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La ciudad termal que dejó morir sus baños: crónica de un abandono

La ciudad termal que dejó morir sus baños: crónica de un abandono

Hay ironías que duelen. Ourense, que ha convertido el agua caliente en seña de identidad y en argumento para atraer visitantes, ha visto esta semana cómo las llamas castigaban su Casa de Baños, uno de los espacios que mejor encarnaban aquella tradición balnearia. Reducir el suceso a un incendio sería, sin embargo, un error de diagnóstico: el fuego no ha matado ese edificio. Solo ha puesto la firma final en un expediente que la desatención llevaba años tramitando.

El agua que hizo la ciudad

Pocas ciudades gallegas deben tanto a un recurso natural como Ourense a sus manantiales calientes. Conocidos desde la antigüedad y celebrados en las Burgas, esos afloramientos convirtieron la ciudad en destino de quienes viajaban expresamente para someterse a curas hídricas. Durante décadas, la vida local giró alrededor de esa cultura del agua medicinal, con hospedajes, establecimientos y todo un vocabulario propio ligado al visitante que llegaba buscando alivio.

La Casa de Baños era la materialización en piedra de esa historia. Junto al río, tras una fachada firmada por el arquitecto Daniel Vázquez Gulías, se desplegaba un conjunto de tres edificios encadenados que sumaba 1.800 metros cuadrados. Dentro cabía casi un mundo: la vivienda de quienes regentaron el negocio, un hospedaje para los forasteros que acudían a los manantiales, lavaderos surtidos directamente del cauce termal y, como corazón del complejo, la zona destinada a los baños curativos.

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Ningún otro establecimiento del mismo tipo continuó abierto en la ciudad después: fueron los últimos. Al detenerse aquella actividad, el edificio no perdió solo una función; perdió su razón de ser. Y lo que no se usa, en patrimonio, tiende a degradarse con una rapidez desconcertante.

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Cuando lo público deja de proteger

El inmueble pasó a manos municipales en 2016. Desde entonces acumuló años de inactividad, cierres, ocupaciones irregulares y deterioro progresivo. La secuencia es conocida y apenas necesita adjetivos: un edificio vacío, sin uso ni vigilancia, se convierte primero en refugio, después en ruina incipiente y, con el tiempo, en candidato a cualquier desgracia.

Aquí está la verdadera cuestión de fondo. La titularidad pública suele presentarse como garantía de protección: si el patrimonio es de todos, nadie puede especular con él ni derribarlo a discreción. Pero la experiencia demuestra que adquirir sin plan, sin presupuesto de mantenimiento y sin uso asignado equivale, en la práctica, a una forma lenta de demolición. No hizo falta tirar el edificio: bastó con no hacer nada durante el tiempo suficiente.

Lo que ya solo existe en fotografía

De aquel esplendor queda, afortunadamente, un registro. Reportajes gráficos del interior realizados en 2013 muestran estancias con suelos de baldosas decoradas y bañeras de mármol todavía plenamente reconocibles. Imágenes que hoy funcionan como inventario póstumo de lo que había y como prueba documental de lo que se dejó perder.

Es un fenómeno curioso y algo triste: cuando un edificio muere, su archivo fotográfico gana estatus. Las imágenes dejan de ser ilustración y pasan a ser testamento. La cámara documenta lo que la gestión no supo conservar, y el público descubre de golpe, entre lamentaciones, un patrimonio que quizá nunca visitó ni reivindicó mientras estaba en pie.

El humo como aviso

El caso invita a preguntas incómodas. ¿Cuántos inmuebles de titularidad pública hay ahora mismo, en esta ciudad y en tantas otras, cerrados a cal y canto, sin vigilancia y sin horizonte de uso? ¿Qué protocolos existen para controlar los edificios vacíos? ¿Se ha elaborado alguna vez un inventario del patrimonio municipal en desuso, con su estado de conservación y su nivel de riesgo? Con independencia de cómo se originó el incendio, el resultado habla de una construcción expuesta durante años a cuanto pudiera sucederle.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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