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Bryce no bebía Cacaolat

Bryce no bebía Cacaolat

Alfredo Bryce Echenique, el novelista peruano radicado en España, ha fallecido recientemente; su muerte reaviva anécdotas sobre sus gustos personales, entre ellas la curiosa polémica sobre si tomaba o no Cacaolat. Un reciente reportaje recogió la imagen de un autor de moda que supuestamente bebía aquel chocolate, pero colegas y amigos recuerdan que Bryce prefería bebidas alcohólicas y cócteles, rasgo que se insertó tanto en su vida pública como en la anécdota literaria que lo rodeó. Su trayectoria literaria, alabada por una prosa a la vez ligera y profunda, quedó también marcada por controversias que afectaron su prestigio en los últimos años. La pugna entre la imagen pública y los recuerdos personales es, en último término, otra pieza más en la biografía de un escritor inclasificable.

La mención al Cacaolat surgió en una entrevista reciente que circuló en los medios, pero quienes trataron a Bryce de cerca ofrecen versiones distintas: para muchos, ese chocolate no formaba parte de sus hábitos. El escritor fue, en su momento, una figura central de las letras hispanas, autor de novelas muy leídas y traducidas; sin embargo, su carrera también se vio empañada por acusaciones de plagio que alimentaron debates sobre su legado. Pese a ello, son las historias personales, las que mezclan timidez y brillantez, las que más han circulado tras su fallecimiento. Esas escenas dan cuenta de un hombre contradictorio, capaz de la gracia más amable y del gesto más mundano.

Una de las anécdotas más citadas, contada por el propio Bryce en charlas públicas, remite a su timidez patológica: en reuniones concurridas aseguraba escuchar un tintineo de campanillas que le perturbaba. Con el tiempo explicó que aquel ruido no era otra cosa que el repiqueteo del hielo en el vaso del whisky con el que intentaba templar sus nervios. La imagen de un escritor sensible y nervioso, buscando consuelo en una copa, contrasta con la de una figura literaria imponente en el escenario. Esa confesión ayudó a perfilar la idea de un hombre vulnerable tras la fachada elegante.

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Otro recuerdo recurrente sitúa a Bryce en A Coruña, donde lo entrevistaron años después de su esplendor literario: apareció en el vestíbulo del Hotel Atlántico con la ropa de la noche anterior y sin quitarse la gabardina pidió un Bloody Mary a mediodía para «despejarse», según contaron testigos. La escena muestra la vida nómada del autor, su afinidad por la nocturnidad y la tradición de tertulia que lo acompañó siempre. Aquella mañana, la conversación posterior reveló que venía de una velada larga junto a otro escritor, lo que explicaba su aspecto y su elección de bebida. Estas estampas cotidianas ayudan a entender por qué pocos lo asociaban con un batido de chocolate.

El viaje nocturno del que volvía Bryce lo había hecho, en esa ocasión, acompañado por Xosé Carlos Caneiro, con quien conversó hasta el amanecer sobre literatura y lecturas compartidas. La complicidad entre ambos sirvió para ilustrar la dimensión comunitaria de la vida literaria gallega y española, donde las jornadas terminan, a menudo, recién entrada la madrugada. Ese tipo de encuentros son los que alimentan leyendas y espesas memorias sobre autores que viven tanto de su obra como de su vida social. En el caso de Bryce, la camaradería nocturna fue recurrente y formó parte de su fisonomía pública.

Para explicar las preferencias de Bryce en cuanto a bebidas, el cronista recurrió al testimonio de Pepe Esteban, amigo de larga data del peruano, quien en una sobremesa del Café Gijón relató una lección aprendida de Hemingway que, según él, influyó en sus costumbres. Esteban rememoró un viaje juvenil al Escorial en 1956, anécdota que ilustraba las afinidades de generación y el culto a ciertas tradiciones literarias y etílicas. No es tanto que una anécdota explique la totalidad de un hábito, sino que estas historias contribuyen a perfilar un retrato más verosímil del escritor. En conjunto, los relatos apuntan a una preferencia por bebidas alcohólicas frente a refrescos o batidos.

En otra velada mencionada por testigos, la cena fue regada por Caballero Bonald con cava hasta convertir la sobremesa en un festín literario, detalle que refuerza la idea de un contexto cultural donde el alcohol formaba parte de los rituales sociales. Estas escenas no pretenden glorificar excesos, sino situar a Bryce en un entorno de tertulia y complicidad intelectual. La evocación de las copas y las conversaciones nocturnas es también la evocación de un tiempo y un ambiente ahora más distante. Son, además, los elementos que alimentan la memoria colectiva de un autor que fue mucho más que su biografía.

Al final, la discusión sobre si bebía o no Cacaolat es un apunte menor frente a la obra y la presencia de Bryce en la literatura hispana. Sus novelas, traducidas y celebradas, siguen siendo leídas pese a las sombras que ensombrecieron su reputación en años recientes. Lo que perdura, más allá de las anécdotas, es una prosa capaz de combinar ligereza y hondura, y la huella de un hombre cuya vida privada alimentó leyendas y rencillas por igual. A la hora de recordar a Alfredo Bryce Echenique, prevalecen tanto sus libros como esas pequeñas imágenes que ayudan a comprender la complejidad de su figura.

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Sofía Martínez

Periodista de Galicia Universal.

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