Gonzalo Iglesias Sueiro escribió este viernes, desde Ourense, una reflexión que parte de la experiencia íntima y desemboca en la política global: bastaron unas horas del 14 de marzo de 2026 para que la recepción de dos noticias funerarias —la muerte de un primo cercano y la de un veterano dirigente socialista conocido como Louro— le obligara a confrontar la fragilidad de la vida y la crudeza de los conflictos que vacían de sentido las palabras públicas. En su columna, el autor liga ese dolor personal con episodios de violencia internacional recientes, citando el impacto de un ataque que habría causado decenas de víctimas en una escuela de Teherán y la respuesta política que lo rodea. La pieza busca así explicar por qué la muerte, en lo cotidiano y en lo colectivo, revela estructuras de poder y actitudes morales. El motivo central es preguntar cómo conviven el luto privado y la gestión pública de la muerte en un tiempo de desinformación y cinismo.
El texto arranca con una anécdota doméstica: el autor describe un despertar torpe, acompañado por recuerdos familiares y gestos de ternura que se mezclan con pequeños tropiezos. Relata cómo el pitido del teléfono y el timbre de los mensajes instantáneos transforman la intimidad en una cadena de avisos que transmiten la noticia de la pérdida. Ese pasaje sirve para narrar la súbita presencia de la muerte en una familia concreta, la de Gonzalo Iglesias López de Celanova, cuya figura es recordada por su bondad y compromiso. La cercanía del fallecimiento actúa como catalizador de una reflexión mayor sobre la manera en que las sociedades registran y procesan la ausencia.
Seguidamente, el columnista cuenta la notificación que recibió por WhatsApp sobre el fallecimiento de Louro, un dirigente socialista conocido por su capacidad para mediar y buscar consensos en conflictos internos. Su perfil es presentado como el de alguien que prefería resolver las diferencias sin imponer posiciones, un rasgo que el autor contrapone con las formas más agresivas de la política contemporánea. La pérdida de estas dos figuras, una familiar y otra política, funciona como motivo para pensar en las distintas escenas donde la muerte interviene: la privada, la partidaria y la pública.
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Conoce más →Desde ahí la pieza traza un puente hacia la escena internacional, aludiendo a un ataque que habría causado la muerte de muchas niñas en una escuela en Teherán, episodio que el autor atribuye a una dinámica de guerra y propaganda. Señala la responsabilidad política de líderes como Donald Trump y Benyamin Netanyahu, a los que critica por la normalización del cinismo y la descalificación de informaciones contrarias a sus intereses. El argumento central es que la manipulación informativa y la negación contribuyen a deshumanizar a las víctimas y a legitimar violencias que deberían ser investigadas con rigor. En ese contexto, la duda y la desconfianza alimentan una politización de la muerte que convierte a los ciudadanos en espectadores anestesiados.
El columnista advierte que el espectáculo de la muerte política no puede separarse del entorno tecnológico que mediatiza nuestras vidas: los móviles, las redes y las plataformas concentran datos y emociones en manos de unos pocos, transformando el luto en un ritual escenificado. Apunta asimismo que esa centralización de la atención facilita la difusión de versiones interesadas y dificulta la construcción de relatos compartidos basados en hechos verificables. Por eso, según el texto, la ética pública se ve erosionada cuando la información se convierte en arma y la empatía en signo de debilidad.
Más allá de la crítica a los líderes y a las plataformas, la columna propone una reflexión filosófica: la muerte existe porque hay vivos que la reconocen, y la relación entre ambos define la intensidad de nuestras sociedades. El autor sostiene que quienes viven del odio y la confrontación no alcanzan a comprender la experiencia de ser amados, y por eso su percepción de la muerte es instrumental y ajena al dolor real. Esa idea sirve para reivindicar una política menos espectáculo y más arraigada en la dignidad humana.
La pieza remata con una llamada a la memoria y a la responsabilidad cívica: ante la pérdida personal y ante las tragedias colectivas, reclama comportamientos que prioricen la verdad y el cuidado del otro. Recomienda recuperar la conversación honesta, el reconocimiento del duelo y la búsqueda de consensos que eviten que la muerte sea utilizada como moneda política. En su balance, el autor deja claro que el duelo privado y la indignación pública comparten un mismo núcleo humano que no debe perderse en la retórica.
En definitiva, la columna propone que la experiencia de la muerte, desde la casa hasta la escena internacional, sirve para medir la salud moral de una comunidad. El testimonio del autor, atravesado por la pena y la indignación, se ofrece como una invitación a repensar cómo informamos, cómo gobernamos y, en última instancia, cómo nos cuidamos los unos a los otros ante lo irreversible. Esa es la pregunta que, según el texto, queda pendiente para quienes pretenden dirigir el destino común.
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