El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder del principal partido de la oposición, Alberto Núñez Feijoo, ofrecieron este miércoles en el Congreso una sesión de control marcada por la dureza de los reproches y por acusaciones que fueron mucho más allá de la política exterior. Sánchez acusó a Feijoo de ser “cómplice” de un hipotético intervencionismo estadounidense por su silencio, mientras que el líder del PP devolvió la afrenta asegurando que no se puede defender la paz si, en sus palabras, “la propaganda iraní estampa tu cara en misiles de guerra”. La refriega se produjo en plena crisis por la guerra en Oriente Próximo y con los decretos anticrisis como telón de fondo.
Duelo en el hemiciclo: reproches históricos y golpes bajos
Desde el inicio de su intervención, Pedro Sánchez puso el foco en la memoria reciente: recordó la invasión de Irak en 2003 y situó a aquel Ejecutivo de José María Aznar junto a las decisiones de los Estados Unidos que, según dijo, arrastraron a España a “una locura”. Citó el dato —ya convertido en cifra histórica del debate público— del escaso respaldo social a aquella guerra, apenas un 6 % de apoyos, y no dudó en establecer paralelismos contemporáneos: “A Aznar le han reemplazado el señor Feijoo y Santiago Abascal y a Bush le ha reemplazado Donald Trump”, espetó.
La réplica del líder del PP llegó con aspereza: Feijoo calificó a Sánchez de “matón” por sus críticas y lanzó una frase destinada a resonar fuera del hemiciclo: “Algo tan honorable como la defensa de la paz no se puede sostener si la propaganda iraní estampa tu cara en misiles de guerra”. Con esa afirmación pretendió distanciarse de cualquier imagen que vincule a España con posiciones que, según él, favorezcan al régimen iraní o a sus aliados en la zona.
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Fue uno de los eslóganes con los que Feijoo intentó cerrar la discusión, mientras que Sánchez subió el tono y apretó en lo personal: “No sabe poner a Huelva en el mapa, pero sabe dónde están las armas nucleares en Irán”, dijo en referencia a reproches sobre su gestión de infraestructuras. El intercambio de pullas incluyó la mención del AVE Madrid–Málaga y del estrecho de Ormuz, un ejemplo claro de cómo la discusión sobre política exterior se mezcló con cuestiones domésticas y con un tono de campaña adelantada.
Además, la sesión no quedó limitada a PP y PSOE: la dureza se amplificó con la intervención de Santiago Abascal, que protagonizó un desliz soez que Sánchez aprovechó para lanzar una de sus críticas más virulentas: acusó a Vox de usar la política como vehículo para enriquecimiento, en una alusión velada a las polémicas internas del partido.
Antecedentes y la sombra de 2003
La referencia a 2003 tiene peso no solo simbólico sino político. Aquella guerra dejó en España cicatrices institucionales y sociales: manifestaciones multitudinarias, la pérdida de crédito internacional para ciertos sectores y un debate que todavía se reaviva cada vez que se plantea el papel de España en intervenciones militares. En Galicia, la oposición a la guerra tuvo visibilidad en las calles y en las asambleas ciudadanas; la memoria de esas movilizaciones alimenta hoy la retórica de quienes advierten contra decisiones que puedan arrastrar al país a conflictos lejanos.
En este escenario, la figura de Feijoo es especialmente sensible. Gallego de origen y ex presidente de la Xunta, su salto a la política nacional lleva el sello de una ambición que ahora choca con la exposición internacional de la crisis: sus críticas a la gestión del Ejecutivo buscan marcar perfil moderado frente a Vox, pero chocan con los reproches de Sánchez sobre falta de claridad y, según el presidente, de valentía para oponerse a lo que calificó de políticas belicistas.
También hay que recordar que la UE ha tenido un papel activo en estas semanas, y según el Gobierno esa actuación se ha movido gracias a la diplomacia española. Sánchez quiso reivindicar que “España es hoy una referencia internacional en defensa de la paz” y que su gestión ha hecho posible que “la Unión Europea entera se mueva”. Esa lectura, sin embargo, es disputada por la oposición, que exige mayor concreción sobre medidas prácticas y garantías sobre la neutralidad en el envío de material bélico.
Repercusiones políticas y próximos pasos
Más allá del choque de titulares, la sesión abre interrogantes sobre el calendario político inmediato. En el Congreso se debatirán en las próximas horas los decretos anticrisis que el Gobierno ha impulsado y que requieren del apoyo o, al menos, de la abstención de grandes grupos para su tramitación. Sánchez interrogó a Feijoo sobre cuál será su voto; la respuesta fue una negativa rotunda. Esa ambigüedad tiene sabor a riesgo: comunidades gobernadas por el PP, como Castilla y León o Extremadura, comparten con la crisis presupuestaria un escenario que condiciona la negociación política a nivel estatal.
En el plano de la política exterior, la presión de formaciones como Esquerra para que el Ejecutivo pase de la retórica a medidas concretas también se dejó notar. Gabriel Rufián reconoció la “visión estratégica” de Sánchez pero reclamó acciones: suspendan, dijo, el comercio de armas con países implicados. Queda por ver si la exigencia cristaliza en una proposición que obtenga respaldo suficiente o si la diplomacia española seguirá maniobrando en clave de alianzas europeas y atlánticas.
Para Galicia, la disputa añade ingredientes propios. La política autonómica del PP y la identidad regional de Feijoo influyen en cómo se valoren estas tensiones en el electorado local; la gestión de servicios y la percepción de firmeza en política exterior pueden convertirse en argumentos de campaña. A la espera de la votación de los decretos y de las decisiones sobre exportaciones de material, lo que queda claro es que la política española sigue convulsionada entre ataques personales y debates de fondo sobre la paz y la seguridad internacional.
La sesión de este miércoles deja, por tanto, un menú completo de asuntos pendientes: aclaración de posturas, votaciones clave y, sobre todo, la necesidad de que la retórica no sustituya a la política. Si la historia reciente sirve de lección, los dirigentes tendrán que medir sus palabras y, sobre todo, explicar con datos y con hechos cómo se protegen los intereses de los ciudadanos sin alimentar conflictos que hace décadas dividieron a la sociedad española.
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