Los días previos a la selectividad no deben llenarse solo de repasos y fórmulas. También de respiraciones profundas, rutinas claras y una mirada serena ante el esfuerzo acumulado. Orientadoras educativas y psicólogas insisten en que el estado emocional marca la diferencia tanto como las horas de estudio.
Estamos en plena recta final. Las aulas se vacían, las librerías venden más resúmenes que nunca y los padres miden el estrés de sus hijos por los bostezos después del desayuno. Es normal. Pero no es inevitable que todo vaya acompañado de ansiedad, insomnio o bloqueos mentales.
El miedo no es señal de fracaso
Quien dice que no siente nada antes de un examen tan decisivo probablemente no está siendo del todo sincero. El temor forma parte del proceso. Lo importante no es eliminarlo, sino gestionarlo. Las profesionales del acompañamiento educativo lo tienen claro: reconocer el nerviosismo es el primer paso para no dejar que te domine.
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Ver en Hotels.com → PublicidadAlgunos estudiantes llegan a las consultas con síntomas físicos: taquicardia, sudoración, malestar gastrointestinal. No es debilidad. Es señal de que el sistema está en alerta. Y ante eso, no sirve decir “cálmate” como si fuera un interruptor. Se necesita técnica, acompañamiento y, sobre todo, normalización.
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Buscar dominio →Un alto cargo municipal del área de juventud, que lleva años colaborando con programas de salud emocional en centros educativos, lo resume así: “Hemos avanzado mucho en reconocer que el bienestar mental no es un lujo, sino una herramienta de rendimiento. Un chico o chica con estrés controlado rinde mejor”.
Rutinas que marcan la diferencia
En los últimos días, el orden gana más peso que nunca. Dormir a la misma hora, desayunar completo, desconectar las pantallas una hora antes de acostarse. Puede parecer básico, pero son muchos los que lo descuidan. Las orientadoras insisten en que el cuerpo necesita previsibilidad cuando la mente está bajo presión.
El estudio debe organizarse en bloques cortos, con pausas activas. Caminar, estirar, tomar el aire. No se trata de llenar más horas, sino de aprovechar mejor las que hay. “Demasiado tiempo” se pierde en repeticiones mecánicas sin comprensión real. Mejor repasar con preguntas, simulacros o explicando en voz alta lo estudiado.
Y fuera de casa, también cuenta. Las familias deben evitar frases como “todo depende de esto” o “sé que lo vas a hacer bien”, por bien intencionadas que sean. Generan presión encubierta. Mejor frases como “estoy aquí” o “lo que necesites, cuento contigo”. El apoyo debe ser un refugio, no una exigencia disfrazada.
El día del examen: claridad, no heroísmo
El error más común: llegar al aula con una noche de insomnio y una madrugada de repaso desesperado. Las psicólogas lo advierten: el cerebro necesita descanso para consolidar lo aprendido. Quien se sacrifica en las últimas horas suele perder más de lo que gana.
Lo ideal es un desayuno ligero pero nutritivo, ropa cómoda, llegar con tiempo. Nada de estudiar en el pasillo del instituto mientras se espera el examen. Eso activa el modo de alerta. Mejor una respiración pausada, música suave o simplemente sentarse en silencio.
Y durante la prueba, si aparece el bloqueo: parar cinco segundos. Mirar al techo. Inspirar. Expirar. Volver al enunciado. Muchos pierden minutos valiosos porque intentan forzar la respuesta. A veces, la mente responde mejor cuando dejas de apretar.
Después del examen: respirar, no juzgar
El verdadero desafío no termina al entregar el papel. Viene después: la necesidad de hacer autopsias inmediatas. “¿Qué pusiste en el ejercicio 3?”, “¿A cuánto sacaste la media?”. Son preguntas que no ayudan. Solo revuelven el malestar.
Las orientadoras recomiendan un ritual sencillo: tras salir del aula, caminar sin hablar del examen. Ir a comer algo fuera del recinto. Hacer algo que no tenga que ver con estudios. El cerebro necesita transición. Si no…
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