Galicia encabeza las listas estatales en fracturas de cadera y no es para menos. Con una población que envejece a un ritmo imparable —casi un 30 % de los gallegos supera los 65 años, una cifra que dobla la media europea—, los servicios de traumatología de la comunidad trabajan contrarreloj. La última memoria del Sergas apunta a más de 4.500 intervenciones por esta causa en el último año, una cifra que crece un 3 % anual y que convierte a esta lesión en la epidemia silenciosa de nuestra terra.
El problema no es solo médico, es también social y económico. Cada fractura de cadera en un paciente mayor supone una estancia hospitalaria media de 12 días, un coste que ronda los 15.000 euros por paciente y, lo más duro, una pérdida de autonomía que en uno de cada cuatro casos deriva en dependencia permanente. Lo cierto es que detrás de estos números hay familias enteras que reorganizan su vida, cuidadores que se multiplican y una sanidad pública que resiste como puede.
Por qué Galicia es especialmente vulnerable
La explicación a estas cifras tan elevadas tiene varias capas. Por un lado, la estructura demográfica: somos la comunidad más envejecida del Estado, con municipios como Ourense o Lugo donde la edad media supera los 50 años. Pero hay más. La osteoporosis, ese ladrón silencioso de masa ósea, afecta a cerca del 40 % de las mujeres gallegas mayores de 70 años, una prevalencia que se dispara por la falta de vitamina D —sí, a pesar de nuestro clima— y por unos hábitos alimentarios que, con perdón, siguen pecando de exceso de sal y escasez de lácteos.
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Conoce más →Ahora bien, no todo es demografía. Los traumatólogos consultados por este diario señalan otro factor: el retraso en la atención. En Galicia, el tiempo medio desde la caída hasta el quirófano ronda las 48 horas, cuando las guías clínicas recomiendan operar antes de 24. Ese día de diferencia, explican, puede marcar la evolución del paciente, su capacidad para volver a caminar y, en última instancia, su esperanza de vida. No es un detalle menor: la mortalidad al año de la fractura alcanza el 20 %, una cifra que duele leer pero que conviene conocer.
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Buscar dominio →Prevención: lo que funciona en los hogares gallegos
Frente a este panorama, los especialistas insisten en que la prevención es la gran asignatura pendiente. Y aquí hay buenas noticias, porque muchas de las medidas son sencillas y baratas. La primera, y quizá la más efectiva, es el ejercicio de carga: andar a paso ligero, subir escaleras o bailar una muiñeira —que nadie subestime el poder de la tradición— ayudan a fortalecer el hueso mucho más que cualquier pastilla. Los estudios locales así lo confirman: los mayores que mantienen actividad física regular reducen su riesgo de fractura hasta en un 40 %.
La segunda gran herramienta es el hogar. Más de la mitad de las caídas ocurren en casa, y las alfombras sueltas, los cables o la falta de barras en el baño son los enemigos invisibles. Las campañas del Sergas han puesto el foco en estos detalles, y algunos concellos como Vigo o A Coruña ya ofrecen subvenciones de hasta 300 euros para adaptar viviendas de personas mayores. Una inversión pequeña si se compara con el coste de una intervención, por mucho que la burocracia a veces juegue en contra.
“La fractura de cadera no es un accidente, es la consecuencia de un proceso que se puede frenar. Nuestro objetivo es que el paciente llegue a la caída en las mejores condiciones posibles, y eso se consigue con ejercicio, dieta y un entorno seguro”, explica la jefa de Traumatología de un hospital público gallego.
Queda, por supuesto, la responsabilidad individual y colectiva. Los expertos recomiendan revisiones periódicas de densidad ósea a partir de los 65 años, especialmente en mujeres con antecedentes familiares. Y también conviene recordar que la vitamina D, tan escasa en nuestros cielos grises, se puede suplementar con un sencillo análisis de sangre y una receta que apenas cuesta unos euros al mes.
Galicia tiene un reto demográfico que no va a desaparecer, y las fracturas de cadera son su manifestación más cruda. Pero entre la investigación, la prevención y una sanidad que, con sus limitaciones, sigue dando la cara, hay motivos para la esperanza. La clave está en no esperar a la caída para actuar. Porque en esto, como en tantas cosas, más vale prevenir que lamentar. Y en nuestra terra, bien que lo sabemos.
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