Monterrei fue el epicentro de un fuego que comenzó el 12 de agosto en la parroquia de A Granxa (Oímbra) y no se dio por extinguido hasta el 31 de agosto. En esos veinte días las llamas se comieron 23.763 hectáreas, obligaron al corte de la autovía A-52 aislando temporalmente Ourense de la meseta, dañaron viviendas, provocaron varios heridos y movilizaron a recursos que rara vez se ven reunidos en la provincia.
Cómo se desató y se descontroló el incendio
El fuego se inició sobre las 14:30 del 12 de agosto en A Granxa. Aquella tarde había una conjunción adversa: temperaturas elevadas, rachas de viento intensas y una orografía abrupta. El monte de la zona, con pendientes pronunciadas, facilitó la propagación de las llamas y marcó el ritmo del desastre. En cuestión de horas, lo que parecía un conato pasó a ser un frente que avanzaba con violencia.
Las cifras de los recursos desplazados dan idea del esfuerzo: 18 técnicos, 175 agentes, 241 brigadas, 153 motobombas, 6 palas, 8 unidades técnicas de apoyo, 18 helicópteros, 34 aviones y la intervención de la UME. Aun así, la fuerza del viento y la continuidad de combustible —matorral, monte raso y arbolado— impidieron que esos medios dominasen el incendio en los primeros días.
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Conoce más →El fuego no respetó límites administrativos: acabó afectando a nueve concellos —Oímbra, Monterrei, Cualedro, Verín, Laza, Trasmiras, Castrelo do Val, Baltar y Xinzo de Limia— y terminó por unirse con el incendio originado en Gudín (Xinzo), lo que multiplicó su alcance. Hubo evacuaciones, varias casas calcinadas y daños en infraestructuras agrícolas: coches, cuadras y patrimonio material que para algunos vecinos era el último lazo con generaciones anteriores.
La «batalla» de aquel día tuvo además episodios dramáticos. Tres brigadistas del Concello de Oímbra resultaron heridos y un joven de 18 años sufrió quemaduras en más del 50% de su cuerpo. En el centro de la comarca, aldeas como A Caridade quedaron rodeadas por las llamas el 13 de agosto: casas y vehículos fueron pasto del fuego en cuestión de minutos.
“Fue como la bomba de Nagasaki”, dijo Manuel Palanca, vecino de una aldea cercana, al recordar cómo el fuego envolvió kilómetros de monte.
Rescates, testimonios y pequeñas luces en la oscuridad
El pánico y la solidaridad se mezclaron en varios momentos. En Santa Baia (Cualedro) se vivió un rescate que podría servir de guion cinematográfico: tres personas quedaron atrapadas en una explotación ganadera y, tras un primero intento fallido por las condiciones, agentes de la Policía Nacional volvieron a entrar y lograron evacuar a los afectados cuando la granja ya estaba envuelta en humo negro. Un teléfono que sonó en el momento justo salvó la vida de quienes allí se ocultaban.
En Monterrei, nombres y rostros saltan a la vista como ejemplos del drama. Samuel Vieira Justo, de 42 años e hijo único, perdió la vivienda que construyeron sus abuelos y en la que había vivido toda su vida; su primo también se quedó sin casa. Familias enteras vieron cómo el recuerdo material de generaciones quedaba reducido a cenizas y a la espera de la ayuda que tarde o temprano tendrá que llegar.
Y, entre tanta desgracia, la anécdota de la azada perdió su dimensión coloquial para convertirse en símbolo: en Bousés (Oímbra), un cartel avisa con letras rojas: «Si alguien perdió una aixada los días del fuego, la tiene Alfonso». Ese aviso resume la comunión vecinal que afloró: durante las horas más críticas, los vecinos se organizaron, apagaron, replegaron y cuidaron unos de otros.
“Hice lo que tenía que hacer”, dijo Alfonso Álvarez, uno de los muchos que trabajaron de madrugada para contener los focos.
Por qué fue el segundo mayor incendio de Galicia y qué queda por hacer
El incendio de Monterrei es ya el segundo más extenso de la historia de Galicia. De las 23.763 hectáreas, aproximadamente 14.491 fueron de monte raso y 9.273 de arbolado. Esa combinación, junto con la continuidad del combustible y las condiciones meteorológicas, explica que las labores de extinción tuvieran que adaptarse día tras día a un frente cambiante.
La tragedia pone de nuevo sobre la mesa problemas estructurales: abandono de la tierra, ausencia de gestión del monte en amplias extensiones, veranos más secos y la necesidad de planes de prevención y defensa que no sean solo reactivas. En la comarca se escucha, además, la llamada a mejorar la coordinación entre administraciones y a reforzar la red de defensa contra incendios rurales con más medios humanos y técnicas de prevención que eviten la acumulación de combustible.
A falta de confirmación oficial sobre el origen exacto, la investigación sigue su curso. Mientras tanto, las consecuencias son palpables: familias sin hogar, explotaciones agrícolas dañadas, castaños centenarios reducidos a troncos ennegrecidos y una carretera autonómica cerrada que dejó a Ourense temporalmente desconectada con la meseta, con el correspondiente efecto en el comercio y el transporte.
La recuperación será larga y costosa. Además de las ayudas urgentes -alojamiento, reconstrucción y compensación por pérdidas materiales- hay que pensar en programas de restauración de suelos, reforestación con criterios de menor riesgo, y en medidas socioeconómicas que ayuden a fijar población en el rural para que haya quien cuide el territorio. En Monterrei, al menos, ha quedado claro que la comunidad sabe responder: la imagen de vecinos en cadena pasando motobombas, de voluntarios y de compañeros internacionales —bomberos de Portugal que trabajaron lado a lado con los ourensanos— es ya un capítulo más en la memoria colectiva.
Cuando las llamas se apaguen del todo y empiecen los inventarios, no podrán recuperarse los árboles centenarios ni los objetos que ardieron. Pero esa placa con la azada extraviada permanece como recordatorio de que, pese a la magnitud del desastre, la respuesta humana y la solidaridad serán determinantes en la reconstrucción.
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