El rural se pone de moda, también en Galicia
Que los pueblos vuelvan a estar en el radar de los compradores de vivienda ya no es una anécdota: es una tendencia consolidada. Informes recientes del portal inmobiliario Idealista apuntan a que el interior de Cantabria registra subidas de precios superiores a las de la costa, un fenómeno que hasta hace poco habría sonado a ciencia ficción. Lo cierto es que ese mismo patrón se repite, y con matices propios, en la Galicia más profunda.
De hecho, quien haya intentado comprar una casa en zonas como el interior de Ourense, las comarcas lucenses del Camino o el rural de Pontevedra sabe que la cosa cambió. Anuncios que antes duraban meses en el portal ahora se resuelven en semanas. Y no siempre son vecinos del lugar los que llaman al teléfono del cartel de «véndese».
Precios que todavía dan margen
La clave, como casi siempre, está en el bolsillo. Mientras en A Coruña o Vigo el metro cuadrado de segunda mano roza o supera los 1.800 euros, en muchas aldeas del interior gallego se pueden encontrar casas para rehabilitar por menos de 40.000 euros, una cantidad que en la ciudad no alcanza ni para el enganche de un piso. Esa distancia, tres o cuatro veces mayor que la media nacional entre capital y rural, explica buena parte del tirón.
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Conoce más →«Antes vendíamos a gente del pueblo que volvía. Ahora compran madrileños, alemanes y, sobre todo, portugueses que cruzan la raia», cuenta un agente inmobiliario de la comarca de Verín.
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Ahora bien, conviene no echar las campanas al vuelo. Parte de la demanda responde a compradores urbanos que buscan segunda residencia tras el teletrabajo, y otra parte a extranjeros atraídos por el precio y el paisaje. En ambos casos, el efecto sobre los mercados locales es doble: reactiva concellos que llevaban décadas perdiendo población, pero también empieza a tensar los precios en zonas donde el salario medio no acompaña.
Oportunidad con letra pequeña
Cabe recordar que el fenómeno tiene una cara menos amable. Galicia acumula decenas de miles de viviendas vacías, pero buena parte necesita reformas profundas que facilmente duplican el precio de compra. Comprar barato en el rural es posible; hacerlo bien, con financiación, obra y papeleo de habitabilidad, es otra historia. Los municipios lo saben y algunos ya tramitan ayudas a la rehabilitación para que el nuevo vecino no abandone a los dos inviernos.
Los alcaldes consultados en su día por este periódico coinciden en algo: el reto no es solo vender casas, sino generar condiciones para que la gente viva durante todo el año. Sin escuela abierta, sin consultorio con médico estable y sin conexión decente a internet, la morriña manda y la casa vuelve a quedarse vacía. La retranca gallega resumiría así la situación: nos alegramos de que vengan, pero esperemos que se queden.
De momento, los datos apuntan a que la moda del rural gallego no es un espejismo pasajero. El stock acumulado de vivienda en la terra da suficiente margen para que la demanda crezca sin desbordes, siempre que la rehabilitación y los servicios acompañen. El interior gallego, que tantas veces miró la causa de su despoblación con resignación, tiene ahora una oportunidad que pocas generaciones vieron. Aprovecharla exige mirar más allá del cartel de «se vende».
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