El presidente del PP rechaza cualquier contacto con el expresidente catalán para articular una moción de censura. La negativa llega en un momento de tensión política tras las últimas declaraciones desde Bruselas.
Un rechazo que no sorprende
Quien conozca el mapa político español de los últimos quince años no se extraña ante la negativa. Feijoo ha mantenido una postura constante: nada de pactos, acuerdos ni encuentros con quienes han desafiado la legalidad constitucional. El episodio en Waterloo, aunque nunca confirmado oficialmente, fue interpretado como una especulación más que como una posibilidad real. Difícil imaginar al líder del PP sentado frente a quien personifica, para muchos, la ruptura institucional.
Las fuentes consultadas subrayan que ni siquiera hubo una propuesta formal. Pero basta con mirar los tiempos, los gestos, las alianzas tácitas, para entender que este tipo de movimientos no encajan en la estrategia actual del líder nacional. Demasiado riesgo. Demasiado coste. La base del partido no lo entendería. El propio Feijoo lo sabe bien.
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En Santiago, en Vigo, en Ferrol, en la plaza de Orense, nadie da crédito a que se planteara semejante encuentro. En los bares del Casco Vello, en las tertulias de Radio Vigo, en los pasillos del Parlamento gallego, la noticia corre como un susurro incómodo. “¿En Waterloo? ¿En serio?”, se preguntaba un concejal de provincia. “Ahí está la clave: no es un asunto de lugar, sino de simbolismo”, añadía otro.
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Hosting WordPress →Galicia no ha sido ajena a la tentación del independentismo. Pocas veces se ha hablado tanto de soberanía, de identidad, de replanteamiento institucional. Pero aquí no hubo huida, no hubo juicio masivo, no hubo desafío en cadena. Aquí se gobierna desde el orden. Y eso, para muchos, es lo que Feijoo representa: control, previsibilidad, autoridad sin estridencias.
Un alto cargo municipal de la comarca de Ferrolterra lo resumió con crudeza: “Aquí los problemas son otros. El despoblamiento, el cierre de carpinterías, el transporte rural. No andamos pensando en repúblicas imaginarias.” La frase, aunque dura, no es menor el dato: refleja el desfase que muchos sienten entre la política catalana y la realidad del noroeste.
Cuando la política se convierte en teatro
Lo cierto es que el episodio, aunque no se concretó, revela algo más profundo. Que la política española sigue viviendo de gestos simbólicos, de rumores orquestados, de filtraciones con aroma a montaje. Un vuelo discreto, una cena en un rincón de Bélgica, una foto imposible… Todo sirve para mover la agenda, para forzar titulares, para mantener viva la tensión.
Pero no todo tiene la misma resonancia. Mientras en Madrid y Barcelona se discute sobre alianzas fantasma, en los pueblos de Lugo o de Ourense se cierran escuelas rurales. Mientras se especula con moción de censura, el tren de la comarca de A Limia sigue sin electrificarse. La cifra habla por sí sola: más de 180 localidades gallegas han perdido servicios básicos en los últimos cinco años. No parece casualidad que la indignación no venga de los despachos, sino de las asambleas vecinales.
Conviene recordar que Feijoo no ha construido su poder desde el teatro, sino desde la gestión. Desde los presupuestos ajustados, desde el control del gasto, desde el silencio administrativo que tantos critican pero que tantos imitan. Rechazar un encuentro con Puigdemont no es solo una decisión táctica. Es una afirmación de identidad política.
El futuro de la oposición
El rechazo, sin embargo, deja una pregunta en el aire: ¿qué pasará si el escenario cambia? ¿Si el PP pierde terreno en el Congreso? ¿Si Ciudadanos se desvanece del todo y el vacío lo llenan fuerzas más radicales? Nadie puede descartar que, en otro contexto, otras puertas se abran. Pero hoy, ahora, no.
Las fuentes judiciales consultadas recuerdan que muchos de los actores de aquel 2017 siguen bajo investigación. No todos han cerrado su capítulo judicial. Eso condiciona. Pesa. Y más en un partido como el PP, que ha hecho del respeto a las instituciones su bandera principal.
Además, Feijoo no es un improvisador. Sus movimientos son estudiados, medidos, casi quirúrgicos. No actúa por impulso. Y menos en temas que pueden polarizar hasta el hartazgo. Su mirada está puesta en 2027, no en los titulares de esta semana. Su batalla no es con Puigdemont, sino con el PSOE. Ese es su verdadero rival. El resto son ruido.
¿Habrá un momento en que los caminos se crucen? Quizá. Pero no en Waterloo. Ni en Bruselas. Ni en ningún escenario montado para la prensa. Si alguna vez hay diálogo, será en silencio, sin anuncios, sin cámaras. Porque en política, como en la vida, lo que no se dice a menudo importa más que lo que se grita.
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