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Querer, gustar, creer

Querer, gustar, creer

El 13 de marzo de 2026, en el Centro Amencer de Redondela, un joven de 16 años con parálisis cerebral volvió a poner en evidencia la capacidad del fútbol para generar emociones puras: Álex Fernández no puede hablar de forma convencional, pero gracias a un dispositivo con pictogramas y salida de voz expresa su devoción por el Celta y su deseo de conocer a ídolos como Iago Aspas y Borja Iglesias. La tecnología le permite sortear las barreras de su discapacidad y materializar un sueño sencillo pero contundente que reúne familia, educadores y compañeros. Fue, en suma, una muestra de cómo el deporte trasciende el resultado para convertirse en puente social.

En el Centro Amencer explican que el aparato que utiliza Álex ofrece repertorios preconfigurados —verbos, frases comunes y feedback auditivo— y que él selecciona con un sutil movimiento ocular las palabras que luego el sistema vocaliza. Para quienes le atienden, su manera de comunicarse resulta clarificadora: dice “me gusta”, pide “más” y nombra personas y lugares con naturalidad. La logopeda que le acompaña en su día a día describe su carácter como alegre y empático; además subraya que, pese a las limitaciones físicas, su vínculo con el fútbol es intenso y cotidiano.

El fútbol, señalan los profesionales del centro, concentra las contradicciones de la sociedad: es lugar de encuentro y de conflicto, de exaltación colectiva y de silencios compartidos. En Vigo y sus alrededores, las noches de partido en Balaídos son evidencia de esas pasiones enfrentadas; a la vez, cuentan también historias de ternura, como la de un adolescente del sur de la ría que vive cada encuentro como una celebración. Para Álex, los partidos son sobre todo una fuente de alegría y pertenencia que trasciende las rejas físicas de su silla.

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La parálisis cerebral ha limitado su movilidad y su habla, pero no su interés ni su ironía. En el centro combinó la atención especializada con escolarización en un colegio ordinario hasta que la adaptación educativa hizo necesaria una mudanza que no afectó su afición. Sus respuestas al dispositivo, relatadas por su equipo terapéutico, muestran un repertorio sencillo y afectuoso: “Vivo en Redondela” figura entre las frases que utiliza con frecuencia y, por encima de todo, proclama su preferencia por el equipo de la ciudad. Esa constancia ha convertido la afición en parte central de su identidad.

Los educadores y la familia trabajan para que su vínculo con el fútbol sea lo más activo posible dentro de las limitaciones que impone su condición. El centro organiza salidas y actividades vinculadas al deporte que buscan facilitar experiencias en grupo y la aproximación a los rituales de afición: cánticos, himnos y la convivencia previa a los partidos. Aunque aún no se ha concretado un encuentro con los jugadores, el equipo educativo mantiene viva la esperanza de que en algún momento pueda saludar a quienes admira desde la grada o la pantalla.

La historia de Álex también interpela a los clubes y a la sociedad sobre la necesidad de accesibilidad y políticas de inclusión en los recintos deportivos. Facilitar visiones adaptadas, permitir el acceso con acompañantes y ofrecer recursos para personas con diversidad funcional son medidas que, más allá de la mera asistencia, contribuyen a reconocer su derecho a participar en la vida cultural de la ciudad. En ese sentido, la presencia de aficionados como Álex en el universo del fútbol ejerce una función pedagógica y ética.

Para su logopeda, Ana Lago, la tecnología no es solo una herramienta clínica sino un medio para la relación afectiva: a través de ella Álex muestra sentido del humor, empatía y una curiosidad viva por los nombres y las caras que pueblan sus pantallas. Ella resalta también que la afición tiene un efecto terapéutico evidente: anima a la socialización, motiva la comunicación y genera proyectos compartidos en el centro. Ese impulso colectivo es, para quienes le rodean, la base sobre la que sostener la aspiración de conocer a los futbolistas.

La historia del joven de Redondela es, al final, una pequeña metáfora de lo que el deporte puede ofrecer cuando procede del afecto y no del espectáculo: un lugar para querer, para gustar y para creer. Álex, su familia y sus educadores continúan trabajando para que ese deseo concreto —un encuentro con sus ídolos en persona— se convierta en realidad, mientras él sigue el calendario celeste con la misma intensidad que muchos aficionados que ocupan las gradas de Balaídos.

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Sofía Martínez

Periodista de Galicia Universal.

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