Un problema global con acento gallego
El cambio climático lleva años instalado en la conversación pública, pero si algo hemos aprendido en Galicia es que ya no es solo un asunto de titulares internacionales. Basta con mirar al mar, al monte o a los prados para darse cuenta de que la terra está cambiando, y no precisamente para bien. Mientras Naciones Unidas alerta de récords de temperatura y fenómenos extremos, aquí, en la esquina noroeste, vemos cómo las consecuencias del calentamiento global se cuelan en la vida diaria y en la economía de la comunidad.
Ahora bien, no es lo mismo hablar del deshielo del Ártico que de la erosión de la costa de A Mariña o de los incendios en O Courel. Galicia, con más de 1.600 kilómetros de litoral, una de las flotas pesqueras más importantes de Europa y una identidad rural marcada a fuego, sufre en carne propia lo que otros solo pueden imaginar en los telediarios. Preguntar cómo golpea el cambio climático aquí es, en realidad, preguntar cómo se están transformando nuestras tradiciones, nuestros recursos y hasta nuestra morriña.
El mar gallego, entre la incertidumbre y la resistencia
Para el sector pesquero, el cambio climático es una amenaza silenciosa pero persistente. El aumento de la temperatura del mar Atlántico, que en la costa gallega ha subido cerca de 1,5 ºC en las últimas tres décadas, está alterando los calendarios de pesca y desplazando especies clave. La sardina, por ejemplo, cada vez resulta más escurridiza, mientras que especies que antes apenas se veían, como el pez luna o ciertas medusas, son ya viejas conocidas en las rías.
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”, señala un patrón mayor de una cofradía pontevedresa.
Incendios y campo: entre la retranca y la preocupación
Si hay algo que en Galicia se teme casi tanto como el temporal es la llegada de la temporada de incendios. Los veranos son cada vez más secos y calurosos; basta recordar el de 2022, cuando se quemaron más de 50.000 hectáreas, casi el triple del promedio de la última década. El monte gallego, salpicado de eucaliptos y con mucha superficie abandonada, arde con rapidez. Muchos pequeños productores miran al cielo con retranca, esperando la lluvia que cada vez tarda más en llegar.
Lo cierto es que el cambio climático no solo influye en la frecuencia e intensidad de los incendios, sino que también complica el trabajo en el campo. El ciclo de las cosechas se ha desajustado: la vendimia se adelanta, las plagas encuentran clima propicio y hasta la producción de leche, uno de los emblemas gallegos, está en jaque por las olas de calor que afectan a las vacas. Según datos recientes, Galicia ha perdido un 12 % de su superficie agrícola útil en los últimos quince años, un ritmo que triplica la media española.
¿Hay margen para la esperanza?
En medio de este panorama, la resiliencia gallega sigue siendo un valor al alza. Proyectos de adaptación y mitigación se multiplican en puertos, aldeas y cooperativas. Desde cultivos más resistentes a la sequía, pasando por la recuperación de humedales costeros, hasta iniciativas de economía circular en la pesca. Pero la sensación general, escuchando a gente del mar y del campo, es que la batalla será larga y desigual si no hay un esfuerzo conjunto y decidido, tanto desde las instituciones como desde la sociedad civil.
La “morriña” por el clima de antes es real, pero no basta con la nostalgia. Galicia tiene mucho que perder, pero también mucho que enseñar sobre cómo cuidar la tierra y el mar. Lo que está claro es que, frente al cambio climático, la comunidad no puede quedarse de brazos cruzados. Si algo nos ha enseñado esta tierra es que, aunque el viento sople en contra, siempre hay margen para la retranca… y para la acción.
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