Hay pueblos que se sostienen sobre personas. En Navia de Suarna, una de esas personas era Ana Cadenas Pérez, cuya muerte este sábado, a los 68 años, ha dejado a la comarca de Los Ancares lucenses sumida en un duelo que se percibe en cada mención a su nombre. No era una figura pública en el sentido estricto, pero sí una presencia constante, de esas que cuando faltan dejan un vacío difícil de nombrar.
Una vida entre dos orillas
La biografía de Cadenas tiene la forma de muchas trayectorias de la Galicia rural: raíces profundas y una distancia asumida. Nacida en Navia de Suarna, concretamente en la parroquia de San Pedro, creció en A Proba, y con el paso de los años se trasladó a Lugo. La capital se convirtió en su lugar de residencia, pero nunca en su centro de gravedad afectivo. Su mirada siguió orientada hacia el este, hacia las montañas ancaresas que tan a menudo fotografió con una sensibilidad que la convirtió en cronista visual de un territorio.
Ese doble vínculo, el de quien se marcha y el de quien nunca deja de volver, define buena parte de su legado. La cultura de Navia de Suarna no puede explicarse sin su trabajo, y eso que su vida profesional transcurrió lejos del municipio. La distancia geográfica, en su caso, no debilitó el compromiso: lo reafirmó.
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Ver en Hotels.com → PublicidadLa mayor de tres, la madre de tres
La estructura familiar de Ana era simétrica, casi poética: la mayor de tres hermanas, con las que mantuvo una relación muy estrecha, y madre de tres hijos. Un entramado de vínculos que ahora afronta la pérdida más dolorosa, la de una muerte llegada demasiado pronto, sin que la fuente precise las causas.
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Ver planes de hosting →Quienes la conocieron la describen como una mujer de convicciones firmes, de principios inquebrantables, y sobre todo como alguien que estaba en todas partes. Su implicación abarcaba desde las celebraciones tradicionales hasta las reivindicaciones vecinales, pasando por las asociaciones culturales con las que se sentía identificada. También participaba del folclore: tocaba la pandeireta y cantaba, integrándose en las polavilas y en cualquier iniciativa cuya finalidad fuera reunir a los naviegos.
Una plaza que se quedó pequeña
Su último gran impulso como promotora cultural ilustra bien lo que era capaz de mover. Con motivo de una representación de la asociación Un bosque marabilloso, Ana impulsó una actividad que congregó a tanta gente que la plaza de la villa resultó insuficiente para acoger a todos los asistentes. No es un dato menor. En una comarca marcada por el despoblamiento, lograr que una plaza se llene es una forma de resistencia, una apuesta por la vida colectiva frente a la tendencia dominante.
Ese episodio, ocurrido recientemente, condensa lo que fue su manera de entender el territorio: la cultura como herramienta de cohesión, el trabajo silencioso como motor, la comunidad como destinataria última de cualquier esfuerzo. Y también ayuda a entender la dimensión del dolor que su partida ha generado en la localidad.
El vacío de las personas imprescindibles
El fallecimiento de Cadenas se inscribe en una preocupación más amplia que afecta a la Galicia interior: la pérdida de personas que ejercen de aglutinadoras sin cargo ni reconocimiento formal. En los municipios pequeños, el tejido cultural depende a menudo de voluntades individuales que organizan, promueven y sostienen la vida común. Cuando una de esas voluntades desaparece, la pregunta que queda en el aire es quién ocupará su lugar.
En los últimos meses, Navia de Suarna había sido escenario de iniciativas culturales significativas, como un recital poético colectivo en defensa del castillo o el debate sobre la recuperación de la Casa Benedicto como centro de la memoria. Ana formaba parte de ese pulso colectivo por mantener vivo un territorio. Su aportación se integraba en una corriente más amplia de vecinos que se niegan a aceptar la resignación como destino.
La desped
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