Durante buena parte del siglo XX, el Estado español contó con un instrumento legal para apartar de la circulación a quienes molestaban por su aspecto, su manera de ganarse la vida o sus inclinaciones. No hacía falta que hubieran cometido delito alguno: bastaba con que alguien con autoridad decidiera que encarnaban un peligro para la convivencia. Ese engranaje, que sobrevivió al propio Franco, explica una separación familiar de casi cinco décadas que acaba de encontrar su desenlace más amable en Vilagarcía de Arousa.
La escena, contenida, quedó registrada en una imagen: dos hombres mayores, de 81 y 78 años, intercambiando un apretón de manos ante sus allegados. Entre ese gesto y el anterior transcurrieron 48 años. El mayor responde al nombre de Rafa; el menor, al de Miguel Ángel. Entre medias quedan un exilio, una ley siniestra y una vida entera rehecha a orillas de la ría.
La ley que convertía la vida en delito
La Ley de Vagos y Maleantes nació en 1933, en tiempos de la Segunda República, heredera de teorías de higiene social hoy desacreditadas. El franquismo la convirtió en herramienta de disciplina cotidiana: permitía internar a mendigos, marginales y disidentes sin proceso judicial, en colonias y establecimientos de trabajo forzado. En 1970 fue sustituida por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que conservaba la lógica esencial —sancionar condiciones personales y no hechos— y ampliaba el catálogo de conductas vigiladas. Aquella segunda norma aguantó en vigor hasta 1995, ya muy entrada la democracia.
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Ver en Hotels.com → PublicidadDetrás de sus artículos quedaron miles de biografías partidas por la mitad, pocas veces narradas. La de este madrileño nacido en 1945 es una de ellas, y tiene el mérito infrecuente de haber terminado, al menos en parte, bien.
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Rafa tenía vocación artística y una manera de entender la existencia poco compatible con la España uniformizada de su juventud. Ese modo de vivir le costó detenciones, tratos violentos en dependencias policiales y la aplicación sucesiva de las dos normas de peligrosidad. Con 33 años, y una condena que consideraba injusta amenazando su libertad, optó por lo único que le quedaba: cruzar los Pirineos y borrarse del mapa.
Era 1978. Franco llevaba casi tres años bajo tierra y el país negociaba su Constitución, pero el aparato represivo heredado todavía daba señales de vida, y quien había chocado con él no solía fiarse de los calendarios. La marcha se tradujo en silencio absoluto: sin cartas, sin llamadas, sin noticias. Con el paso del tiempo, su familia llegó a temer lo peor e incluso a asumir que había fallecido.
Una vida a orillas de la ría
Lejos del radar de los suyos, el mayor de los hermanos echó raíces en Vilagarcía, donde se convirtió en un personaje reconocible de la villa. Muchos vecinos lo asociaban al espíritu hippie de los años setenta: una memoria andante de aquella contracultura que también tuvo adeptos en la Galicia costera. Pocas personas, cabe suponer, conocían el itinerario completo que lo llevó de Madrid al exilio francés y de ahí a la ría de Arousa.
El periodismo como agente de reencuentro
El giro llegó de donde menos se espera: de una crónica periodística. Un reportaje publicado en La Voz de Galicia recogió su singular biografía y, sin proponérselo, dejó un rastro verificable que su familia pudo seguir. El contacto se activó, los datos cuajaron y el encuentro se materializó en la localidad pontevedrera: dos ancianos, un apretón de manos, los suyos alrededor.
Difícil encontrar un argumento más rotundo a favor del periodismo local, ese que retrata a las personas que pueblan plazas y mercados y que, de tanto en tanto, resuelve misterios domésticos que las administraciones ni siquiera saben que existen.
Hay barbaries que no suenan a barbarie: caben en un formulario y s
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