Viernes por la mañana en cualquier instituto de Galicia. Decenas de adolescentes esperan nerviosos frente a las puertas del aula donde, en apenas unas horas, se juegan gran parte de su futuro académico. La selectividad, esa prueba que durante décadas ha marcado un antes y un después en la vida de los estudiantes gallegos, sigue generando una presión difícil de explicar. Quien no la ha vivido, quizá no lo entienda del todo. Pero basta con mirar las caras de quienes se examinan cada mes de junio en las facultades de Santiago, Vigo o A Coruña para captar la dimensión del momento.
Sin embargo, hay historias que demuestran que ese examen no lo define todo. Que no entrar en la carrera deseada no es un punto final, sino, a veces, el comienzo de un camino inesperado. La trayectoria de una persona que, tras no lograr plaza en la titulación que había soñado, acabó cursando dos grados universitarios, tres másters y un doctorado es un ejemplo de que el fracaso aparente puede transformarse en una hoja de ruta distinta, pero igual de válida.
El día en que todo parecía torcerse
Corría el mes de julio cuando las listas de admitidos se publicaron en los tablones digitales de las universidades gallegas. Para esta persona, el resultado no fue el esperado. La nota de corte se había disparado, la competencia era feroz y su nombre no aparecía entre los seleccionados para la carrera que había marcado como primera opción desde cuarto de la ESO. En muchas casas de Galicia, esa escena se repite cada año: llamadas de teléfono que no se contestan, conversaciones tensas en la cena y la sensación de que el mundo se viene abajo.
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Conoce más →Demasiado peso para un solo examen. Nadie discute que la selectividad es una herramienta necesaria para ordenar el acceso a la universidad, pero a nadie se le escapa que la presión que genera puede resultar paralizante. En los institutos de la comunidad, los últimos cursos de Bachillerato se viven con una intensidad creciente, y las academias privadas que preparan la ABAU (la denominación oficial de la selectividad en Galicia) han visto aumentar su negocio año tras año. Familias enteras se implican en el proceso como si de una competición se tratase.
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Ver servidores VPS →Lo cierto es que, para aquel joven al que le dijeron que no había plaza, aquel verano fue largo y complicado. Hubo dudas, muchas. También algún que otro planteamiento de abandonar los estudios. Pero también apareció la posibilidad de explorar caminos que hasta entonces no había considerado seriamente.
De la decepción a la reinvención
El primer paso fue aceptar que el plan inicial no funcionaba. Y entonces llegó la decisión: matricularse en un grado diferente, no porque fuera la opción soñada, sino porque abría puertas que el otro quizá no hubiera ofrecido. Conviene recordar que en el sistema universitario gallego, con campus en A Coruña, Santiago, Vigo, Pontevedra, Lugo y Ourense, la oferta de titulaciones es amplia y, a veces, lo que parece una segunda opción acaba convirtiéndose en una vocación real.
Fue así como empezó todo. El primer grado lo cursó con una dedicación que sorprendió a quienes conocían su historia inicial. No contento con eso, al terminar decidió continuar con un segundo grado, en una disciplina complementaria que le permitía tener una visión más completa de su campo de interés. La cifra habla por sí sola: dos carreras universitarias completas, algo que requiere una constancia y una capacidad de trabajo fuera de lo común, especialmente cuando se compatibilizan con la necesidad de trabajar para costear los estudios.
Los másters llegaron después. Tres programas de posgrado que, lejos de ser un mero acumulación de títulos, respondían a intereses específicos y a la voluntad de especializarse en áreas concretas. «Cada máster fue una puerta que se abría», explican fuentes cercanas a esta persona, que destacan la importancia de haber encontrado mentores que supieron guiar su curiosidad intelectual.
Un doctorado como culminación
La culminación de este recorrido atípico llegó con la tesis doctoral. Cuatro años de investigación, trabajo de campo, lecturas interminables y la redacción de un documento que, en muchos casos, se convierte en una auténtica obsesión para quienes se embarcan en él. El doctorado, que en Galicia sigue siendo un camino lleno de incertidumbre laboral y precariedad para muchos investigadores jóvenes, se convirtió para esta persona en la oportunidad de demostrar que el camino recorrido no había sido en vano.
Ahí está la clave. Quienes conocen esta historia señalan que el éxito no radica tanto en la acumulación de títulos como en la capacidad de convertir un contratiempo inicial en un motor. No parece casualidad que alguien que empezó su andadura universitaria con un portazo acabase desarrollando una trayectoria académica que, en términos de formación, supera con creces la media de lo que suele esperarse de un recién llegado a la universidad.
Basta con mirar las estadísticas de abandono universitario en Galicia para entender que no todos los estudiantes logran reconducir su rumbo cuando las cosas no salen como esperaban. Los datos del último curso disponible indican que alrededor del 20% de los alumnos que inician un grado no lo finalizan. Las causas son múltiples: desde la falta de motivación hasta problemas económicos, pasando por la dificultad de compaginar estudios y trabajo. En ese contexto, historias como esta adquieren un valor especial, porque demuestran que es posible remar contracorriente.
Lecciones para un sistema saturado de expectativas
Quizá lo más interesante de esta historia no sea el relato individual, sino lo que dice sobre el sistema educativo y las expectativas que generamos en los jóvenes. En los institutos de Galicia, desde las Rías Baixas hasta la Mariña lucense, los orientadores se enfrentan cada curso a alumnos que creen que su futuro depende exclusivamente de una nota de corte. Una visión reduccionista que, como demuestra este caso, no se ajusta a la realidad.
El mercado laboral, por otra parte, ha cambiado. Las empresas ya no buscan tanto perfiles lineales como profesionales capaces de adaptarse, de aprender cosas nuevas y de moverse entre disciplinas diferentes. Dos grados, tres másters y un doctorado pueden parecer una exageración, pero también son la manifestación de una mentalidad que no se conforma con lo establecido, que busca ir más allá.
Fuentes del ámbito universitario gallego reconocen que cada vez es más frecuente encontrar estudiantes que, tras un primer tropiezo, se reinventan y acaban construyendo carreras académicas brillantes. La Universidade de Santiago, la de Vigo y la da Coruña tienen programas de apoyo y orientación para quienes no logran entrar en la carrera deseada, aunque desde los centros se admite que todavía queda camino por recorrer en la gestión emocional del fracaso académico.
El futuro no se juega en un examen
La persona que protagoniza esta historia ha logrado, con su trayectoria, desmontar el mito de que la selectividad marca irrevocablemente el destino. Lo ha hecho con hechos, no con palabras. Dos grados, tres másters y un doctorado después, aquel adolescente que un julio vio cómo se cerraba una puerta ha construido un perfil académico y profesional que probablemente no habría alcanzado si las cosas hubieran salido según lo previsto.
Queda, no obstante, una reflexión que trasciende lo individual: ¿estamos preparando a nuestros jóvenes para gestionar la frustración? ¿Les estamos transmitiendo que existen múltiples caminos hacia una vida plena y productiva? En las aulas gallegas, donde cada curso miles de estudiantes se enfrentan a la ABAU, estas preguntas deberían ocupar un lugar central en el debate educativo. Porque si algo demuestra esta historia es que la vida académica no se acaba en selectividad. A veces, ni siquiera empieza ahí.
El desafío, como sociedad, sigue siendo el mismo: educar en la resiliencia, en la capacidad de leer los reveses como oportunidades disfrazadas. Y en eso, Galicia tiene aún tarea pendiente. Demasiado tiempo hemos medido el talento con la vara estrecha de una nota de corte. Quizá haya llegado el momento de mirar más allá, de entender que el éxito se construye de muchas maneras y que, como en esta historia, a veces el «no» inicial es el empujón que faltaba para llegar mucho más lejos de lo imaginado. El lector juzgará si estamos a la altura de ese reto.
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