Portomarín está de luto. La muerte de Roberto Rodríguez, guitarrista y fundador de la banda Los Jorobados del Miño, ha dejado un vacío difícil de llenar en la comarca de Lugo. No era solo un músico. Era un hombre polifacético, con una trayectoria que abarcaba la política municipal, el volante de un autobús y el sueño de recorrer el mundo en autocaravana. Su temprano adiós, tras una larga enfermedad, ha consternado a quienes lo conocieron.
Hijo del histórico alcalde Eloy Rodríguez, que gobernó la localidad durante treinta años, Roberto llevaba el peso de un apellido conocido en la villa. Pero él forjó su propio camino. Lo hizo con las cuerdas de una guitarra eléctrica, con el humor como escudo y con una vitalidad que, pese a los reveses, nunca se apagó del todo.
El rock como refugio y bandera
Roberto Rodríguez era, ante todo, un apasionado de la música. De esa pasión nació Los Jorobados del Miño, una banda de rock que él mismo fundó junto a un grupo de amigos. El proyecto le permitió subirse a decenas de escenarios y festivales, sobre todo en la provincia de Lugo. No era un grupo cualquiera: era la banda sonora de una generación en Portomarín, la que creció entre acordes y letras que hablaban de la tierra y de la vida.
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Conoce más →La música fue su válvula de escape, también en los momentos difíciles. Retirado desde hacía años a consecuencia de un accidente, Roberto encontró en las canciones una forma de seguir conectado con el mundo. Quienes lo trataron destacan su sentido del humor y su capacidad para no rendirse. La cifra habla por sí sola: décadas dedicadas a un sueño colectivo.
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Ver planes de hosting →De la política local a la carretera
Pero Roberto no vivía solo del rock. También probó suerte en la política municipal, un ámbito que conocía bien por su padre. Se incorporó primero a una candidatura independiente y, más tarde, dio el salto a las filas del Partido Popular. Bajo esas siglas fue concejal durante cuatro años, siempre en la oposición. No era un político al uso: prefería la cercanía del trato directo a los discursos de salón.
En 2023 dio un nuevo paso. Encabezó la lista de una formación independiente que se presentó bajo el paraguas de Interior Galego Vivo. No logró representación, pero demostró que seguía creyendo en la posibilidad de cambiar las cosas desde lo local. A nadie se le escapa que la política en un pueblo pequeño tiene algo de vocación y mucho de servicio.
Más allá de los escenarios y los plenos, Roberto trabajó durante años como patrón de una embarcación y como conductor de autobuses en la empresa familiar. Dos oficios que hablan de su carácter: moverse, llevar a otros, estar en la carretera. De hecho, uno de sus grandes sueños era recorrer el mundo a bordo de su autocaravana. No pudo cumplirlo del todo, pero quienes lo conocieron saben que nunca dejó de mirar al horizonte.
Una pérdida que duele en la comarca
La noticia de su fallecimiento ha corrido como la pólvora por Portomarín y los pueblos del entorno. Las redes sociales se han llenado de mensajes de despedida, de anécdotas compartidas, de fotos de aquellos conciertos en los que Los Jorobados del Miño hacían vibrar al público. El mundo musical de la provincia de Lugo ha perdido a uno de los suyos. Y la política local, a un hombre que, pese a no haber alcanzado grandes cuotas de poder, nunca dejó de intentarlo.
Roberto Rodríguez tenía otros hermanos, pero uno de ellos también falleció hace años. Otra sombra en una vida que, pese a los golpes, supo mantener la sonrisa. Su legado no está en los cargos que ocupó ni en los discos que grabó —que no fueron muchos—, sino en la memoria de quienes lo vieron tocar, reír y soñar.
Ahí está la clave. En un tiempo en que todo parece pasar rápido, la muerte de un músico de pueblo, de un concejal sin acta, de un conductor con ganas de carretera, nos recuerda que las vidas no se miden en titulares. Se miden en las huellas que dejan. Y Roberto Rodríguez dejó las suyas.
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