martes, 10 de marzo de 2026 | Galicia, España
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¿Por qué resulta tan difícil desengancharse de las redes sociales?

¿Por qué resulta tan difícil desengancharse de las redes sociales?

Un estudio publicado el 10 de marzo de 2026 en Faro de Vigo revela que una parte significativa de la juventud española contempla eliminar las aplicaciones de sus teléfonos, aunque ese abandono suele ser temporal: cerca del 30 % de los encuestados lo ha intentado, pero muchos regresan pasado un tiempo. La investigación, centrada en usuarios jóvenes y adolescentes, atribuye este retorno no tanto a una falta de voluntad individual como a una estructura social y tecnológica que penaliza la vida al margen de los circuitos digitales. En Galicia y el resto del Estado, la inmersión en redes no es solo un hábito, sino una condición vinculada al acceso a información, relaciones y oportunidades.

Según el reportaje, quienes intentan desconectarse resisten durante días o semanas —a menudo en periodos concretos como exámenes— y luego reanudan su actividad para evitar la sensación de exclusión. La experiencia de aislamiento aparece como el motivo más citado para volver a plataformas como TikTok o Instagram: abandonar las redes implica perder contactos, visibilidad y canales de comunicación que ya forman parte del tejido social cotidiano. Esa contradicción entre el deseo de reducir el tiempo en pantalla y la necesidad de pertenecer explica en buena medida la dificultad para sostener la desconexión.

Los autores del artículo citan también resultados coincidentes en trabajos previos que asocian el uso intensivo de redes con síntomas de depresión, ansiedad o baja autoestima en adolescentes. Lejos de ser únicamente un problema clínico, estas consecuencias se insertan en un proceso más amplio que combina efectos neurológicos —los picos y déficits de dopamina asociados al consumo— con factores sociales y económicos que empujan a la permanencia. Así, muchos especialistas prefieren hablar no solo de adicción, sino de un fenómeno complejo que requiere respuestas en varias esferas.

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El diseño mismo de las plataformas agrava la situación: algoritmos que priorizan la atención, métricas que monetizan el tiempo de uso y modelos publicitarios que dependen de datos masivos convierten a los usuarios en el producto. Esa lógica industrial del “consumo” digital transforma hábitos en flujos constantes de información y entretenimiento, y dificulta los intentos individuales de moderación. No es solamente un problema de autocontrol, sino de un entorno que incentiva la permanencia mediante recompensas inmediatas y contenidos hiperpersonalizados.

Desde una perspectiva sociológica, la digitalización ha hecho de la pertenencia a redes un requisito práctico y simbólico. El tejido laboral, educativo y relacional integra cada vez más canales digitales que son imprescindibles para la participación plena en la vida pública. Para quienes renuncian a esas plataformas sin alternativas eficaces, el coste no es solo emocional, sino también material: riesgo de quedar fuera de círculos profesionales, informativos o comunitarios que hoy discurren en buena medida en línea.

Ante esta complejidad, las soluciones que proponen los especialistas combinan medidas individuales y políticas públicas. A nivel personal, establecer límites de tiempo, desactivar notificaciones y practicar desconexiones programadas puede reducir la dependencia momentáneamente, pero los expertos advierten que esas estrategias son insuficientes si las plataformas no adoptan cambios en su arquitectura. En la esfera regulatoria, hay demandas crecientes para que se limiten prácticas de diseño persuasivo y se fomente la transparencia en algoritmos y tratamiento de datos.

El sistema educativo y las familias también tienen un papel destacado en la mitigación del problema: alfabetización digital crítica, formación en bienestar emocional y espacios de ocio alternativos ayudan a que adolescentes y jóvenes gestionen mejor su relación con las redes. A la vez, organismos públicos y organizaciones civiles reclaman políticas que equilibren derechos digitales, protección de menores y responsabilidad empresarial, una demanda que comienza a aparecer con más fuerza en debates europeos y estatales.

Que un porcentaje notable de jóvenes intente desconectarse y no consiga mantenerlo subraya que estamos ante un desafío colectivo más que individual. La convivencia con las redes es un rasgo definitorio de la modernidad, pero también plantea preguntas sobre los límites de su influencia en la salud mental y la cohesión social. Mientras tanto, la experiencia relatada en el reportaje del 10 de marzo invita a mirar más allá del juicio moral y a diseñar respuestas que combinen educación, regulación y cambios en el diseño de las plataformas para que la opción de vivir con menos redes deje de ser un lujo para convertirse en una alternativa viable.

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Redacción

Periodista de Galicia Universal.