El escándalo de presunta financiación irregular que azota a la cúpula federal del PSOE ya no es solo un problema madrileño. Lo cierto es que las ondas expansivas están llegando con fuerza a la ría del PSdeG, donde la dirección de José Ramón Gómez Besteiro intenta contener los daños mientras la oposición afila cuchillos de cara al otoño político.
La investigación judicial en Madrid, centrada en supuestos cobros en metálico y contrataciones irregulares vinculadas a cargos orgánicos del partido, ha puesto sobre la mesa preguntas incómodas. Y en Galicia, donde el partido dominó durante décadas la terra con una estructura territorial capaz de ganar elecciones casi por inercia, esas preguntas resuenan con especial volumen.
Una estructura territorial que ahora es un problema
El PSdeG cuenta con uno de los aparatos territoriales más densos del partido en España: delegaciones en las cuatro provincias, agrupaciones locales en más de trescientos concellos y una red de cargos institucionales que va de la Xunta a los plenos municipales más pequeños. De hecho, esa capilaridad fue siempre su gran activo. Ahora bien, también multiplica los puntos donde la justicia puede mirar.
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Conoce más →Fuentes de la Fiscalía, según avanzaron varios medios nacionales, habrían reclamado documentación sobre contratos públicos adjudicados por entidades dependientes de gobiernos socialistas en distintas comunidades. En Galicia, la etapa de bipartito entre 2005 y 2009, y determinados convenios urbanísticos firmados por concellos gobernados por el PSOE, quedan fuera del periodo de imputación actual pero dentro del radar de quien quiera alimentar la sospecha.
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Ver planes de email →«Aquí lo que está en juego no es solo una sede, es la credibilidad de una forma de hacer política que creíamos blindada», reconoce un dirigente provincial del partido que prefiere no identificarse.
Ese nerviosismo interno no es gratuito. Varios barones territoriales del PSdeG dependen de la federación gallega para sus campañas, y la caja federal está bajo sospecha. Si la financiación de las campañas autonómicas de 2028, que en teoría deberían empezar a prepararse el año que viene, se ve condicionada por la investigación, el partido podría llegar dividido a un cita electoral decisiva.
La oposición gallega huele sangre
El PPdeG no ha tardado en aprovechar el momento. Alfonso Rueda, que sabe lo que es defenderse de casos de corrupción —la trama del caso Kitchen sigue siendo una herida abierta para los populares gallegos—, ha pasado del silencio prudente a la ofensiva. En los pasillos del Parlamento de Santiago, la palabra «financiación ilegal» se pronuncia cada vez con menos discretción, siempre seguida del nombre de Ferraz.
Los nacionalistas del BNG, por su parte, han adoptado un tono de superioridad moral que no siempre se sostiene. Cabe recordar que la formación independentista también tuvo que responder ante la opinión pública por cuentas opacas en el pasado reciente, algo que el socialismo gallego no duda en recordar cuando la conversación se anima. La retranca parlamentaria promete otoño movido.
Mientras tanto, la izquierda fragmentada —Sumar, Podemos, Esquerda Unida— observa cómo el espacio de voto desencantado crece. Un sondeo interno al que ha tenido acceso este periódico apunta a una caída de intención de voto del PSdeG de hasta tres puntos en los últimos dos meses, una erosión que en un sistema multipartidista como el gallego puede costar escaños.
Morriña de tiempos mejores
Hay algo de morriña en la militancia socialista gallega. Muchos de los que llenaban mítines en los tiempos de Emilio Pérez Touriño o Abel Caballero se preguntan ahora cómo se llegó hasta aquí. El PSdeG, que llegó a gobernar la Xunta y dominó el mapa municipal durante décadas, vive desde hace años una crisis de identidad que este escándalo federal no hace más que agravar.
Besteiro ha intentado blindar a la federación gallega asegurando que las cuentas del PSdeG están auditadas y que no hay indicios de irregularidades en la comunidad. Lo cierto es que la credibilidad de esa garantía depende, en buena parte, de lo que los jueces encuentren en Madrid. Y ahí, la cosa se le puede ir de las manos a cualquiera.
El otoño político gallego arrancará, pues, con el socialismo a la defensiva y sus rivales preparando la lista. En la política gallega, donde la memoria colectiva es larga y los castigos electorales llegan a menudo tarde pero llegan, este capítulo aún no ha terminado de escribirse. Los militantes, mientras tanto, aguantan el tirón con esa mezcla de resignación y terquedad tan propia de esta terra.
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