Cuando se habla de seguridad en las fiestas patronales y de barrio, la conversación suele girar alrededor de botellones, excesos de alcohol o altercados entre asistentes. Lo que rara vez entra en el debate es la posibilidad de que un artista sobre el escenario se convierta en objetivo de un ataque. Eso fue, sin embargo, lo que ocurrió este pasado fin de semana en las fiestas de Paradai, en la ciudad de Lugo.
Un instrumento como escudo involuntario
Durante la noche del sábado, mientras las fiestas del barrio vivían una de sus jornadas más concurridas —esa misma jornada en la que un dúo muy popular hizo bailar al público con clásicos como «Sólo se vive una vez»—, alguien desde el público lanzó una piedra hacia el escenario. El destino del impacto no fue el cuerpo del músico, sino su acordeón. El joven artista, conocido como Iker y su Acordeón, actuaba por partida doble aquel día: en la sesión vermú y de nuevo por la noche.
La diferencia entre una toola rota y una lesión facial estuvo, literalmente, en centímetros. Quienes conocen la situación han subrayado que el golpe pudo tener consecuencias mucho más graves de haberse desviado apenas un poco. El presunto agresor, según la información difundida, portaba más piedras en el momento del suceso.
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Ver en Hotels.com → PublicidadIndignación en el sector musical
Las reacciones no se hicieron esperar. Por las redes sociales circula un vídeo que captura el instante exacto en el que el instrumento recibe el golpe, y el malestar entre profesionales de la música y asistentes se ha extendido con rapidez. El mensaje que se repite es claro: la discrepancia artística es legítima, la violencia no. Nadie está obligado a disfrutar de una orquesta o de un cantante concreto, pero ese margen de opinión no convierte a nadie en blanco de una agresión.
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Ver planes de email →Otra artista que habló con el joven tras lo ocurrido ha explicado que este llegó a plantearse si quería continuar tocando aquella noche, una reacción comprensible en quien ve interrumpida violentamente su labor. También una formación musical encabezada por una intérprete apodada «la Barbie asturiana del acordeón» quiso mostrar su apoyo público al acordeonista, al que describió como un chaval muy joven que acudía una vez más a actuar con toda su ilusión, y subrayó que hechos así no pueden tolerarse.
La cara invisible del trabajo del músico
Detrás de este episodio hay una reflexión que va más allá de Paradai. Los artistas que animan verbenas, romerías y fiestas de barrio —muchos de ellos jóvenes que intentan construir una carrera desde abajo— trabajan expuestos, a pie de público, sin barreras físicas entre el escenario y la concurrencia. Esa cercanía es parte del encanto de estas citas, pero también los deja desprotegidos frente a cualquier gesto violento.
¿Qué mecanismos de protección existen realmente para quien actúa en una carpa de barrio? La pregunta queda abierta, y este suceso sugiere que la respuesta, hoy por hoy, es prácticamente ninguna.
Lo sucedido en Lugo debería quedarse en un susto y no en una tragedia. La piedra golpeó un acordeón y no un rostro, pero el mensaje de fondo es inquietante: nadie que suba a un escenario a hacer su trabajo debería tener que jugarse su integridad física. Ojalá que el episodio sirva al menos para que las próximas fiestas se celebren con la música como única protagonista y sin lanzamientos de ningún tipo.
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