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Francia gana un Seis Naciones caótico e Irlanda conquista la Triple Corona

Francia gana un Seis Naciones caótico e Irlanda conquista la Triple Corona

Francia se proclamó campeona del Seis Naciones tras vencer a Inglaterra 48-46 en el Stade de France el 14 de marzo de 2026, gracias a una patada decisiva de Thomas Ramos en el tiempo añadido. El triunfo llegó en un partido de infarto en el que el ala francés Bielle-Biarrey anotó cuatro ensayos y en el que, por momentos, parecía que cualquier resultado era posible. La jornada, intensa y llena de alternativas, dejó además a Irlanda como vencedora de la Triple Corona, al imponerse en sus duelos frente a las otras selecciones británicas. El choque en París fue la culminación de una edición marcada por el alto voltaje y por partidos que se decidirían en los instantes finales.

El partido arrancó con un ritmo eléctrico y con ambos equipos alternando dominio en distintas facetas del juego: Francia aprovechó los espacios y las patadas inteligentes, mientras que Inglaterra impuso su superioridad física en los contactos. A los seis minutos una jugada a partir de una patada terminó con Bielle-Biarrey apoyando el primer ensayo galo; poco después la respuesta inglesa llegó con un posado visitante que equilibró el marcador. La sucesión de ensayos y las imprecisiones en la defensa dieron paso a un encuentro con muy pocos momentos de respiro para ambas aficiones.

Inglaterra salió al Stade de France tras la derrota en Roma con ganas de demostrar otra versión y, desde el arranque, mostró mayor agresividad en el juego de delanteros. Un maul poderoso culminó con un ensayo de Ollie Chessum, y la capacidad de los ingleses para someter en las mélés y en los contactos les permitió controlar fases importantes del partido. Sin embargo, la habilidad de los galos para castigar espacios y el acierto de su línea de tres cuartos impidieron que el dominio físico se tradujera en una ventaja plácida para los visitantes.

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La alternancia en el marcador fue la nota dominante de una primera mitad en la que se mostraron las dos caras del rugby contemporáneo: el juego al pie y la velocidad frente al choque y la superioridad establecida en las fases estáticas. Francia sufrió en los puntos de encuentro y sufrió la carga física de Inglaterra, pero supo aprovechar las oportunidades que le ofrecieron las patadas en profundidad y los errores rivales. El intercambio de ensayos y transformaciones dejó el encuentro abierto, con la sensación de que la resolución podía llegar en cualquier jugada aislada.

En la segunda mitad la tensión no disminuyó y ambos combinados buscaron imponer su plan sin renunciar a la iniciativa. Bielle-Biarrey continuó siendo un quebradero de cabeza constante para la zaga inglesa, logrando llegar a la línea de marca en cuatro ocasiones a lo largo del choque, una cifra extraordinaria en un partido de tanta exigencia. Inglaterra, pese a su buena labor en los contactos y a las fases estáticas, no pudo frenar siempre las transiciones francesas y pagó caro algunos desajustes defensivos.

El desenlace fue de una intensidad inusitada: con el marcador apretado y el tiempo agotándose, Ramos asumió la responsabilidad y anotó la patada que dio la victoria a los locales, desatando la euforia en el Stade de France y la decepción en los visitantes. La definición dejó palpitando a la afición y a los protagonistas, que vivieron un final propio de los clásicos más recordados del torneo. Para los franceses, el triunfo es una confirmación en términos de cantera y eficacia ofensiva; para los ingleses, una llamada de atención sobre la necesidad de ajustar aspectos defensivos y de control del juego.

La jornada tuvo además implicaciones para el resto de participantes: Irlanda se aseguró la Triple Corona, un signo de fortaleza frente a las otras naciones británicas, aunque no alcanzó a disputar el título hasta el último segundo en París. El torneo, en su conjunto, quedará en la memoria por la sucesión de partidos competitivos y por la capacidad de diversas selecciones para ofrecer alternativas tácticas y jugadores destacados.

Más allá del resultado, las imágenes de melés, mauls y rápidas transiciones mostraron un nivel competitivo elevado y generaron debate sobre la dirección del juego en las próximas temporadas. Para Francia, el título supone un respaldo al planteamiento ofensivo y a la gestión en momentos clave; para Inglaterra, la derrota plantea preguntas sobre el equilibrio entre físico y control del partido. El Seis Naciones 2026 se cierra, así, como una edición que será recordada por su dramatismo y por la brillantez individual en los instantes definitorios.

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M

Miguel Ángel Vázquez

Periodista de Galicia Universal.

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