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Raúl del Pozo, el último pistolero

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Raúl del Pozo, columnista y cronista de la política española, ha fallecido el 10 de marzo de 2026, según el obituario publicado en Faro de Vigo. Figura destacada de la crónica del poder durante décadas, su muerte deja vacía una manera de entender el periodismo político: directo, conversador y con un lenguaje personal que buscaba más que la noticia. No se han difundido por el momento detalles sobre la causa del fallecimiento. Su desaparición se presenta como la de un referente que influenció a generaciones de periodistas y lectores interesados en el latido de la vida pública.

Del Pozo se formó en la llamada escuela de Pueblo, bajo la dirección de Emilio Romero, donde aprendió a combinar oficio y riesgo en la crónica diaria. Aquella etapa alimentó su habilidad para narrar la política con recursos propios del reportaje y la crónica: oído para las confidencias, ojo para el gesto y un pulso narrativo que no renunciaba a la ironía ni a la ironía socarrona. Su paso por ese periódico fue decisivo para construir una voz personal que luego se convertiría en sello reconocido en columnas y tertulias. El aprendizaje en la intemperie marcó su manera de entender la profesión como aproximación directa al poder y a sus vericuetos.

Como corresponsal vivió en escenarios tan dispares y convulsos como Beirut y Berlín, experiencias que templaron su mirada frente a la violencia y la Historia. Esos años en el extranjero reforzaron su convicción de que el reportero, antes de opinar, debe haber visto el mundo de cerca. Las crónicas desde capitales en conflicto le aportaron el bagaje para mezclar anécdota y contexto en piezas que buscaban explicar por qué ocurren las cosas, no solo contarlas. Ese oficio forjado entre calles y despachos alimentó la práctica periodística que mantuvo durante toda su carrera.

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En los años de la Transición y la consolidación democrática mantuvo relaciones complejas con la política. Colaboró en su juventud con publicaciones vinculadas a la izquierda y participó en espacios de debate que le granjearon tanto simpatías como enemistades; en ese recorrido ajustó cuentas con figuras como Santiago Carrillo. Integrado en corrientes críticas, no ocultó discrepancias y se movió con libertad entre distintos ambientes intelectuales y políticos. Esa independencia, a la vez polémica y coherente, reforzó su reputación de periodista osado y de carácter inquisitivo.

En la década de los ochenta formó parte del llamado “Sindicato del Crimen”, un colectivo de periodistas crítico con el Gobierno de Felipe González que buscaba, con dureza, señalar excesos y responsabilidades. Aquella etapa consolidó su imagen de columnista que no temía la controversia y que practicaba un periodismo de confrontación cuando lo exigía la circunstancia. De esa época salió la convicción que más tarde repetiría: el mejor periodismo nace del contacto con la realidad, de conocer de primera mano lo que se cuenta. Su escritura defendía la mezcla de información, intuición y un estilo que no borraba la personalidad del autor.

Sus columnas, a menudo leídas como apuntes de pasillo del poder de la M-30, fueron durante años parada obligada para quienes querían entender el clima político de Madrid. Sabía traducir un gesto en el Congreso o una conversación a media voz en una barra en una pieza que dejaba ver más de lo que decía. Insistía en que el periodismo debía hallar “la música de las palabras”, una imagen que repetía como lema profesional y que definía su forma de narrar: ritmo, tonada y sorpresa. Ese sello lo convirtió en referencia para dirigentes, colegas y lectores interesados en el detrás de escena de la política.

Como tertuliano transitó cafés y casinos: la Plaza de Castilla, el Casino de Torrelodones y el Café Gijón fueron escenarios habituales de sus conversaciones, aunque dejó de acudir al Gijón a finales de los años noventa. A su lado estuvo durante más de medio siglo su mujer, la italiana Natalia, compañera discreta y presencia constante en su vida personal y pública. En esos territorios se mezclaban la literatura, el juego y la memoria, ingredientes que alimentaron su producción escrita y su leyenda entre compañeros de oficio. La vida en torno a esas mesas ayudó a forjar una figura de periodista tertuliano y reportero callejero a la vez.

Su muerte abre un capítulo sobre el lugar de la crónica política en un periodismo cada vez más fragmentado y digitalizado. Voces de colegas y lectores subrayarán en las próximas horas la pérdida de un narrador que dominó el equilibrio entre la noticia y la fábula política, entre la confidencia y la observación distante. El obituario publicado por Luis Sánchez-Merlo en Faro de Vigo es la primera señal en la prensa de esta ausencia, pero su influencia seguirá presente en columnas y aulas donde se enseña a mirar la política con curiosidad y rigor. Galicia, como el resto de España, pierde a un cronista que supo convertir la crónica del poder en un género próximo y combativo.

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Redacción

Periodista de Galicia Universal.