Un turista paga cien euros por dormir una noche en un apartamento del casco viejo de Santiago. Un vecino no encuentra alquiler por menos de ochocientos al mes. Esa ecuación, repetida en media docena de ciudades gallegas, está vaciando los centros históricos de quienes les dan vida. El turismo no es el enemigo. El modelo turístico que hemos construido, sí.
Las colas de dos horas para entrar en la catedral de Santiago, los apartamentos turísticos que multiplican los alquileres por tres, las playas de las Catedrales desbordadas a pesar del sistema de reservas, la conversión de Cambads en un escenario del narco-turismo: todo son síntomas de la misma enfermedad. Galicia ha apostado por un modelo turístico de alto volumen y baja regulación que destruye precisamente aquello que lo hace atractivo. Llamamos a los visitantes con la promesa de un paraíso verde y tranquilo, y les entregamos un parque de atracciones saturado donde nadie puede vivir en paz.
El caso del centro histórico de Santiago es el más visible, pero no el único. En Baiona, en Cangas, en Sanxenxo, en Combarro, el patrón se repite. El casco antiguo se llena de apartamentos turísticos y el comercio de barrio desaparece: no hay panadería, no hay farmacia, no hay ferretería. Solo heladerías, tiendas de recuerdos y bares de tapas. Cuando acaba el verano, el centro se convierte en un decorado fantasma. Los vecinos que quedan —cada vez menos— sobreviven en un entorno diseñado para el visitante, no para el residente.
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Conoce más →La solución pasa por poner límites concretos. Primero, un techo real a los apartamentos turísticos en los cascos históricos. No basta con licenciar y cobrar el impuesto turístico; hay que fijar un porcentaje máximo de viviendas dedicadas a uso turístico por manzana o por barrio. Ciudades como Lisboa o Barcelona han empezado a hacerlo con resultados medibles. Galicia sigue sin atreverse.
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Hosting WordPress →Segundo, redirigir la presión. El problema de las Catedrales no se resuelve con más reservas; se resuelve desconcentrando. Galicia tiene miles de kilómetros de costa espectacular que reciben una fracción del turismo. La Xunta debería invertir en promocionar destinos alternativos —las playas de A Mariña oriental, la costa de Muxía, las rías de Ortigueira— con la misma intensidad con que vende el Camino. Repartir visitantes no es restar ingresos; es ampliarlos.
Tercero, proteger el comercio local. Los alquileres comerciales en zonas turísticas deben tener límites de subida o incentivos fiscales para negocios que sirvan al barrio. Una calle sin panadería no es un casco histórico; es un museo. Y los museos, por definición, no tienen vecinos.
Cuarto, regular la oferta de experiencias. La prohibición de la ‘ruta del narco’ en Cambados es un acierto tardío. Pero no basta con prohibir lo grosero; hay que promover lo valioso. La cultura del vino, la arquitectura tradicional, la gastronomía auténtica, la literatura, la música: hay mil formas de contar Galicia que no requieren convertir el dolor en espectáculo.
El turismo generó en Galicia más de 5.000 millones de euros el año pasado. Es un sector estratégico, y nadie propone ahuyentar visitantes. Pero un modelo que destruye sus propios recursos —el casco histórico, la costa, la identidad— es un modelo que se devora a sí mismo. Las ciudades vivas no son decorados para Instagram. Son lugares donde la gente duerme, compra pan, cría hijos y envejece. Si el turismo impide eso, el turismo ha fracasado.
Galicia no necesita menos turistas. Necesita un modelo que permita seguir siendo Galicia cuando los turistas se van.
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