Hay datos que duelen por su frialdad estadística y otros que duelen por lo que esconden. El de Lugo pertenece a los dos: dos personas buscan ayuda cada día en Urgencias del Hospital de Lugo por ideación suicida. Seiscientas al año, más o menos. Personas que un día cualquiera cruzan las puertas de Urgencias porque no les queda otro sitio al que ir. Urgencias: el lugar que diseñamos para el infarto y la fractura de cadera. Ese es el retrato, y debería incomodarnos más de lo que nos incomoda.
El primer problema es de fondo: la salud mental sigue siendo la pariente pobre de nuestra sanidad pública, esa de la que se habla en días de conmemoración y se olvida en los presupuestos. Cuando el sistema no ofrece respuesta en atención primaria, en salud mental comunitaria o en dispositivos de crisis, la única puerta que queda abierta las 24 horas es la de Urgencias. Y Urgencias, por muy profesional que sea su personal, no está pensada para contener un dolor que no se ve, no tiene CRA de salud mental de guardia siempre disponible y funciona por saturación estructural. Convertir el pasillo de triaje en red de seguridad es reconfortante por lo que tiene de compromiso humano, y preocupante por lo que revela de nuestro sistema.
El mapa del silencio
Galicia tiene particularidades que agravan el problema: población envejecida, dispersión territorial, soledad rural masculina, un estigma que en las aldeas todavía pesa como una losa. Quien vive en un pueblo del interior no tiene al lado un psicólogo clínico; tiene, si acaso, un centro de salud al que acude cada quince días un profesional itinerante. La distancia hasta la ayuda se mide en kilómetros, y a veces esos kilómetros son la diferencia entre pedir ayuda y rendirse. No es casual que las tasas de suicidio gallegas se resistan a bajar mientras cerramos servicios, alejamos recursos y mantenemos plantillas por debajo de las necesidades reales.
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¿Qué pediría este editorial? Tres cosas concretas. Primera, inversión real: más psicólogos clínicos en primaria y en los hospitales comarcales, no solo planes con buen título y escasa letra pequeña. Segunda, despliegue territorial: dispositivos de crisis móviles que lleguen al rural, teléfono accesible, coordinación con ayuntamientos y asociaciones, que son quien primero detecta. Tercera, valentía cultural: hablar del suicidio sin eufemismos ni alarma, en colegios, en medios, en las casas. Porque cada persona que entra por Urgencias pidiendo ayuda está dando, en realidad, una oportunidad al sistema. Dos oportunidades al día, solo en Lugo. La pregunta incómoda es si el sistema está a la altura de esa confianza.
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Hosting WordPress →La salud mental no se cura con campañas, se cura con recursos y con una sociedad que deje de mirar a otro lado. Los números de Lugo no son una curiosidad local: son una fotografía anticipada de lo que ocurre en media Galicia. Y la factura del silencio, tarde o temprano, la pagamos todos.
Si tú o alguien cercano necesita ayuda, el teléfono 024 (atención a la conducta suicida) es gratuito, confidencial y está disponible las 24 horas.
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