El Museo MARCO de Vigo fue escenario, el pasado 24 de marzo de 2026, de un coloquio poco habitual: mujeres reclusas del Centro Penitenciario de A Lama y una alumna del Centro de Educación de Personas Adultas EPA Berbés compartieron ante el público su día a día, sus sueños y los obstáculos que encuentran para rehacer la vida. Organizado en colaboración con el programa EPAPU Nelson Mandela, el encuentro quiso poner rostro y palabra a realidades que la ciudad a menudo no escucha.
Relatos desde A Lama y desde la calle
La primera intervención partió de una invitación a la reflexión: ¿qué siente una mujer dentro de prisión? La pregunta, formulada por una de las internas, marcó el tono del coloquio. No se trató solo de describir horarios y rutinas; sobre la mesa aparecieron el trabajo y el estudio dentro de la cárcel, las relaciones con las compañeras de módulo y la cotidianeidad que se sostiene entre la reja y la esperanza.
Desde la perspectiva de la estudiante migrante, identificada como Eurídice, la vida fuera de prisión no es necesariamente más sencilla. Denunció la barrera del idioma y la imposibilidad práctica de acceder a determinados espacios: «hay sitios en los que quieres estar, pero la realidad es que no puedes», explicó. La coincidencia entre ambas realidades —la de quien sale de prisión y la de quien emigra en busca de oportunidades— quedó clara cuando las participantes hablaron de educación como herramienta y de la dificultad para desplegarla cuando faltan apoyos.
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Conoce más →Las internas detallaron que la ocupación del tiempo en A Lama incluye formación y trabajo, elementos que, dijeron, resultan indispensables para imaginar un futuro distinto. Sin embargo, subrayaron que el mero hecho de haber pasado por la cárcel actúa como una marca social que complica el retorno a la vida laboral y comunitaria. «Al salir de prisión ya tenemos una marca. Tenemos que luchar mucho más», reflexionaron en voz alta ante las decenas de asistentes.
Maternidad, estigma y las barreras invisibles
Uno de los pasajes más sentidos del coloquio fue el relativo a la maternidad. Para muchas de las internas, la separación de los hijos es «lo más doloroso» de cumplir una condena. Contaron cómo no poder acompañar el crecimiento de los niños pesa tanto en quien está privada de libertad como en sus compañeras, que sufren al verlas sufrir. En algunos casos, la maternidad también es un obstáculo para acceder a la formación: Eurídice narró el dilema de una madre que no podía estudiar porque no tenía con quién dejar a sus hijos. «¿Con quién iba a dejarlos? O estudiar o trabajar, no es posible asumir todo», dijo, y eso resume una realidad que no es exclusiva de la prisión.
El estigma atraviesa de manera distinta a hombres y mujeres, explicaron las intervinientes. Señalaron que la sociedad penaliza con mayor dureza a las mujeres cuando cometen un delito; la etiqueta pesa y se traduce en más dificultades para volver a empezar. A ello se suma, en el caso de la migración, factores como el color de la piel u otras señales de diferencia que condicionan la inclusión. La confluencia de estigma por reclusión y discriminación por origen compone una barrera difícil de desactivar.
«¿Qué pueden hacer por nosotras o por nuestras realidades?»
La pregunta final que plantearon las participantes al público resume el desafío: no basta con la empatía momentánea; hacen falta respuestas concretas que pasen por políticas, estructuras de apoyo y un cambio cultural que deje de castigar doblemente a las mujeres en situación de vulnerabilidad.
Repercusiones y próximos pasos: de la palabra a la acción
El coloquio celebrado en el MARCO no fue un gesto aislado. Programas de formación como los que impulsa la EPA Berbés y actividades de acercamiento desde instituciones y asociaciones buscan precisamente reducir la invisibilidad de estas trayectorias. Aun así, las participantes insistieron en que la brecha práctica sigue abierta: cuidado infantil, acompañamiento en la búsqueda de empleo, reconocimiento de la formación realizada en prisión y estrategias específicas para combatir la discriminación son medidas que habitualmente figuran en los diagnósticos, pero que escasean en la implementación.
Galicia, con su envejecimiento demográfico y su economía basada en sectores que necesitan mano de obra cualificada, tiene en la integración de migrantes y en la reinserción de personas que han cumplido condena una oportunidad y un reto. No es la primera vez que asociaciones y centros educativos locales organizan espacios de encuentro en Vigo o en otras ciudades gallegas, pero la repetición de estas iniciativas no sustituye a la política pública. A falta de compromisos más sólidos desde las administraciones, son las redes comunitarias, las familias y la propia voluntad de las protagonistas las que sostienen la transición.
Queda la cuestión práctica: qué puede hacer una ciudad como Vigo o una comunidad como Galicia. Entre las propuestas que surgieron durante la sesión figuraron la ampliación de plazas en módulos de formación, la creación de programas de conciliación para madres sin recursos, convenios con empresas para facilitar inserciones laborales con acompañamiento y campañas de sensibilización que desmonten los prejuicios. También plantearon algo más íntimo pero esencial: escuchar sin juzgar, permitir que las historias circulen y no vuelvan a encerrarse en el olvido mediático.
Al salir del MARCO, varios asistentes comentaban que la experiencia les había cambiado la mirada. Puede que ese sea el primer paso: reconocer que dentro de la prisión, así como en las escasas aulas a las que llegan las migrantes, hay rostros, proyectos y capacidades. Transformar el reconocimiento en medidas concretas requiere voluntad política, recursos y tiempo. La pregunta que dejaron las protagonistas sigue abierta y no admite evasivas: ¿qué vamos a hacer por ellas?
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