En la madrugada del jueves, varias calles de la ciudad volvieron a quedarse a oscuras y, como en tantas otras ocasiones recientes, los vecinos se echaron a la calle. Bajo la luz de linternas, teléfonos y alguna farola puntual, grupos de hombres y mujeres extendieron las fichas sobre mesas improvisadas y comenzaron largas partidas de dominó que duraron hasta el amanecer. El apagón, que dejó sin suministro eléctrico a barrios como Centro Habana, La Habana Vieja y el Vedado durante más de seis horas, puso de nuevo sobre la mesa la fragilidad de una ciudad acostumbrada a convivir con cortes recurrentes.
Cortes y escenas en la vía pública
Por la noche, plazas y esquinas se llenaron de conversación y risas. En la calle Reina, a pocos metros del Malecón, una veintena de personas armaron dos mesas con tableros y platos de viandas compartidas. «Es lo que hacemos siempre —explicó una mujer que se identificó sólo como Patricia—. Si la luz no viene, mejor estar con los demás que quedarse en casa a preocuparse». A su alrededor, jóvenes con linternas sujetas en la frente jugaban, otros aprovechaban para cargar baterías en la toma del coche y algunos comercios, cerrados por la falta de suministro, dejaban salir a clientes que esperaban en la acera.
Los apagones afectaron además el transporte y las comunicaciones en los momentos pico. Semáforos intermitentes complicaron el tráfico en arterias principales y varios cajeros se quedaron fuera de servicio. En hospitales y centros de salud, fuentes consultadas por este periódico afirman que los generadores de emergencia funcionaron, aunque con limitaciones en algunos servicios menos prioritarios.
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Conoce más →La escena del dominó, lejos de ser un mero entretenimiento, funcionó como un mecanismo de resiliencia. Las partidas se mezclaron con intercambios de información sobre la duración prevista del corte, ofrecimientos de ayuda para los vecinos más mayores y una creciente resignación que ya forma parte del paisaje citadino. En el barrio de Jesús María, un anciano, veterano jugador, resumía la sensación con una frase que oímos con frecuencia: «Aquí aprendimos a vivir con poco, pero no con soledad».
Un país acostumbrado a los apagones
La situación energética cubana no es nueva. Los últimos años han estado marcados por una combinación de envejecimiento de infraestructuras, disminución de importaciones de combustible y tensiones políticas que complican la llegada de suministros. En ese escenario, las interrupciones del servicio eléctrico se han convertido en un fenómeno habitual, con episodios más graves que han obligado al Gobierno a aplicar planes de racionamiento y a reforzar mensajes públicos sobre la necesidad de ahorrar energía.
En La Habana, donde conviven edificios coloniales con instalaciones industriales y una red eléctrica envejecida, cada corte revela debilidades estructurales y también disparidades sociales. Mientras que algunos hoteles y sedes oficiales cuentan con capacidad de respaldo para mantener el servicio, muchos hogares dependen de alternativas precarias como generadores domésticos, velas o baterías portátiles. Los comercios de barrio, talleres y pequeñas industrias sufren pérdidas económicas que se acumulan frente a una recuperación que se hace esperar.
No es la primera vez que escenas de convivencia popular emergen en la ciudad ante la falta de luz. En ocasiones anteriores las plazas se transformaron en salones improvisados, con músicos, partidas de dominó, ventas de comida a la brasa y un ambiente que mezcla la tradición con la austeridad. Ese comportamiento social tiene raíces profundas: el dominó, ejercicio colectivo y disputa amistosa, es más que un pasatiempo; es una forma de comunidad que en tiempos de escasez contribuye a mantener la cohesión vecinal.
Consecuencias políticas y reacciones
En el plano político, la persistencia de los apagones alimenta debates sobre la gestión del sector energético. El presidente Miguel Díaz-Canel ha responsabilizado en ocasiones a factores externos, incluidos efectos del bloqueo y sanciones internacionales, mientras otros apuntan a la necesidad de reformas internas, inversión en infraestructuras y diversificación de las fuentes de energía. Las tensiones geopolíticas no desaparecen del todo del discurso público, pero en la calle la conversación suele centrarse en soluciones prácticas y en la búsqueda de arreglos temporales.
Organizaciones de la sociedad civil y asociaciones de emigrantes, muchas de ellas con fuerte presencia en ciudades gallegas como Vigo o A Coruña, han mostrado históricamente preocupación por los cortes y su impacto en la vida cotidiana. Desde Galicia, la comunidad cubana envía remesas y apoyo emocional, y asociaciones de solidaridad seguirán vigilando la evolución de la situación, según personas vinculadas a esos colectivos.
En el plano económico, los pequeños negocios siguen siendo los más vulnerables. Panaderías, carnicerías y puestos de mercado pierden producto refrigerado; talleres de confección o metalurgia ven ralentizada su producción; y el turismo, sector sensible en la capital, se resiente cuando las infraestructuras no garantizan servicios básicos. Los expertos consultados por corresponsales señalan que la salida pasa por inversiones sostenidas, posible cooperación internacional y una planificación energética a medio plazo que combine mantenimiento, renovables y gestión de la demanda.
La respuesta oficial, por ahora, ha sido la habitual mezcla de promesas de mejora y llamados a la prudencia ciudadana. El Gobierno ha anunciado en otras ocasiones planes de modernización de la red y proyectos de energía renovable que aspiran a reducir la dependencia del petróleo, pero la ejecución y el tiempo necesario para ver resultados palpables mantienen a la población en un estado de espera continua.
Al amanecer, cuando la luz regresó a algunos barrios y otros continuaron con restricciones parciales, las mesas de dominó se desmontaron con la misma naturalidad con la que se habían montado. Los jugadores regresaron a sus casas con la sensación pasajera de haber ganado más que una partida: un rato de compañía y normalidad en medio de la incertidumbre. La imagen, repetida en muchas esquinas de La Habana, dejó una lección cotidiana: mientras no se resuelvan las causas profundas de los apagones, la ciudad seguirá encontrando maneras de resistir y de convertir la noche en un espacio colectivo donde, al menos por unas horas, la penuria se tapa con fichas y conversación.
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