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Reemplazar el pescado por carne exigiría una extensión equivalente a 169 veces Galicia, según un estudio

Vigo — Sustituir toda la proteína procedente de la pesca extractiva por carne de ganado y aves obligaría a dedicar casi 5 millones de kilómetros cuadrados a la producción terrestre, una superficie que los autores del estudio comparan con la selva intacta de Brasil y que supone aproximadamente 169 veces la extensión de Galicia. La cifra, difundida por un trabajo liderado por Duncan Leadbitter (University of Wollongong) y publicado en la revista Reviews in Fisheries Science & Aquaculture, vuelve a poner sobre la mesa conflictos de uso del territorio, conservación de la biodiversidad y políticas alimentarias.

Los números y lo que esconden

El cálculo no es sólo un ejercicio teórico; expresa la magnitud de la presión adicional sobre suelos ya muy transformados. Según los autores, la mitad de la superficie cultivable del planeta ha pasado de ser hábitats naturales a zonas de producción de alimentos, un proceso que describen como uno de los principales impulsores de la pérdida de biodiversidad entre especies terrestres y de agua dulce. Si la pesca dejase de suministrar parte significativa de la proteína animal, granjas y pastos tendrían que expandirse de forma masiva para cubrir esa demanda.

En términos prácticos, la consecuencia sería doble. Por un lado, más hectáreas convertidas a cultivo y pastoreo, con su trazado, drenaje y, a menudo, pérdida de vegetación autóctona. Por otro, una mayor dependencia de sistemas productivos intensivos que, históricamente en zonas agrarias, han sido responsables de la fragmentación de hábitats y del declive de numerosas especies locales. No es lo mismo producir proteína en mar que en tierra: los costos ecológicos no se trasladan, se transforman.

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Los autores del estudio advierten que la pesca, cuando está bien gestionada, puede integrarse con menor impacto en la estructura de los ecosistemas. Eso pone sobre la mesa la necesidad de distinguir entre distintos tipos de pesca y, sobre todo, de fortalecer la gobernanza: control de capturas, cumplimiento de vedas, lucha contra la pesca ilegal y medidas de gestión adaptativa para las comunidades que dependen del mar.

«La evidencia disponible sugiere que depender aún más de los alimentos de origen animal terrestres, sustituyendo las fuentes de proteína marina por terrestres, podría provocar una mayor pérdida de biodiversidad», señalan los autores.

Contexto gallego: la pesca como tejido social y económico

En Galicia, donde las rías y la lonja de Vigo son sinónimo de actividad económica y tradición, las implicaciones no son abstractas. La flota, la industria conservera, los mercados y las comunidades costeras mantienen vínculos centenarios con el mar. A falta de confirmación oficial sobre escenarios hipotéticos tan extremos, cabe recordar que cualquier reducción brusca del acceso a recursos pesqueros tendría repercusiones sociales directas: empleo, tejido industrial y soberanía alimentaria local.

Al mismo tiempo, la comunidad científica y empresarial gallega lleva años impulsando iniciativas para combinar sostenibilidad y producción: desde el desarrollo de cuotas responsables hasta la expansión controlada de la acuicultura y la trazabilidad en la cadena de suministro. No es la primera vez que desde la región se reclama que la gestión pesquera se evalúe con criterios científicos y de gobernanza. Si la pesca bien gestionada puede operar «dentro de la estructura» del ecosistema, como apunta el estudio, Galicia tiene parte de la experiencia para demostrarlo.

Pero hay tensiones: la presión sobre el litoral por usos turísticos, urbanísticos y extractivos convive con la necesidad de proteger áreas sensibles. Además, la reconversión masiva hacia producción de carne implicaría también que regiones tradicionalmente agrarias vean aumentar sus demandas de agua, fertilizantes y cambios en el uso del suelo, con efectos transversales que no respetan límites administrativos.

Repercusiones y posibles salidas

Las recomendaciones del estudio son un aviso para los responsables políticos: las decisiones sobre pesca no pueden tomarse aisladamente ni sólo con objetivos de productividad. Los autores instan a valorar las implicaciones para la biodiversidad planetaria antes de imponer restricciones amplias al acceso a recursos marinos, y piden políticas integradas que consideren efectos colaterales en tierra. En la práctica, eso exige coordinación entre ministerios de pesca, agricultura y medio ambiente, a escala nacional y supranacional.

Para Galicia, las opciones pasan por varios frentes: mejorar la gestión pesquera, aumentar la resiliencia de las comunidades costeras mediante diversificación económica, apostar por prácticas agrícolas menos intensivas en nuevas áreas y promover dietas más balanceadas que reduzcan la presión sobre cualquier sistema productivo. La acuicultura sostenible aparece como parte de la ecuación, aunque tampoco está exenta de críticas y riesgos si no se regula con criterios estrictos.

En la Unión Europea, donde la Política Pesquera Común ha sido reformada en las últimas décadas para introducir criterios de sostenibilidad, los debates actuales sobre seguridad alimentaria y cambio climático obligan a repensar vectores de apoyo y subvención. No se trata solo de producir más: se trata de producir mejor y de evitar trasladar el problema de un ecosistema a otro.

La discusión abre además preguntas sobre consumo y desperdicio. Reducir el desperdicio alimentario, mejorar la eficiencia en la cadena de valor y flexibilizar patrones de consumo pueden aliviar parte de la presión sin equivaler a la sustitución masiva de pescado por carne. Desde los fogones gallegos hasta las mesas urbanas, hay margen para políticas de concienciación que acompañen medidas reguladoras.

En definitiva, el estudio de Duncan Leadbitter y su equipo trae una lección clara: las opciones alimentarias tienen costos territoriales y ecológicos que no desaparecen por cambiar de género alimenticio. Para Galicia, con su litoral vivo y su historia pesquera, la lección es doble: proteger el mar bien gestionado y evitar soluciones que creen nuevos frentes de pérdida de biodiversidad en tierra.

El futuro exigirá decisiones complejas y políticas coherentes que crucen sectores. La alternativa no es sencilla ni inmediata, pero la fotografía que ofrecen los números obliga a mirar más allá del plato, hacia los mapas del territorio y las vidas que dependen de él.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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