Jaime Noguerol recuerda la figura de Raúl, un periodista manchego cuya muerte ha despertado recuerdos y anécdotas entre colegas y amigos. En una columna publicada el 15 de marzo de 2026, el autor repasa la vida de Raúl, sus tertulias en Madrid y sus años en la prensa, y subraya por qué su figura representa a una generación periodística que se extingue. Las evocaciones transcurren entre cafés, encuentros en el teatro y episodios que muestran su carácter pendenciero y vital.
Raúl fue descrito por el columnista como un hombre que, más que escribir, vivía para contar. Sus años en el diario Pueblo y sus tertulias en el histórico Café Gijón marcaron su formación y su fama. En esos espacios compartió con poetas y con amigos conversaciones largas que definieron su estilo directo y proclive al riesgo.
El autor recuerda también su relación con los poetas y artistas de la época. Entre ellos, el influjo del poeta Carlos Oroza y la generosidad del pintor Laxeiro, que solía invitar a café y cruasán a quienes pasaban por su mesa. Esas escenas dibujan el paisaje cultural de Madrid en los setenta y la vida bohemia que alimentó a muchas plumas del periodismo.
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Noguerol subraya que Raúl pertenecía a una estirpe de periodistas cuya experiencia vital era parte esencial de su oficio. Aprendieron a escribir con un ritmo heredado de la oralidad poética y de noches interminables de conversación. A su juicio, sin esa experiencia, difícilmente habría historias que merezcan ser contadas.
El texto recuerda a otros cronistas y columnistas que marcaron una época y que fueron referentes para Raúl. Entre ellos cita a voces como Haro Tecglen, Manuel Vicent y Umbral, figuras a las que admiraba por su agudeza y por la capacidad de convertir la anécdota en reflexión.
Anécdotas y desafíos
Varias anécdotas que se relatan en la columna ilustran el carácter imprevisible y provocador de Raúl. Una de ellas, contada por su amigo Pepe Díaz, muestra su tendencia a la bravata y la confrontación, hasta el punto de amenazar con un duelo a quien le insultó.
«Te cito a un duelo, busca padrinos. Tengo en casa la hoja curvada de un sable»
Otra historia, narrada por el poeta Víctor Campio, sitúa a Raúl y a otros en un pueblo de Cuenca, donde el periodista presumió de un comportamiento imprudente con una pasajera de autobús. La salida de tono desembocó en una pelea con un compañero que resultó ser el marido de la mujer mencionada.
«Vengo de Madrid en el autobús. Me senté al lado de una señora rubia con traje azul y pendientes arabescos. Estaba muy buena…»
Estas anécdotas, recuerda Noguerol, no son para ensalzar faltas sino para trazar el perfil humano de alguien que vivió y escribió sin pudores. Raúl fue, según el autor, un pícaro y un golfo en la mejor acepción: alguien que supo convertir el riesgo en material periodístico.
Su trayectoria en la prensa y sus tertulias con escritores y artistas dejan un legado de crónicas afiladas y columnas memorables. Para muchos colegas su marcha es el cierre de una etapa del periodismo español marcada por el cara a cara en los cafés y la conversación prolongada.
En otro plano, la columna recuerda también la reciente función en el Teatro Principal de José Sacristán, con la obra que él mismo escribió en homenaje a Fernando Fernán Gómez. La velada sirve de contrapunto: la presencia de viejos referentes culturales que siguen activándose en los escenarios, mientras otras figuras se ausentan.
En un momento más íntimo, Sacristán contó a Noguerol un detalle doméstico que provocó risa: atribuyó parte de su longevidad a los ajos de Chinchón y sugirió comprarlos en el mercado de su pueblo. Esa imagen —la de un actor veterano recomendando un remedio popular— remata la colección de personajes que pueblan la columna.
Para cerrar, el autor menciona la exposición de la ilustradora Alba Fernández, «Un mundo por pensar», que se inaugurará en Dodo Dadá y que considera «altamente recomendable». Es un guiño a la continuidad cultural frente a las pérdidas personales y profesionales.
La despedida de Raúl, concluye Noguerol, no es solo la de un colega; es la de una forma de entender el periodismo: callejero, conversado, juguetón y a veces peligroso. Con su partida se quedan las historias, las voces y, sobre todo, la memoria de muchas tardes en torno a una taza de café.
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