Las llamas que estos días devoran miles de hectáreas en Guadalajara y Soria han vuelto a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para Galicia. La comunidad que más fuegos sufre en España, con una media de más de 2.000 siniestros al año, observa con preocupación cómo el centro peninsular arde con una virulencia que aquí, por desgracia, conocemos bien. Lo cierto es que el patrón se repite: vientos fuertes, baja humedad y una acumulación de biomasa que actúa como combustible perfecto. Pero, ¿estamos realmente preparados para un escenario de esa magnitud?
Un espejo en el que no queremos mirarnos
El incendio de Guadalajara, que ha obligado a evacuar a más de 1.200 personas, no es un caso aislado. Cabe recordar que en Soria, el fuego ha arrasado ya más de 4.000 hectáreas en menos de una semana. Son cifras que, en Galicia, nos traen una inevitable morriña de tragedias pasadas. El recuerdo del incendio de Oia en 2013, que calcinó 2.600 hectáreas y arrasó el Parque Natural do Baixo Miño, o la oleada de fuegos de 2017 en las Rías Baixas, donde murieron cuatro personas, sigue muy vivo. La diferencia, quizás, esté en la escala. Allí, en el centro, el fuego avanza en continuos forestales enormes. Aquí, nuestra terra, con su mosaico de minifundios y eucaliptales, genera un riesgo distinto pero igual de letal.
Los protocolos de evacuación en Galicia han mejorado desde aquellos días negros. La Xunta activó este año un nuevo plan de emergencias, el Platerga, que actualiza los mapas de riesgo y las rutas de escape. Ahora bien, la pregunta del millón es si esos planes podrían soportar la presión de un gran incendio simultáneo en varias comarcas. La realidad es que, durante la última ola de calor, los medios aéreos del Estado estuvieron desviados a otras comunidades, dejando a Galicia con menos recursos de los previstos. Un 30% menos de efectivos aéreos, según denunció la Unión de Pequeños Agricultores, que ya ha pedido explicaciones.
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Conoce más →La capacidad de extinción bajo la lupa
La situación actual de los medios de extinción gallegos es, cuando menos, contradictoria. Por un lado, la Consellería de Medio Rural ha reforzado este año la campaña con más de 7.000 efectivos entre brigadas, agentes y técnicos. Es una cifra récord. Por otro lado, la temporada de alto riesgo comenzó el 1 de julio, y ya se han registrado más de 500 fuegos en lo que va de año. La clave está en la rapidez. En Guadalajara, el viento cambió de dirección en cuestión de minutos, algo que aquí es moneda corriente. La retranca gallega dice que «nunca choveu que non escampara», pero cuando el fuego corre, no hay tiempo para refranes.
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Ver planes de hosting →“No podemos permitirnos el lujo de que un incendio como el de Guadalajara nos pille con la guardia baja. La prevención y la coordinación con el Estado son vitales para evitar una catástrofe en Galicia.” — Fuentes de la Unidad de Emergencias de la Xunta de Galicia.
El problema de fondo, sin embargo, no es solo operativo. Es estructural. Galicia tiene el 40% de su superficie forestal sin gestión activa. Eso significa millones de toneladas de biomasa acumulada, una bomba de relojería climática. Mientras en Guadalajara el fuego arrasa pinares, aquí el matorral y el eucalipto arden con una intensidad que multiplica la velocidad de propagación. Y la morriña, esa saudade tan nuestra, a veces se convierte en rabia cuando vemos que las políticas de limpieza de montes no acaban de cuajar.
De hecho, la lección que nos deja el centro peninsular es clara: el cambio climático no entiende de fronteras. Los incendios de sexta generación, aquellos que generan su propio clima, ya no son una excepción. Son la nueva normalidad. Y Galicia, con su orografía complicada y su clima atlántico, está en el punto de mira. Preparados o no, la temporada de riesgo alto acaba de empezar. Y el fuego, como siempre, no avisa.
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