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El derribo del complejo Talaso coloca al Concello de Oia al borde de la quiebra tras más de veinte años de litigios

La ejecución de la sentencia que ordena demoler el complejo de talasoterapia en Oia ha vuelto a poner al municipio en el centro de una crisis financiera y política. Las licencias municipales que permitieron la obra fueron anuladas por los tribunales al constatarse la ocupación de suelo rústico; la alcaldesa advierte de un riesgo real de bancarrota y de la pérdida de empleo en una zona que ya sufrió decepciones anteriores. El proyecto, que recibió en 1999 ayudas públicas por valor de 3,9 millones de euros, acumula más de dos décadas de recursos, rectificaciones y pronunciamientos judiciales contradictorios.

La demolición ordenada y las dudas sobre responsabilidades

La sentencia que ahora se ejecuta no es un episodio aislado sino la culminación de una larga secuencia de resoluciones y recursos. El complejo fue autorizado por el propio Ayuntamiento en un momento en que la presión por atraer inversión turística era intensa. Más tarde, la normativa y la interpretación judicial cambiaron: parte de las construcciones invadían suelo rústico, lo que invalidó las licencias otorgadas. Ese contraste entre la decisión administrativa inicial y la corrección posterior por la vía judicial es la raíz del conflicto.

En la práctica aparecen interrogantes inmediatos: quién asumirá los costes de demolición, qué partidas presupuestarias del Concello se verán afectadas y si existirá obligación de indemnizar a promotores, proveedores o trabajadores. Según fuentes cercanas al equipo de gobierno, la ejecución forzosa puede suponer desembolsos que el municipio no tiene previstos y que obligarían a reprogramar servicios básicos. Esa posibilidad ha encendido las alarmas entre concejales y técnicos municipales.

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La alcaldesa ha utilizado un tono severo para describir la situación, apuntando a la necesidad de ayudas externas y reclamando responsabilidad política por decisiones pasadas. No ha dado nombres concretos más allá de atribuir la firma de las licencias a etapas administrativas anteriores, pero su advertencia pública busca además presionar a otras administraciones para que actúen con rapidez y eviten que la deuda termine asfixiando al Concello.

La ejecución del derribo también plantea un problema técnico de planificación: restituir el terreno a su estado anterior y controlar el impacto ambiental y paisajístico en una franja costera sensible. Los costes no se limitan a la retirada de estructuras; incluyen descontaminación, restauración del entorno y posibles medidas de compensación por afección al litoral.

Un proyecto subvencionado que marcó la agenda local

El episodio no puede entenderse sin remontarse al contexto de finales del siglo XX en Galicia. Aquel periodo se caracterizó por un impulso a infraestructuras turísticas para dinamizar comarcas con problemas de despoblación y estacionalidad. El complejo recibió en 1999 ayudas por un montante de 3,9 millones de euros, una cifra relevante para una inversión privada en un municipio pequeño como Oia y que justificó grandes expectativas de empleo y actividad fuera de temporada.

Con el paso de los años, sin embargo, el proyecto se convirtió en emblema de una gestión compleja: promesas de prosperidad, litigios por ordenación del suelo y una sensación creciente de que las garantías jurídicas no fueron las adecuadas. Para muchos vecinos, la inversión pública quedó amortiguada por las dudas legales; para el sector empresarial local, la incertidumbre se tradujo en dificultades para planificar y para atraer clientes de forma sostenida.

La historia del Talaso también evidencia una lección sobre controles administrativos. En un territorio como las Rías Baixas, donde la protección del litoral y la competencia por proyectos turísticos conviven con interés por la recuperación económica, la falta de previsión técnica y legal puede convertir una inversión estratégica en un pasivo. A falta de alternativas, la discusión ahora se centra en cómo repartir responsabilidades entre promotora, Concello y administraciones autonómicas y estatales.

Consecuencias para el Ayuntamiento y pasos a seguir

Si los costes de demolición y de restauración recaen en las arcas municipales, las consecuencias serán palpables: recortes en inversiones, aumento de la deuda y dificultad para mantener servicios esenciales. Un ayuntamiento con escasa base fiscal como el de Oia no tiene margen de maniobra, especialmente si se suman reclamaciones de terceros y posibles responsabilidades patrimoniales. La alcaldesa ha planteado ya la petición de auxilio financiero a la Xunta y al Gobierno central; será clave saber si esas instituciones consideran la situación como una excepción justificable de apoyo extraordinario.

Entre las alternativas sobre la mesa figuran recursos judiciales contra la ejecución, reclamaciones patrimoniales a cargos responsables de la concesión de licencias en su momento y negociaciones con la promotora para fraccionar los costes o buscar soluciones compensatorias que eviten la demolición total. Ninguna opción es rápida y todas conllevan coste político. En escenarios parecidos, la práctica ha sido combinar recurso y pactos, pero eso no borra la factura económica ni el desgaste social.

Más allá de lo inmediato, el caso abre un debate más amplio sobre gobernanza y planificación en Galicia: cómo compatibilizar incentivos al desarrollo turístico con salvaguardas jurídicas y ambienta­les robustas; cómo exigir garantías cuando se dan ayudas públicas; y cómo evitar que decisiones del pasado lastren a generaciones posteriores. Para Oia, la demolición del Talaso es, en el fondo, la factura que pasa la historia reciente. Los próximos meses dirán si la respuesta política preserva el tejido social y económico o si, por el contrario, el municipio paga un precio muy alto.

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Sofía Martínez

Periodista gallega especializada en información local y política. Licenciada en Periodismo por la USC. Redactora jefe de Galicia Universal.

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