El inicio de la temporada de pesca fluvial en la provincia de Lugo dejó una imagen para recordar: Pedro Castro, un alumno de infantil del colegio Divino Maestro de apenas seis años, logró sacar del río Miño una trucha que pesó 2,2 kilos y alcanzó los 66 centímetros de longitud. Ocurrió el domingo, día en el que miles de cañistas estrenaron la campaña anual, y la captura se produjo en la zona de Santa Isabel, muy próxima a la desembocadura que marca el paisaje al sur de Lugo.
Una jornada inolvidable junto al padre
No era la primera pieza que suma el pequeño pescador, que desde los cuatro años acompaña a su padre a la orilla. Sin embargo, aquel domingo —la apertura oficial de la temporada— la magnitud del ejemplar convirtió la mañana en algo excepcional. Según relatan quienes estaban en la orilla, Rubén Castro y su hijo formaron un tándem eficaz: el padre lanzaba el señuelo y el niño se encargaba de recoger la línea hasta que, en uno de esos lances, el pez respondió con fuerza.
«Fue un trabajo en equipo», explicó Rubén, que participaba en la escuela de pesca de la asociación local.
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El lance tuvo también sabor artesanal: Pedro fabrica las moscas que usa como cebo y el domingo empleó un pez artificial. Tras la captura, el niño posó con la trucha para la fotografía de rigor —una imagen que, en la era de las redes sociales, recorre ya conversaciones y grupos de pesca— y quiso llevar el ejemplar a su madre como trofeo. Aun así, su padre recuerda que lo habitual en sus salidas es devolver al río las piezas; practican la pesca sin muerte, una modalidad conservacionista que buscan inculcar a los más jóvenes.
La pesca en Lugo: tradición, escuela y números
La escena se enmarca en un movimiento creciente por recuperar la afición entre las nuevas generaciones. La asociación Os Troiteiros de Ombreiro, que organiza la escuela a la que pertenece Pedro, forma a más de una veintena de menores entre 5 y 15 años. El domingo, además del benjamín del grupo, otros siete niños salieron a pescar acompañados por monitores. La presencia de familias y escuelas de pesca empieza a refrendar una realidad: la pesca fluvial no es sólo deporte individual, sino transmisión generacional y vínculo con el territorio.
En Galicia hay un colectivo numeroso de aficionados: alrededor de 48.453 cañistas cuentan con licencia, lo que convierte a la comunidad en un referente nacional en pesca recreativa. No es extraño, por tanto, que la inauguración de la temporada muestre resultados dispares: mientras algunos vuelven a casa con buenas piezas, otros se conforman con la espera junto al río. En Castro de Rei, por ejemplo, otro cañista abrió la campaña con una trucha de casi medio metro, lo que subraya que la variedad de capturas fue la nota dominante el fin de semana.
Detrás de estas cifras hay debates abiertos en Lugo y en toda Galicia sobre gestión piscícola, suelta de ejemplares y conservación de tramos fluviales. Los miembros de Os Troiteiros explican que la trucha capturada por Pedro era un macho autóctono, de carne blanca, distinto de los ejemplares de suelta, más asalmonados. Esa distinción interesa no sólo a los puristas de la pesca sino a quienes trabajan en recuperar la biodiversidad de ríos históricamente alterados.
Formación, recuperación y futuro
La apuesta por la formación de jóvenes pescadores forma parte de proyectos locales más amplios. La escuela de Os Troiteiros no sólo enseña técnica y seguridad junto al agua; también incorpora prácticas conservacionistas y la elaboración artesanal de señuelos, una tradición que se mantiene viva entre quienes conocen el Miño desde niños. La actividad de estas asociaciones ayuda además a reconectar a la población con tramos del río que durante décadas estuvieron menos cuidados o infrautilizados.
El modelo de enseñar a respetar el medio antes que a capturar a toda costa parece dar frutos. Rubén califica a su hijo como «un apasionado» de la pesca; los hermanos mayores, de 9 y 13 años, cuando salen con él lo hacen más para jugar, pero ya conviven con la sensibilidad hacia el río. La semilla que se planta en estos cursillos puede tener efectos a medio plazo: más pescadores formados, mayor presión para la gestión sostenible y, en el mejor de los casos, ríos con mejores poblaciones autóctonas.
La historia de un niño con una trucha de 2,2 kilos también tiene un componente de imagen pública. En municipios como el de Santa Isabel, a escasos kilómetros del casco urbano lucense, episodios así reavivan la relación social con los ríos, atraen a familias y abren debates en torno a medidas que compatibilicen la pesca recreativa con la conservación y el disfrute ciudadano del paisaje fluvial.
Mirando hacia delante, el calendario de la temporada y las iniciativas de escuelas como la de Os Troiteiros marcarán el pulso de la afición en Lugo. Si la jornada inaugural dejó sonrisas por la captura de Pedro, también dejó preguntas: cómo equilibrar la afición con la protección de los ecosistemas, cómo potenciar la pesca responsable entre los menores, y qué papel pueden jugar las administraciones locales para apoyar a las asociaciones que trabajan en la rivera. Si algo quedó claro el domingo, es que la pesca tiene relevo generacional y que, a veces, las anécdotas de la apertura terminan siendo pequeñas lecciones de territorio.
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