El drama silencioso detrás de los números
El Banco de España acaba de soltar un jarro de agua fría sobre la mesa del Gobierno: en toda España faltan al menos 1,5 millones de viviendas. No es un problema de ayer, ni de anteayer, sino de décadas de políticas que miraron para otro lado mientras los precios se disparaban y los sueldos se estancaban. Ahora bien, si hay una comunidad donde este desajuste se nota en las calles, en los carteles de «se alquila» que se multiplican como setas después de la lluvia y en los jóvenes que posponen la emancipación hasta los 35 años, esa es Galicia. La tierra donde la casa siempre fue sinónimo de arraigo se ha convertido en un espejo deformado de la España vaciada… pero con un problema añadido: la presión de las ciudades.
Las tres urbes donde el déficit aprieta con más saña
Si el Banco de España calcula que en Galicia faltan unas 50.000 viviendas para cubrir la demanda actual, lo cierto es que el problema no se reparte igual por la comunidad. Las tres grandes áreas urbanas —A Coruña, Vigo y Santiago— tiran del carro de la escasez, pero cada una con su propia idiosincrasia. En Vigo, por ejemplo, el mercado se resiente de la falta de oferta asequible en barrios como Lavadores o Teis, donde los precios se han disparado un 22% en los últimos tres años, según datos de los colegios de agentes inmobiliarios. No es casualidad que muchos vigueses, hartos de competir por pisos que cuestan lo mismo que un coche nuevo, acaben emigrando hacia municipios como Redondela o Nigrán, donde los alquileres bajan… pero la calidad de vida también.
Ahora bien, si hay un caso paradigmático es el de A Coruña. La ciudad que fue durante siglos el espejo donde se miraban los pueblos de la provincia ahora ve cómo su casco histórico se vacía de vecinos para llenarse de turistas y plataformas de alquiler vacacional. El propio ayuntamiento reconoce que en el primer trimestre de este año se registraron un 18% menos de contratos de alquiler a largo plazo que en el mismo periodo de 2022. Lo que antes era un problema de solares sin construir se ha convertido en un drama de gentrificación acelerada, donde los precios medios superan ya los 850 euros al mes por un piso de dos dormitorios en zonas céntricas. «Es como si Galicia estuviera viviendo su propia crisis de los *gilets jaunes*, pero en versión inmobiliaria», comenta un agente inmobiliario de la ciudad herculina, que prefiere mantener el anonimato para evitar represalias.
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Conoce más →Santiago, por su parte, sufre otro mal: el efecto llamada de la Universidad y el peso de la administración autonómica. Con una población flotante que supera los 30.000 estudiantes cada curso, la demanda de vivienda es voraz, pero la oferta no da abasto. El informe del Banco de España señala que en la capital gallega el déficit de viviendas para alquiler social ronda las 2.000 unidades, una cifra que contrasta con las 500 que el gobierno local asegura haber construido en la última década. «Aquí el problema no es solo la falta de pisos, sino la especulación con los que hay», denuncia una concejala de Vivienda del ayuntamiento, que recuerda cómo en el barrio de San Lázaro, uno de los pocos con precios asequibles, los fondos de inversión han comprado bloques enteros para convertirlos en «coliving» para trabajadores temporales. La retranca gallega se agota cuando la morriña por la propia tierra choca con la imposibilidad de poder vivir en ella.
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Pero el déficit de viviendas en Galicia no es solo un problema de números, sino de vidas rotas. Según el Instituto Gallego de Estadística, en los últimos cinco años se han creado en la comunidad un 12% menos de nuevos hogares que en el quinquenio anterior. Y no es que la gente no quiera independizarse —el 70% de los gallegos menores de 35 años sigue viviendo con sus padres, según la EPA—, sino que el mercado los empuja hacia esa situación. Los bancos, por su parte, exigen ahorros imposibles para conceder hipotecas, y los alquileres, cuando se encuentran, suelen ser tan altos que ahogan a las familias. «Antes, con un sueldo medio de 1.200 euros al mes podías alquilar un piso en Pontevedra por 400. Ahora ese mismo piso cuesta 700, y lo que ganas no ha subido ni un 5%», explica una profesora de instituto de Ourense, que cada día recorre 60 kilómetros para llegar a su trabajo porque en su ciudad no puede permitirse un alquiler.
Lo cierto es que Galicia, tradicionalmente una tierra de propietarios, empieza a ver cómo se resquebraja ese modelo. El Banco de España advierte en su informe que, si no se toman medidas urgentes, el déficit podría dispararse hasta las 70.000 viviendas en 2025. Y aunque el gobierno autonómico ya ha anunciado un plan de choque con 1.500 millones de euros para construir viviendas protegidas, la pregunta es: ¿llegará a tiempo? Mientras tanto, en las ciudades gallegas sigue creciendo el número de carteles de «se vende» en solares que llevan años vacíos y de familias que se ven obligadas a compartir piso hasta los 40. La tierra que antes era un refugio ahora se ha convertido en un espejismo.
«En Galicia tenemos un problema de oferta, pero también de distribución. Construimos viviendas en lugares donde no las pide nadie y nos olvidamos de las ciudades, donde la gente sí las necesita. Es como regar el desierto y dejar sedientas las ciudades.» — Técnico de urbanismo de la Xunta de Galicia (nombre ficticio)
¿Qué puede hacer Galicia para no quedarse atrás?
Ante este escenario, las soluciones pasan por varias vías, aunque ninguna es sencilla. Por un lado, acelerar la construcción de vivienda protegida en las áreas metropolitanas, algo que choca con la burocracia y la falta de suelo urbanizable. Por otro, poner coto a la especulación con medidas como impuestos a los pisos vacíos o límites a los alquileres turísticos, como ya han hecho otras comunidades. Pero quizá lo más urgente sea un cambio de mentalidad: entender que la vivienda no es un activo financiero, sino un derecho. Como decía un viejo vecino de Ribadeo: «Antes, cuando un mozo quería casarse, su padre le construía una casa en el huerto. Ahora, ese huerto vale más que la casa, y el hijo se queda sin sitio ni para plantar una lechuga».
Mientras tanto, en las ciudades gallegas sigue creciendo el número de carteles de «se vende» en solares que llevan años vacíos y de familias que se ven obligadas a compartir piso hasta los 40. La tierra que antes era un refugio ahora se ha convertido en un espejismo.
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