobre todo en momentos puntuales como exámenes, y los intentos de abandono suelen fracasar porque la vida social y laboral continúa anclada a esas plataformas. En Galicia y en el resto de España muchos jóvenes desconectan durante días o semanas, pero vuelven para evitar el aislamiento y mantener vínculos. La razón no es tanto una debilidad individual como la propia arquitectura del ecosistema digital, diseñado para captar y retener la atención.

Los datos señalan que la abstinencia de aplicaciones como TikTok o Instagram se mantiene algunos días y, en casos más conscientes, algunas semanas, pero rara vez se convierte en una salida definitiva. Quienes lo intentan describen cambios de humor, sensación de pérdida de información y miedo a quedar fuera de los círculos sociales. La reincorporación suele justificarse por la necesidad de estar al día de la vida de amigos, el acceso a oportunidades laborales o simplemente por no perder contacto con grupos escolares y comunitarios.

Investigaciones y profesionales de la salud mental alertan de que la inmersión prolongada en redes puede asociarse con problemas como depresión, ansiedad, confusión y baja autoestima, especialmente entre adolescentes. Estos efectos no surgen de la nada sino en interacción con la arquitectura algorítmica que prioriza contenidos polarizantes y refuerza la búsqueda de recompensas instantáneas. El resultado es una dinámica de picos y caídas de dopamina que refuerza conductas repetitivas y dificulta el control voluntario del uso.

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El término “adicción” se emplea con frecuencia, pero varios expertos advierten de que no basta para explicar la complejidad del fenómeno. Más que una dependencia exclusivamente individual, lo que se manifiesta es un patrón de consumo sostenido por intereses económicos, prácticas industriales y marcos sociales que normalizan la sobreexposición. Es decir, no solo hay un problema clínico sino también un entramado tecnológico y comercial que incentiva la continuidad del uso.

Desde una perspectiva sociológica, las redes han dejado de ser meros complementos para convertirse en el contexto en el que se construyen relaciones, carreras y ciudadanía. Esto transforma la forma en que se configura la identidad personal y colectiva: el yo se mide en me gusta, seguidores y visibilidad, y los incentivos para permanecer conectados se entrelazan con incentivos laborales, culturales y políticos. En este sentido, el debate sobre el desenganche excede lo psicológico y entra en la esfera de lo civilizatorio.

Frente a esta realidad, especialistas recomiendan combinar estrategias individuales con respuestas institucionales. A nivel personal, medidas como establecer horarios sin pantallas, desactivar notificaciones, usar aplicaciones de control de tiempo y fijar objetivos concretos de desconexión muestran eficacia en la práctica. Pero estas actuaciones tienen límites si no se acompasan de políticas públicas que regulen algoritmos, refuercen la transparencia de las plataformas y obliguen a medidas de protección para menores.

En Galicia, como en otras comunidades, se han multiplicado iniciativas de alfabetización digital en centros educativos y asociaciones para enseñar a gestionar el tiempo en pantalla y a interpretar críticamente los contenidos. Estas acciones buscan dotar a adolescentes y familias de herramientas prácticas, aunque los profesionales subrayan que la educación debe ir acompañada de regulación y de cambios en el diseño de los productos digitales. Sin cambios estructurales, las soluciones individuales seguirán siendo parches frente a un sistema que favorece el consumo.

La salida, concluyen observadores y terapeutas, exige una doble vía: responsabilidad colectiva para redefinir el papel de las plataformas en la vida pública y voluntad individual para recuperar espacios fuera de la mirada permanente. No se trata solo de apagar dispositivos, sino de repensar cómo queremos que la tecnología interactúe con la escuela, el trabajo y la convivencia. Hasta que esa conversación pública avance, muchos jóvenes seguirán intentando desconectar y encontrando cada vez más difícil mantenerse fuera del circuito.

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Redacción

Periodista de Galicia Universal.