La directora navarra Maddi Barber presenta una retrospectiva de su obra esta semana en la Mostra Internacional de Cinema Etnográfico (MICE) del Museo do Pobo Galego, en Santiago de Compostela, en una programación que se extiende hasta el próximo domingo. La muestra reúne films que exploran las relaciones entre paisaje, memoria y comunidad y propone coloquios con la autora tras las proyecciones para favorecer el intercambio directo con el público. El festival sitúa así en el centro del debate un cine que observa con calma los cambios en el territorio y la vida cotidiana de sus habitantes. La exposición de títulos realizados a lo largo de más de una década permite trazar el recorrido de una mirada coherente y en evolución.
La selección de la MICE incluye piezas que documentan la transformación del paisaje y las prácticas sociales en el Valle de Arce, en Navarra, lugar de origen de la cineasta. Sus trabajos combinan observación paciente y una preocupación por las huellas de la memoria colectiva, ofreciendo una propuesta que evita la espectacularidad para buscar la precisión etnográfica. El programa del museo convierte las sesiones en un punto de encuentro entre creadores, investigadores y público general interesado en el cine de raíz comunitaria. Las proyecciones, acompañadas de debates, facilitan que esas imágenes arraigadas en un contexto concreto sean discutidas y reinterpretadas por audiencias de distintos territorios.
Barber reconoce que ver reunidas sus obras le produce ilusión y también cierta incertidumbre. Le resulta gratificante comprobar cómo las piezas dialogan entre sí y cómo se aprecia un hilo común en su trabajo, pero la etiqueta de «retrospectiva» le provoca una sensación ambivalente porque se considera todavía en pleno proceso creativo. Prefiere entender la exposición como un momento de tránsito que permite observar el desarrollo de su práctica cinematográfica más que como un cierre. Esa tensión entre satisfacción y vértigo marca el tono de su participación en la MICE.
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Conoce más →Uno de los ejes de su participación es el intercambio con la audiencia, que Barber valora como una forma de aprendizaje. Explica que recibir miradas externas sobre su obra ayuda a descubrir aspectos que ella misma no había detectado y puede transformar su lectura del propio material. Los coloquios posteriores a las proyecciones funcionan como dispositivos críticos que enriquecen la labor creativa y abren nuevas preguntas sobre método y propósito. Para la directora, el diálogo público es una herramienta para repensar tanto la forma como el alcance de sus películas.
La Mostra, centrada en el cine etnográfico y la antropología visual, reivindica una manera de filmar situada y rigurosa que trabaja con comunidades y territorios concretos. En ese sentido, la programación reivindica prácticas audiovisuales que priorizan el contexto y la relación sostenida con las personas filmadas. La antropología visual, según los organizadores y los artistas invitados, aporta claves para una representación más atenta y responsable de las realidades sociales. El festival actúa como foro para intercambiar metodologías y debatir sobre ética, autoría y complicidad en los procesos de creación.
El vínculo de Barber con su territorio natal está presente en la mayoría de sus películas. Nacida en 1988 y criada en el Valle de Arce, mantiene un vínculo profundo con ese lugar a pesar de residir ahora en la ciudad. Sus piezas registran transformaciones económicas, ambientales y demográficas que alteran los paisajes y las prácticas cotidianas, y lo hacen desde una perspectiva localizada que busca comprender los cambios desde dentro. Esa raíz territorial no impide que sus films dialoguen con públicos de otras regiones, precisamente porque abordan temas universales como la memoria, la identidad y la adaptación al cambio.
Para el público gallego, la presencia de estas películas plantea una oportunidad de diálogo entre realidades periféricas y de contraste entre paisajes y modos de vida. El cruce entre relatos navarros y la experiencia colectiva gallega permite comparar dinámicas similares, como el despoblamiento o las transformaciones rurales, y extraer lecturas compartidas. La MICE convierte la sala en un espacio de memoria compartida donde la mirada etnográfica se pone al servicio de la comprensión mutua. Además, la programación fomenta el encuentro entre cineastas y expertos que enriquecen la recepción de las obras.
Barber insiste en que su intención es seguir trabajando y ampliando la práctica que presenta en Santiago, aprovechando la exposición para recibir críticas y propuestas que alimenten nuevos proyectos. La Mostra Internacional de Cinema Etnográfico se confirma así como plataforma para visibilizar un cine que no busca la inmediatez comercial sino el diálogo pausado con comunidades y espectadores. Entre proyecciones y conversaciones, el festival ofrece hasta el domingo una ventana para reflexionar sobre cómo el cine puede registrar y transformar la relación entre paisaje, memoria y vida cotidiana.
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