La calma de un día festivo se rompió en pedazos en cuestión de segundos. Una gallega afincada en Venezuela, con toda su familia al otro lado del Atlántico, en Ourense, vivió la madrugada más larga de su vida cuando un doble sismo sacudió el país caribeño sin apenas dejar tiempo para reaccionar. Su vivienda de planta baja se convirtió, casi sin quererlo, en el refugio improvisado de decenas de amigos que veían cómo sus edificios se convertían en una trampa mortal.
Diez segundos que lo cambiaron todo
Conviene recordar que Venezuela vive pendiente de la cuerda floja sísmica. El país caribeño se asienta sobre una zona de alta actividad geológica donde las placas tectónicas no dan tregua. Quien ha pisado Caracas o cualquier ciudad del interior sabe que los edificios tiemblan con cierta frecuencia. Pero lo que ocurrió aquel miércoles no entraba en los cálculos de nadie.
Era jornada festiva. Las calles presentaban esa parsimonia propia del descanso, con comercios cerrados y un calor que invitaba a la siesta. La ourensana, hija de la emigración gallega, pasaba la tarde en casa cuando su teléfono móvil emitió una alerta. Un aviso preventivo. Un sismo fuerte estaba en camino. No es menor el dato: las aplicaciones de alerta temprana funcionaron. El problema es que entre el bolsillo y la puerta de salida apenas hay margen.
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Conoce más →«No pasaron ni diez segundos y ya empezamos a sentir cómo la tierra se estremecía». La frase, que circula entre quienes tuvieron contacto directo con los afectados, resume a la perfección la angustia de esa noche. Diez segundos. Tiempo justo para levantarse del sofá. Insuficiente para correr escaleras abajo si vives en un sexto piso.
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Buscar dominio →La planta baja como salvavidas
A nadie se le escapa que, en muchos países latinoamericanos, la construcción vertical creció sin demasiados miramientos estructurales. Edificios de quince plantas levantados a toda prisa, con materiales que en ocasiones dejaban mucho que desear y sin revisiones periódicas. La gallega reside en una vivienda de planta baja. Ese detalle, que podría parecer menor, resultó ser la diferencia entre el pánico controlado y la pesadilla absoluta.
Sus amigos lo sabían. Cuando el segundo sismo golpeó, ya sin alerta previa que sirviera de amortiguación psicológica, los teléfonos dejaron de ser una herramienta de ocio para convertirse en el único nudo que ataba a personas aterrorizadas con sus seres queridos. Llamadas perdidas. Mensajes sin entregar. Ese silencio digital que tanto aterra a quienes esperan noticias al otro lado.
Difícil imaginar la escena. Llegaban vecinos, amigos y conocidos buscando refugio en una casa que no estaba pensada para acoger a tanta gente pero que, por su ubicación a ras de suelo, ofrecía algo que los pisos altos no podían garantizar: la posibilidad de salir corriendo. Plantas que se venían abajo. Escaleras que crujían como si fuesen de cartón. El relato de los que llegaban era cada vez más estremecedor.
El peso de la distancia
No parece casualidad que las peores horas fueran las de la madrugada. Cuando la oscuridad se impone y los temblores secundarios continúan, la imaginación se desboca. Quien tiene familia en Galicia conoce bien esa mezcla de alivio y culpa. Alivio porque aquí, en Ourense, en la tranquilidad de una provincia que no sabe de terremotos, los suyos están a salvo. Culpa porque uno sigue allí, en el epicentro de todo, sin poder abrazarlos.
Basta con mirar el mapa de la emigración gallega para entender la magnitud emocional del suceso. Miles de ourensanos, pontevedreses, lucenses y coruñeses tienen raíces repartidas por toda Venezuela. Muchos marcharon en los años del boom petrolero. Otros nacieron allí, hijos y nietos de quienes cruzaron el charco buscando futuro. La comunidad gallega en territorio venezolano es enorme, tejida con lazos familiares que el tiempo no ha debilitado.
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