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Galicia en la encrucijada: entre la tierra que envejece y el mar que promete

Galicia en la encrucijada: entre la tierra que envejece y el mar que promete

Galicia en la encrucijada: entre la tierra que envejece y el mar que promete

La semana que comienza deja entrever, una vez más, las tensiones de fondo que definen la Galicia contemporánea. Más allá del calendario de efemérides y del breve respiro del verano que se apaga, persisten tres cuestiones estructurales que ningún ciclo estival disuelve: el pulso entre el medio rural vaciado y la costa congestionada, la transformación del paisaje energético, y la salud de una lengua que sigue siendo termómetro de nuestra identidad colectiva. Conviene detenerse en ellas sin prisa, porque son procesos lentos que se juegan ahora, en decisiones que apenas ocupan titulares.

El rural como paisaje y la costa como destino

El interior gallego continúa su lenta mutación de territorio vivido a territorio contemplado. Las aldeas del courel, de A Limia o de gran parte de Ourense profundo no se vacían de golpe: se van apagando, casa a casa, finca a finca, hasta que el monte se traga los caminos y la memoria de los topónimos queda en manos de los pocos que quedan o de los que volvieron por el verano. Este proceso, que no es nuevo, ha adquirido una cualidad cualitativamente distinta: ya no hablamos de emigración hacia fuera —a América, a Alemania, a Madrid— sino de una emigración interior definitiva, el traslado sin vuelta atrás desde las comarcas hacia los ejes atlánticos.

Mientras tanto, la costa gallega sufre el problema inverso. A Coruña, Vigo, Pontevedra, las Rías Baixas en agosto: la presión estacional revela un modelo territorial desequilibrado. El turismo, convertido en tabla de salvación económica para muchos municipios litorales, arrastra consigo tensiones que Galicia está empezando a conocer con nombres importados: masificación, encarecimiento de la vivienda, sustitución de residencia habitual por alquiler vacacional. La pregunta que el análisis honesto debe plantear es incómoda: ¿estamos sustituyendo un desequilibrio demográfico por otro económico? El riesgo es que la Galicia interior se convierta en un museo al aire libre sin habitantes y la Galicia costera en un territorio hostil a quienes sostienen su vida cotidiana todo el año.

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Opino que esta dicotomía está mal planteada en el debate público. No se trata de elegir entre costa y rural, sino de entender que el despoblamiento del interior condiciona directamente el futuro de la costa: el monte abandonado que arde en verano, los servicios sanitarios saturados en los núcleos urbanos por población envejecida que llegó desde el campo, la presión sobre infraestructuras concebidas para otra Galicia.

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Energía e incendios: la lección que nunca acaba de aprenderse

Concluido el verano, vuelve a plantearse la sempiterna discusión sobre los incendios forestales. Cada campaña estival reincide en el mismo patrón: alerta preventiva, esfuerzo heroico de los brigadistas, ocasionales focos intencionales, y después, cuando llueve, el olvido. Y sin embargo, la lección de fondo sigue sin asimilarse: el problema del fuego en Galicia no es estacional, es estructural. Es la consecuencia directa del abandono del monte, de la desaparición del cultivo tradicional, del envejecimiento de los propietarios forestales y de la fragmentación de la propiedad que hace casi imposible cualquier gestión coherente del territorio.

En paralelo, la apuesta por las energías renovables —parques eólicos, fotovoltaica, y la siempre polémica cuestión del hidrógeno verde y las plantas de regasificación en la ría de Ferrol— ha abierto un debate sobre el modelo territorial que Galicia aún no ha resuelto. Hay una paradoja notable: un territorio que exporta energía y que, sin embargo, ve cómo buena parte de su ciudadanía percibe esas instalaciones como imposiciones desde fuera. La eólica en Galicia tiene una historia larga y una conflictividad no resuelta, particularmente en comarcas donde los aerogeneradores se alzan sobre montes comunitarios cuya gestión suscita desconfianzas históricas hacia las eléctricas.

Mi opinión es que Galicia tiene derecho a reclamar que la transición energética se haga con ella y no sobre ella. No en clave de veto, sino de reparto justo de beneficios: empleo cualificado local, restauración de espacios degradados, participación real de las comunidades de montes en los proyectos. Si la transición ecológica reproduce el viejo esquema de una Galicia recurso —como lo fue con la minería del wolframio o con las mussel cancelladas de otros tiempos—, habrá fallado no solo éticamente sino políticamente, alimentando un resentimiento territorial que la derecha y la izquierda han explotado por igual con resultados mediocres.

El gallego: lengua viva, debate estéril

El otoño que se avecina suele traer consigo la reedición del debate lingüístico, y conviene adelantarse a él con un mínimo de lucidez. La salud del gallego presenta un cuadro paradójico que ningún reduccionismo simplista captura: una lengua institucionalmente presente —educación, administración, medios— pero socialmente débil en la transmisión familiar y en los usos urbanos. El gallego goza de respeto simbólico creciente y de vitalidad cultural notable —la literatura, la música, un audiovisual con prestigio creciente—, pero retrocede en el dato que realmente importa: los niños que lo aprenden en casa.

El análisis que me parece honesto es el siguiente: ni el catastrofismo ni la complacencia ayudan. El catastrofismo, porque ignora los espacios de vitalidad real —la gallegofonía urbana juvenil en ciertos contextos, la normalización cultural—, y porque alimenta una identidad defensiva que hunde a la lengua en el folclore. La complacencia, porque se apoya en la presencia institucional como si el gallego fuera inglés, algo que la gente hablará porque lo estudia, cuando toda la experiencia comparada demuestra que las lenguas sobreviven por uso cotidiano y por prestigio social, no por decretos.

Sostengo que la clave está en despolitizar el gallego, empresa difícil en un contexto de polarización creciente donde la lengua se ha convertido en trinchera identitaria de ambos bandos. El gallego no debería ser de izquierdas ni de derechas, ni de Interior ni de la costa: debería ser, simplemente, gallego. La experiencia de otras lenguas europeas sugiere que la recuperación se produce cuando hablar la lengua deja de ser una declaración política y vuelve a ser un acto natural, útil y atractivo. Esa normalización exige paciencia generacional, políticas de fomento inteligentes —no solo coercitivas— y, sobre todo, que los propios hablantes dejen de disculparse por hablarlo.

Un otoño para la serenidad estratégica

Galicia afronta el otoño con sus debilidades estructurales intactas pero también con recursos que muchos territorios europeos envidiarían: un paisaje y una cultura potentes, una diáspora que sigue siendo puente, una industria alimentaria y naval con proyección, unos montes comunitarios que son un modelo de propiedad colectiva casi único en Europa. El problema no es la falta de activos sino la falta de un proyecto coherente que los articule.

La semana que comienza, como tantas otras, no traerá probablemente grandes titulares sobre estas cuestiones. Pero es precisamente en la acumulación silenciosa de decisiones pequeñas —una orden de caza, una concesión eólica, un plan de acometidas de agua, un convenio lingüístico— donde se decide el país. Galicia merece un debate público a la altura de sus problemas: menos gestualidad identitaria y más estrategia de fondo. El territorio no espera, y el monte, paciente y emblemático, reclama atención antes de que el próximo verano vuelva a recordárnoslo de la peor manera.

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Carmen Dorado

Periodista especializada en cultura y sociedad gallega. Colaboradora habitual en medios digitales del noroeste peninsular.

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