Pontevedra ha perdido a uno de esos nombres que no se olvidan. José Antonio Rodríguez Vilas, conocido por todos como Pepe Vilas, falleció este sábado a los 85 años. Fue mucho más que un jugador. Fue el alma de la Sociedad Deportiva Teucro durante catorce temporadas, un vínculo entre épocas, entre pabellones y entre formas de entender el balonmano. Su legado no se mide solo en partidos, sino en la huella imborrable que deja en el vicedecano del balonmano nacional.
La noticia ha golpeado con fuerza al deporte gallego. No todos los días se va un hombre que lo vivió todo dentro de una misma camiseta. Desde aquellos primeros años en los que el balonmano era aún un deporte en construcción hasta las grandes gestas que cimentaron la leyenda del club azul. Vilas representa una época irrecuperable, la del amateurismo puro, la del amor por unos colores sin más recompensa que el orgullo de pertenecer.
Un pionero entre dos balonmanos
Pocas veces se encuentra a alguien que haya vivido la transición completa del deporte. Vilas fue de esos privilegiados. Jugó al balonmano a siete y también a once, cuando las reglas aún no se habían unificado y el campo era un territorio por explorar. Pero hay un dato que subraya su excepcionalidad: es el único jugador en la historia del Teucro que disputó partidos en todas las instalaciones que tuvo el club. Desde el histórico Pasarón hasta el Pabellón Municipal, pasando por Campolongo, El Vergel y Arzobispo Malvar. Cinco escenarios, una sola fidelidad.
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Conoce más →Su historia con el balonmano comenzó mucho antes de enfundarse la elástica del Teucro. Fue en el Instituto donde se enamoró del deporte, y allí formó parte de un equipo que hizo historia. En 1957 se proclamaron campeones de España. No era un título cualquiera: era la primera vez que un centro público lograba semejante hito. Aquella semilla germinaría para siempre.
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Ver planes de hosting →Jugador y entrenador, todo en uno
Un año después, en 1958, comenzó su relación oficial con el Teucro. Pero la realidad es que Vilas ya había vestido la camiseta azul antes, incluso cuando no estaba permitido jugar en categoría sénior hasta cumplir los 18 años. El club ya sabía lo que tenía entre manos. Y él respondió con creces, compaginando sus funciones sobre la pista con las de entrenador. Fue precisamente como técnico del tercer equipo cuando logró un meritorio tercer puesto en el Campeonato de España disputado en Zaragoza.
Su vida deportiva está llena de anécdotas que explican su carácter. Difícil imaginar a alguien con más determinación. Y es que Vilas desafió al destino desde niño: entre los 5 y los 8 años tuvo una pierna enyesada. Nada le impidió soñar con el balonmano, ni siquiera el yeso. Esa obstinación le acompañó siempre.
Una vida de entrega y pasión
La figura de Pepe Vilas trasciende lo meramente deportivo. En una época en la que el balonmano no tenía los focos de hoy, él fue uno de esos pilares anónimos que construyeron un club desde la base. Su nombre ha estado siempre ligado al Teucro, incluso cuando los años le alejaron de las pistas. Era un referente, un hombre a quien preguntar, un testigo de excepción de la evolución del balonmano gallego.
Su muerte llega apenas unos meses después de la pérdida de otra leyenda del balonmano gallego, Gabi Ben Modo. Demasiado tiempo sin estos mitos. El deporte pontevedrés se queda huérfano de dos de sus grandes referentes. Pero el recuerdo de Vilas, el de aquel chico que jugó con una pierna escayolada y acabó siendo historia viva del Teucro, permanecerá en cada rincón de los pabellones que pisó.
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