La tierra tembló en el sureste español y a miles de kilómetros, en el noroeste, la morriña por lo ajeno se mezcló con una pregunta inevitable. El reciente seísmo de magnitud 4.8 en Almería, con su epicentro en el mar de Alborán, ha logrado lo que pocas noticias geológicas consiguen. Ha despertado a媒体 de la península de un letargo informativo. Ahora bien, lo cierto es que los gallegos no somos ajenos a este tipo de fenómenos, aunque nuestra retina colectiva nos emplace más hacia las galernas y las borrascas atlánticas que hacia los movimientos telúricos.
Los datos del Instituto Geográfico Nacional (IGN) son claros y, sin embargo, casi nadie los lee en nuestra tierra. De hecho, se registran al año cientos de microseísmos en el noroeste peninsular, una cifra que sorprende a quienes asocian los terremotos exclusivamente con Andalucia o Canarias. La red sísmica nacional detectó el pasado año más de un centenar de movimientos en territorio gallego o en sus aguas jurisdiccionales. La inmensa mayoría, claro está, pasan totalmente desapercibidos para la ciudadanía.
Una arquitectura geológica distinta
Para entender por qué en Galicia no sufremos sobresaltos telemétricos como los de Almería, hay que mirar a la composición de la tierra que pisamos. Nosotros vivimos sobre un zócalo antiguo, un macizo Hespérico extremadamente estable que ha endurecido su carácter a lo largo de cientos de millones de años. Allí, en el sur, las placas tectónicas euroasiática y africana siguen peleándose a puerta cerrada. Aquí la tensión se libera de otra manera, de forma mucho más lenta y sutil.
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Conoce más →El riesgo sísmico en Galicia es catalogado como bajo o moderado. Cabe recordar que el objetivo principal de la normativa sismorresistente española no es otro que evitar el colapso de los edificios, algo en lo que el urbanismo gallego moderno cumple con holgura. Sin embargo, esta relativa tranquilidad estructural no debe traducirse en un amnesia histórica colectiva. La memoria geológica guarda sus propios archivos y, de vez en cuando, nos recuerda que la tierra está viva.
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Buscar dominio →El gran temblor de la Ría
Si le preguntas a cualquier vecino de Vigo de cierta edad por los terremotos, probablemente te mire con retranca. Pero si buceamos en los archivos hemerográficos, descubriremos que el sur de Galicia vivió uno de sus mayores sobresaltos sísmicos hace apenas tres décadas. Un seísmo de magnitud 4.6 sacudió la comarca de Vigo en mayo de 1997, dejando a la población en estado de shock y provocando daños materiales en múltiples viviendas, especialmente en el casco histórico de la ciudad olívica.
«No podemos caer en el falso espejismo de la impunidad geológica. El noroeste tiene una sismicidad de baja intensidad pero recurrente, lo que obliga a mantener los protocolos de construcción actualizados, especialmente en zonas costeras con complejidad orográfica», asegura un portavoz del departamento de Xeodinámica de la Universidade de Vigo.
Aquel episodio de los noventa puso de manifiesto una vulnerabilidad que va más allá de las grietas en las fachadas. El movimiento reveló que ciertos tipos de suelo en las rías, especialmente los rellenos artificiales y las zonas de marisma desecadas, son altamente sensibles a la amplificación de las ondas sísmicas. Esto significa que un temblor moderado, apenas perceptible en una zona rocosa, puede adquirir una fuerza inesperada en áreas urbanas consolidadas sobre tierra poco firme. Un fenómeno técnico conocido como licuefacción que los arquitectos conocen demasiado bien.
Hay otros antecedentes históricos que refuerzan esta tesis de un noroeste no exento de peligrosidad. Documentos históricos relatan temblores sentidos con cierta alarma en Ourense y Pontevedra a lo largo de los siglos XVIII y XIX. La realidad es tozuda. Las estructuras geológicas no se toman vacaciones, simplemente cambian su ritmo. La tradicional resignación gallega ante los fenómenos de la naturaleza no debe ser un obstáculo para la prevención técnica rigurosa.
El temblor de Almería quedará pronto en el olvido mediático, superado por la siguiente urgencia informativa. Para Galicia, sin embargo, debe funcionar como un toque de atención. La verdadera sismicidad del noroeste no se mide por el pánico de un instante, sino por la accumulate tensión de siglos. Conscientes de que el gran seísmo no figura entre nuestros principales temores cotidianos, mantener una infraestructura preventiva sólida es, sencillamente, de puro sentido común.
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