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Costa y Ribera se desmarcan de Von der Leyen y reivindican el derecho internacional como eje de la política exterior de la UE

Costa y Ribera se desmarcan de Von der Leyen y reivindican el derecho internacional como eje de la política exterior de

António Costa y Teresa Ribera despejaron este martes la incertidumbre abierta por las palabras de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, y reclamaron que la Unión Europea mantenga el respeto al derecho internacional como base de su acción exterior. En sendas intervenciones en el debate europeo, ambos líderes rechazaron la idea de prescindir del sistema multilateral y subrayaron la necesidad de preservar la Carta de las Naciones Unidas. Las declaraciones, realizadas en plena escalada de tensiones en Oriente Próximo, provocaron un choque de enfoques que amenaza con abrir una fractura política en las instituciones comunitarias. La reacción pública se produjo el 10 de marzo de 2026 en Bruselas, cuando el debate sobre el papel de Europa en un mundo más fragmentado adquirió nueva urgencia.

El presidente del Consejo Europeo apostó por reforzar las normas que rigen la convivencia entre Estados y planteó que la respuesta europea a las crisis internacionales debe ser colectiva y basada en acuerdos multilaterales. Costa advirtió asimismo sobre comportamientos que, a su juicio, ponen en riesgo ese orden; citó la actuación de potencias que tensionan las reglas internacionales y recurrió a la defensa de la ONU como pilar irrenunciable. Su conclusión fue clara: la Unión no debe responder con medidas unilaterales que erosionen la arquitectura jurídica global. Con este posicionamiento buscó distanciarse de las interpretaciones más rupturistas de la reciente intervención de la presidenta del Ejecutivo comunitario.

Por su parte, la vicepresidenta del Ejecutivo comunitario, en su comparecencia, remarcó que abrir dudas sobre la vigencia del derecho internacional sería una apuesta arriesgada en un momento de alta volatilidad global. Ribera insistió en que el respeto a las normas internacionales es una premisa básica para la credibilidad europea y reclamó que sea el Consejo Europeo quien fije las líneas maestras de la política exterior. Recordó además que cualquier cambio de orientación debe calibrarse con los socios y con el objetivo de preservar la seguridad colectiva. Su intervención añadió peso político a la respuesta institucional frente a la controversia desatada.

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Las palabras de Von der Leyen, pronunciadas un día antes, habían planteado que Europa no podía seguir siendo la guardiana de un orden mundial que, según ella, ha cambiado y deja de garantizar por sí solo los intereses europeos. Aunque la presidenta matizó después sus afirmaciones y aseguró que seguirá defendiendo el sistema basado en reglas, su advertencia sobre la necesidad de buscar nuevos modos de cooperación con socios internacionales encendió las alertas. Fue ese matiz el que dividió a los responsables europeos: para unos se trató de pragmatismo ante una realidad cambiante; para otros, de un riesgo de erosión del marco jurídico común. La discusión gira en buena medida en torno a si modernizar la estrategia implica renunciar a los principios fundacionales.

En Bruselas, la reacción política no se hizo esperar y la controversia adquirió carácter institucional, porque raramente la presidenta de la Comisión plantea públicamente la posibilidad de mover el eje estratégico sin una coordinación previa con el Consejo. La disputa expone tensiones entre quienes abogan por una mayor autonomía estratégica europea y quienes prefieren anclar la acción en alianzas y en normas compartidas. Costa y Ribera actuaron así como contrapesos dentro del propio bloque institucional, defendiendo una lectura conservadora del multilateralismo. La pugna política anticipa debates intensos en las próximas cumbres europeas.

En su discurso, el presidente del Consejo describió un entorno internacional en el que la fuerza y la competencia entre grandes Estados amenazan con sustituir la negociación por la imposición. Citó, sin un orden determinado, a actores que alteran la seguridad o las reglas comerciales y subrayó que la respuesta debe ser reforzar las instituciones y no abandonarlas. Planteó además una política exterior «multidimensional» que combine firmeza y diplomacia para proteger los principios de la ONU. La idea central fue que la Unión sólo tendrá capacidad de influencia si preserva su adhesión a un marco jurídico compartido.

Ribera, especializada en asuntos de transición ecológica y política energética, empleó un tono advertidor sobre las consecuencias prácticas de cuestionar las normas internacionales. Señaló que abrir ese debate en un momento de conflicto incrementa la incertidumbre para los socios y puede debilitar los mecanismos de mediación y ayuda humanitaria. Subrayó también que la definición de la postura exterior corresponde, por competencia política, al Consejo Europeo, lo que añade una dimensión institucional al desencuentro retórico. Su postura buscó reducir la percepción de fractura y reclamar procedimiento y prudencia.

El choque entre matices tiene repercusiones más allá de los pasillos comunitarios: aliados y socios siguen con atención cualquier señal de cambio de rumbo en la UE, sobre todo en el marco de la crisis en Oriente Próximo y de las tensiones económicas globales. Analistas y diplomáticos apuntan que un viraje brusco podría afectar la cooperación en defensa, comercio y sanciones, áreas en las que la unidad europea resulta clave. Al mismo tiempo, hay quien defiende que la UE necesita herramientas más ágiles para responder a amenazas híbridas y a la competencia estratégica. El reto reside en conciliar adaptación y continuidad.

Las próximas citas en la agenda europea, incluidas reuniones ministeriales y la próxima cumbre del Consejo, serán el escenario para intentar cerrar la brecha y acordar un mensaje único. Fuentes diplomáticas consultadas por este periódico creen que la fórmula más probable será una reafirmación del compromiso con el multilateralismo combinada con iniciativas para aumentar la autonomía operativa de la Unión. Hasta entonces, la polémica seguirá estimulando el debate sobre cuál debe ser la brújula que guíe a la UE en un mundo más fragmentado y exigente.

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Redacción

Periodista de Galicia Universal.